De otro mundo
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Cuando las miraban, los vikingos veían las armaduras de las valquirias. Los lapones, la huella de un zorro que, al cruzar velozmente la meseta ártica, desprendía chispas que se arremolinaban, ascendían hacia la luz de la luna y encendían el hielo con una inasible luminiscencia. Para los esquimales, se trataba de algo así como un atisbo al misterio de la ultratumba: un sendero lejano y sinuoso que cada tanto se abría y recibía la llegada de nuevos espíritus. A nosotros nos tocan las explicaciones científicas, que siempre algo de extrañeza tienen: las partículas solares chocan con la magnetósfera y generan el atrapante fenómeno al que llamamos “aurora boreal”. Se supone que los mitos ya no explican nada. ¿Pero qué, si no la magia, es lo que seguramente inunda a cualquiera que alcance ese raro privilegio: contemplar una belleza tan como de otro mundo?








