El mexicano David Toscana ganó el Premio Alfaguara de Novela con una historia del siglo XI narrada por un soldado ciego
El escritor recibirá 175.000 dólares por su obra, basada en un hecho histórico del año 1014; en 2023 había ganado el Premio de la Bienal Mario Vargas Llosa
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Esta vez, México festeja. En un concurrido acto en el Palacio de Cibeles, actual Ayuntamiento de Madrid, pese al tránsito, el “caos ferroviario” y las gripes, según dijo la presentadora española Pepa Fernández, se anunció hoy el nombre del ganador del XXIX Premio Alfaguara de Novela, el mexicano y regiomontano David Toscana, de 64 años, por la obra El ejército ciego. Recibirá 175.000 dólares.
El autor, cuyos títulos forman parte del catálogo de Alfaguara y que reside en Madrid, estaba presente en la ceremonia de premiación. En 2023, había ganado el Premio de la Bienal Mario Vargas Llosa, por El peso de vivir en la tierra, un “libro revolucionario”, según afirmó el Nobel peruano. Publicó los libros de cuentos Lontananza y Brindis por un fracaso, y las novelas Las bicicletas, Estación Tula, Santa María del Circo, Duelo por Miguel Pruneda, El último lector, El ejército iluminado, Los puentes de Königsberg, La ciudad que el diablo se llevó, Evangelia, Olegaroy y El peso de vivir en la tierra.
El jurado estuvo presidido por el escritor mexicano Jorge Volpi (ganador del Premio Alfaguara en 2018), e integrado por la escritora argentina Agustina Bazterrica y la mexicana Brenda Navarro, el periodista español Óscar López, la scout y programadora cultural Camila Enrich, y la directora editorial de Alfaguara, del grupo Penguin Random House, Pilar Reyes, con voz pero sin voto.
El fallo destaca que la obra premiada se basa en un “remoto hecho histórico” del año 1014, que tuvo lugar en los Balcanes. Retoma una historia narrada en crónicas medievales, como el Skylitzes Matritensis del historiador bizantino Juan Escilitzes, reveló Toscana en diálogo con los miembros del jurado.
Tras derrotar a los búlgaros en la batalla de Klyuch, el emperador bizantino Basilio II ordenó arrancar los ojos de los quince mil soldados del ejército enemigo, dejando tuerto a uno de cada cien hombres para que guíen a los ciegos de regreso a casa. La novela de Toscana, suerte de “épica de los vencidos”, está narrada en primera persona por Kozaro el Escriba (este fue el seudónimo con el que presentó el original).
De aquellos quince mil soldados ciegos, Toscana eligió a “diez o doce”, dijo, para dar vida a su novela en la que, durante semanas, una columna de desarrapados recorre a tientas el camino hasta la capital búlgara, donde los recibe el zar Samuel, que ante el espectáculo de sus hombres humillados, cae fulminado por la pena. Lo sucede en el trono su hijo Gavril, heredero de un imperio amenazado que deberá defender haciendo uso de la astucia para elevar la moral del pueblo después de la última derrota. Murallas afuera, los enemigos acechan, mientras en las calles de la ciudad los soldados intentan retomar sus vidas. Entre ellos, hay un escriba ciego que, incapacitado para copiar lo que ya fue escrito, vuelca en el pergamino la historia de los quince mil ciegos y su inesperada revancha. “Es un homenaje a la literatura”, resumió el autor.
“Solo te faltaba el Alfaguara, porque tienes un montón de premios”, le dijo Fernández (ha sido galardonado con los premios José María Arguedas, Antonin Artaud, Colima, José Fuentes Mares, Xavier Villaurrutia, Elena Poniatowska, Mazatlán y Bienal de Novela Mario Vargas Llosa). “Este es el que queremos todos, por esta virtud que tiene que se publica simultáneamente en todos los países de habla hispana”, respondió Toscana, que se enteró de que había ganado esta mañana por los insistentes llamados telefónicos de Reyes. “No soy muy madrugador”, contó.
“El mundo editorial es un poco caprichoso, azaroso, tiene mucho de fortuna, de llegar o no llegar a los lectores, y no tiene que ver con el texto; todos sabemos que hay excelentes textos que no llegar a manos de los lectores y otros que sí”, reflexionó al ser consultado por la escasa difusión de su obra en Hispanoamérica. Para Volpi, Toscana “ha creado una de las obras más singulares y fascinantes de la lengua española en estos treinta años”.
“No pensé mucho en nuestra época al escribirla, porque sé que las novelas piensan por sí solas”, le dijo el autor a su colega mexicano (que en Madrid dirige el Centro de Cultura Contemporánea Condeduque) cuando este inquirió por la relación entre la trama de la novela la actualidad bélica. “Aunque escriba una novela que ocurrió hace 1012 años, sé que habla de nuestra época, así como los libros escritos hacen mil años pueden hablar de nuestra época”, explicó.
Enrich ponderó el “elenco variopinto” de El ejército ciego y Navarro, el hecho de que el premio se lo llevara un escritor latinoamericano que profundiza en los “claroscuros de una guerra y una sociedad”. Toscana es el quinto escritor mexicano en llevarse el Alfaguara y el 23° escritor varón en ganarlo; hasta ahora, solo seis mujeres ganaron el premio en su historia.
Ante una consulta de López, el escritor dijo que, para dar forma a su novela, se había concentrado en narrar aquello que se puede ver cuando no se tienen ojos. “José Donoso dijo que las novelas no se escriben, sino que se descubren”, evocó.
Reyes, por su parte, confió en que el Premio Alfaguara “internacionalizará” la obra de Toscana. “Eres un escritor consagrado en tu país, donde has recibido varios premios, y la apertura comenzó con el de la Bienal Vargas Llosa”, dijo la directora editorial, dando a entender que los premios literarios colaboran con la difusión de una obra (tesis que no estaría del todo probada). Acotó que era “simbólicamente emocionante” que Toscana fuera un escritor nacido en Monterrey, en México, vecino de un país (Estados Unidos) donde se persigue a los que hablan en español en lugares públicos.
“Che, felicitaciones, capo”, bromeó en jerga porteña Batzerrica, y recordó que Toscana también es autor de la novela El ejército iluminado (protagonizada por unos chicos con síndrome de Down que quieren invadir Estados Unidos para recuperar Texas, que pertenecía a México). “Me di cuenta de que no había otro título posible para esta novela que El ejército ciego”, admitió Toscana, que es consciente de que a los escritores se les solicita que tomen posición acerca de “demasiadas cosas” (cuestiones sociales, migratorias, ambientales, políticas). “Uno lo asume como parte del oficio”, dijo con humildad.
En esta edición concursaron 1140 manuscritos de territorios de habla hispana: el ranking lo encabezó España (524), seguida por la Argentina (171), México (169), Colombia (109) y Estados Unidos (72). El Alfaguara es uno de los premios más importantes concedidos a una obra inédita escrita en español: además de 175.000 dólares (147.000 euros, aproximadamente), entrega una figura del escultor español Martín Chirino (1925-2019). La novela saldrá el 26 de marzo de forma simultánea en España, Estados Unidos y América Latina.
Del acto de premiación participaron funcionarios públicos, entre ellos, el secretario de Estado de Cultura, Jordi Martí Grau, que destacó el incremento de los índices de lectura en España, en especial, entre los jóvenes. “Leer nunca ha sido un gesto neutro”, dijo la directora ejecutiva de Penguin Random House, Núria Cabutí, en alusión al presente más bien distópico que se vive en Occidente.
Así comienza la novela ganadora
Hay quienes preguntan cuál es la diferencia entre no ver nada y verlo todo negro. Preguntan otras cosas. Que si se oye mejor cuando no se ve. Que si todas las mujeres parecen bellas. Que si se distingue entre el día y la noche. Que si seguimos soñando. Que si lloramos. A muchos les interesa indagar algún trasto sobre la muerte. Si en la resurrección de los muertos tendremos ojos. Es cierto que a algunos criminales los cortan en partes, los queman y los hacen hollín para que no vuelvan a habitar la tierra. Está escrito que no deben dejarse los cadáveres para que los coman las bestias o los piquen las aves, y ya desde siempre se discute sobre lo que ocurrirá a un hombre si se lo traga una ballena. A Jonás lo escupió luego de tres días. Pero son muchas las embarcaciones que cada año se pierden en el mar junto con todos sus hombres y no se sabe más de ellos. Hay que creer que si la resurrección le llega a alguien en el fondo del mar, se volverá a ahogar. A los navegantes que nunca regresan se les hace un sepulcro. A los cadáveres que llegan a la arena también se les da sepultura aunque nadie sepa quiénes son. Hay sepulcros con cadáveres sin nombre y otros con nombres sin cadáveres. En la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro, yo espero tener ojos. Pero no puedo saberlo, como tampoco nadie sabe si quienes murieron viejos serán viejos y los jóvenes, jóvenes, aunque se entiende que los hombres seguirán siendo hombres y las mujeres, mujeres. Yo creo que quienes resuciten habrán de ser jóvenes porque maligno premio sería volver con la carne que ya no sabe de placeres. Alguien me preguntó si echaba más de menos el verde o el azul. No lo había pensado. Le respondí que el azul, y quizás sea verdad. El azul.
Hay preguntas que más valdría no hacer. Y sin embargo la gente las hace. Lo que más me preguntan es cómo quince mil hombres se dejaron sacar los ojos. No alcanza a ser una pregunta. Es un reproche. Su modo de tacharnos de cobardes. “Yo no lo hubiese permitido”, dicen. “Antes muerto que dejarme hacer eso”. Se arman historias mentales en las que apenas con los puños pelean contra sus verdugos y los vencen a todos. Les escupen, los muerden, los patean. Siempre muy osados. En su mente pueden escapar de cualquier trance. En la taberna cualquiera es el más valiente. En las bravatas de taberna todos hubiesen hecho algo sobrehumano de haber estado en nuestra situación. Pero no estuvieron. ¿No crucificaron a seis mil hombres de Espartaco en el camino que va de Capua a Roma? Cuando cayó la ciudad de Pliska, ¿no tuvieron que ver sus habitantes cómo el enemigo aplastó a cientos de niños con piedras de molino? ¿Acaso no recuerdan los viejos cuando Sviatoslav mandó empalar a veinte mil de los nuestros? “Yo no lo hubiera permitido”, dice el que no estuvo ahí, pero cualquiera de ustedes habría terminado en la cruz o empalado o viendo a su hijo como masa de harina; a cualquiera de ustedes le hubiesen sacado los ojos. A Dios mismo lo crucificaron, y de haber querido los romanos, le habrían sacado los ojos y cortado la lengua y la nariz y las orejas. Al Cristo lo aporrearon antes de ejecutarlo. Lo aporrearon tanto que ya iba loco cuando lo montaron en la cruz. Era Dios que se hizo hombre cuando lo azotaron, y entonces fue hombre que se volvió loco y se creyó Dios.
“¿Y quince mil hombres se dejaron sacar los ojos?“, alguien volvió a preguntar.
Yo le dije que sí, y que por eso nos volvimos locos.
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