El vigía
El observador y lo observado. No podemos ver los ojos del guardavidas, pero sí lo que miran. La magia de esta foto: sobre el vidrio de la casilla, destellos de arena, sombrillas, algún bártulo y, allá al fondo –fíjense bien, es sutil, pero está– la línea del mar, el burbujeo de la rompiente, la silueta de los veraneantes que ya se acercaron al agua. La foto es un prodigio de campo, fuera de campo, reflejos y contrarreflejos. A espaldas del guardavidas, un espejo devuelve la imagen de parte de la ropa colgada a su izquierda. Más atrás, a la derecha, se adivina el ramalazo de sol que atravesó alguna ventana, quizás la misma superficie vidriada frente a la cual el guardián de la playa Bristol vigila. Del otro lado, los bañistas van a lo suyo: jugueteos, bronceador, zambullidas, corridas frente a las olas. No lo saben, pero sus gestos descansan en la férrea concentración del hombre de anteojos espejados.
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