Fridamanía: cómo llegó Kahlo a convertirse en ícono, musa y marca
Una muestra que acaba de inaugurar el Museo de Bellas Artes de Houston y que llegará en junio a la Tate de Londres refleja el alcance global que tuvo el legado de la artista mexicana; los ejemplos en Buenos Aires
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“Lo que ha sucedido con su figura es algo que ella hubiera repudiado”, advertía en 2022 en una entrevista con LA NACION Mari Carmen Ramírez, experta en arte latinoamericano y curadora de la muestra sobre Frida Kahlo que acaba de inaugurar el Museo de Bellas Artes de Houston. De visita en la Argentina, anticipó entonces en una conferencia ofrecida en el Malba la investigación que realizaba para concebir Frida: la creación de un ícono, exposición que llegará en junio a la Tate Modern de Londres.
A través de ciento treinta obras de más de ochenta artistas de cinco generaciones, se ofrece allí un amplio panorama de cómo la artista mexicana se convirtió durante el último medio siglo en musa y marca de consumo global. Intelectual de izquierda, sirvió de inspiración para movimientos artísticos y sociales que abarcan desde el surrealismo, el movimiento chicano, el feminismo y la defensa LGBTQ+, hasta el neomexicanismo, el arte contemporáneo y las llamadas “artes de la discapacidad”. Se convirtió así, sin buscarlo, en lo que Ramírez llama “una paradoja polivalente”: un símbolo para grupos con distintas causas.
A su vez, tal como reflejan unos doscientos objetos reunidos, protagonizó el fenómeno cultural conocido como “Fridamanía”: surgido a mediados de la década de 1980, multiplicó hasta hoy su figura en miles de productos y plataformas comerciales. “El fenómeno Frida no se limita a la creación artística de Kahlo, sino que se extiende a todos los aspectos de su imagen social, su carácter más íntimo y su vestimenta –observó la curadora días atrás, al presentar esta muestra a la prensa-. Abarca las innumerables apropiaciones de su rostro por parte de artistas contemporáneos, así como los concursos de imitadores organizados en todo el mundo desde la década de 1990. A través de sus autorretratos y los retratos de Frida realizados por otros artistas, ella no solo conecta emocionalmente con su público, sino que también estimula en ellos el deseo de encarnarla”.

“A pesar de la amenaza negativa que representa la Fridamanía –agregó Ramírez-, Frida ha demostrado ser un ícono de notable fuerza y resistencia, cualidades que no están necesariamente ligadas a su valor de mercado, sino que se extienden a su recepción por parte del público. Sus luchas como mujer con discapacidad, amante angustiada y artista esforzada resuenan en las de millones de personas en todo el mundo, haciendo posible su transmutación en un símbolo de resiliencia frente a los prejuicios de género, las dolencias físicas, la marginación profesional y las dificultades”.

Algo de esto se había anticipado a LA NACION en 2018 cuando se lanzó Caras de Frida, la primera retrospectiva virtual de un artista del siglo XX. “Frida es un icono del feminismo. Queremos acercarle a la gente no sólo su obra, sino su vida -opinó María Teresa Arnal, entonces directora de Google México-. Ella estaba inmovilizada, pero no tenía límites. Fue siempre fiel a sí misma y eso es súper inspiracional; todas necesitamos un modelo a seguir, una guía que nos diga que sí se puede hacer lo que queremos hacer”.

Gracias a la colaboración de más de treinta instituciones de siete países lograron reunirse entonces 800 piezas, para que el mundo pudiera acceder a su legado en forma gratuita, a través de un sitio web y de una aplicación para celulares. También conocer la historia de aquella niña a quien llamaban en el colegio “pata de palo” porque tenía una pierna más corta que la otra, como consecuencia de la poliomielitis que había sufrido a los seis años.

Era apenas una adolescente cuando el camión en el que viajaba chocó contra un tranvía y se rompió la columna vertebral, el cuello, las costillas, la pelvis. Sin poder moverse de la cama, transformó su dolor en arte. Cuando murió, en 1954, se había sometido a 35 operaciones, tenía una pierna amputada y había abortado tres veces los hijos que soñaba tener con el artista Diego Rivera, el gran amor de su vida. El mismo que la engañó hasta con su propia hermana.

Este último ocupa un lugar central en Diego y yo (1949), pintura prestada para esta muestra por Eduardo Costantini. El fundador del Malba marcó otro récord para la artista en subastas en 2021, cuando pagó por ella 34,8 millones de dólares en Sotheby’s. La misma casa de remates vendió el año pasado otra de Frida por 54,6 millones: El sueño (La cama) (1940) se convirtió así en la obra de arte más cara realizada por artistas de América Latina y por las mujeres a nivel global.

El Malba realizará este año su propio homenaje a Kahlo: como parte de la celebración de sus 25 años y en el marco de la Semana de la Alta Costura Argentina –presidida por Elina Costantini, mamá de Kahlo Milagro, hija menor del fundador del museo-, presentará en septiembre Viva Frida, muestra organizada por el Museo Frida Kahlo de la Ciudad de México. Con curaduría de Circe Henestrosa, reunirá dibujos, fotografías, corsés, accesorios y atuendos provenientes de la Casa Azul.

Mientras tanto, en Buenos Aires se puede ver un gran ejemplo de cómo los artistas de distintas partes del mundo se inspiraron en sus obras. La retrospectiva de Marcos López que abarca medio siglo de trabajo en Fundación Larivière incluye hasta abril Hospital (2005), fotografía que recrea la pintura Las dos Fridas (1939). Muestra una transfusión de sangre entre dos versiones de la misma persona, todo un símbolo de la multiplicidad de su legado.

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