La casa al final de la colina
Fuimos vecinos durante muchos años en Berlín. Lo encontraba en todas partes. En la calle, en el Café Einstein, en la Ópera “Bajo los Tilos” y en las galerías de Friedrichstraße ¡hasta en el hall de la facultad donde estudiábamos Musicología! Allí había un poster en blanco y negro con una adusta imagen suya, mirando de frente con gesto intimidante. Frac riguroso, gafas gruesas y una batuta empuñada con autoridad. Spaß mit der Musik? (¿Te diviertes con la música?) ironizaba la inscripción en alemán como título del retrato.
Era un poco gruñón el maestro Gielen. Lo sabía y no tenía problemas con su fama. Más bien al contrario, creo que disfrutaba del respeto que infundía, del prestigio y de ese tipo de aura de las que ya no quedan. Fuera de los pasillos de la Staatsoper (donde, después de Barenboim, ejercía un rol preponderante), lo cruzaba a menudo, inconfundible con su chaqueta salzburguesa, recorriendo las góndolas del supermercado. Una de esas tantas veces, le pedí una entrevista. Aceptó y fue el inicio de una conversación que duró por años.
Michael Gielen guardaba de la Argentina el recuerdo extraordinario del “paraíso” al que llegó, “un país democrático y libre”, como decía siempre. Su madre, que era judía; y su padre, un socialdemócrata, habían sido denunciados ante los nazis por un colega del teatro berlinés. El permiso de inmigrantes para entrar a la Argentina lo obtuvieron pronto. Pero la salida de Alemania, en cambio, les tomó meses peregrinando por esas ventanillas del Tercer Reich “en las que los nazis se aseguraban de haber robado todo”. Recién en 1940 lograron escapar, la madre, la hermana y él, a los doce años, embarcados en Italia con destino a Buenos Aires donde los esperaba el padre que, merced a un contrato del Colón, llevaba una temporada en la Reina del Plata.
Con el tiempo inició su carrera en el coliseo porteño como asistente de Erich Kleiber que se refería a él como su pupilo, “un talento musical extraordinariamente dotado”. Tenía una enormidad de anécdotas argentinas que, con el pulso de su acento germano y los nombres rutilantes que sonaban a leyenda, parecían una fantasía. Hablaba de la arrogancia de Furtwängler o la antipatía de Karajan (ambos asociados al nazismo), como de la convivencia pacífica en los bancos de su nueva escuela. O de la llegada hacia fines de los ’40 de un director italiano con “cuatro cantantes ignotos”. Tullio Serafin al frente de una Norma deslumbrante con Fedora Barbieri, Mario del Mónaco, Giulio Neri y una tal Maria Callas. Sí, ella, “La Divina”. Un lujo para aquel muchacho ser testigo de la estrella naciente. “Por eso –me contaba a la vez que me reprendía por la tardanza cambiando el casete o las baterías del grabador–, cuando terminaba la jornada de escuela, me iba corriendo a los ensayos porque para mí, que desde chico tenía un único talento ¡el musical y ningún otro! el Teatro Colón era un paraíso.”
La última entrevista que hicimos fue en una visita a su casa en Mondsee, a minutos de Salzburgo, la idílica ciudad mozartiana. “Usted tome la ruta que bordea el lago –me indicó–, y cuando llegue a Loibichl, suba todo el camino que mi casa está al final.” Una vez allí, salimos a la terraza a disfrutar de la imponente vista y apuntando a los Alpes bávaros, señaló: “¿Ve desde aquí en línea recta? Detrás de esas montañas está Berchtesgaden –el Nido de Águila donde Hitler pasaba sus veranos–. ¿Y ve esta colina hacia abajo? Todos mis vecinos ¡todos! me hubieran mandado a la cámara de gas.”
La presidente de Yad Vashem Argentina, Fafi Ricagno, me invitó a una reunión en honor de Dani Dayan, presidente de la institución madre que conmemora la Shoá en Jerusalén. El tema fue la memoria y desde entonces, la respuesta de Gielen me quedó en el tintero: “¿Qué por qué vivo aquí, en esta casa al final de la colina? No… No es para mí, es para ellos. Para que recuerden todos los días, cada vez que me vean pasar por la puerta de sus casas”.
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