Manuel Rivas: "Galicia es una máscara triste que tiene detrás un rostro que ríe"

El narrador se presenta hoy y es la figura de la delegación que llega con Santiago de Compostela como ciudad invitada
Martín Rodríguez Yebra
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22 de abril de 2016  

Fuente: LA NACION

MADRID.-Dice Manuel Rivas que la literatura de Galicia es una alquimia entre imaginación, humor y morriña, esa forma extrema de la nostalgia que persiste como la marca indeleble del éxodo a América.

Es palabra autorizada. Su nombre es el primero que viene a la mente cuando se piensa en la narrativa gallega actual, con novelas que se comunican entre sí como El lápiz del carpintero, Todo es silencio o Los libros arden mal, en las que relata con sensibilidad de poeta historias ligadas a la barbarie de la Guerra Civil y la dictadura posterior. Sigue siendo también un cronista y articulista de ojo atento y estilo firme.

Su última obra, El último día de Terranova (Alfaguara), trata sobre una librería amenazada por el desalojo. Buenos Aires emerge una y otra vez en la trama: desde allí llegan clandestinamente a Galicia los libros censurados por el franquismo. Y de allí proviene también una de las protagonistas, Garúa, una militante montonera exiliada en España poco antes del golpe del 76.

"La librería, Terranova, tiene un lugar imaginario que se llama Tierra Escondida, que es el lugar de los libros prohibidos -dice Rivas en una entrevista con la nacion-. Eso en Galicia te lleva inmediatamente a Buenos Aires. Allí resistió y revivió toda la cultura que había sido mutilada en España y en Galicia durante la dictadura."

Viajes de ida y vuelta: la literatura gallega tiene un papel central en la Feria del Libro porteña, al haber sido elegida Santiago de Compostela como la ciudad invitada de este año. Rivas (La Coruña, 1957) encabeza el contingente de autores de todos los géneros y presentará su novela hoy a las 20.30 en la sala Leopoldo Lugones.

-¿Qué rasgos definen la literatura de Galicia?

-Como en toda literatura, cada uno es cada uno, pero ocurre como con los estorninos: son pájaros solitarios y también vuelan juntos y hacen dibujos en el cielo para defenderse de las rapiñas. Creo que lo que tiene en común es el valor de la imaginación. Es una literatura local-universal. Casi toda la literatura gallega es muy irreverente: vive luchando contra la tradición, a pesar de que bebe todo el tiempo de ella.

-¿Qué peso tienen América y la emigración en la construcción cultural de Galicia?

-América es el objeto del deseo.

-Usted nunca dejó de escribir en gallego. ¿Es una forma de activismo?

-Algo de ecología tiene. Pero cuando empecé me puse a escribir gallego como quien respira. Yo estudié en castellano. En mi infancia viví la época en la que no se nos permitía hablar en gallego. El gallego era hablar mal; era un pecado; era la lengua de los pobres. Para mí era la lengua de mis padres y la lengua que escuchabas en las fiestas y en los entierros. Cuando estaban felices cantaban en gallego, cuando se enojaban blasfemaban en gallego. Servía para la risa y la lágrima. El gallego es un idioma maravilloso para describir la naturaleza. Por ejemplo, para una palabra como luciérnaga, hay 180 sinónimos.

-Se suele decir que es lengua de poetas.

-La poesía popular y el romanticismo se encontraron en Galicia. Es una cultura alegre, frente a la imagen de un pueblo melancólico. Lo que cruza la historia de Galicia es una máscara triste que tiene detrás un rostro que ríe.

-¿Qué le inspiró Buenos Aires para darle tanto peso en su última novela?

-Buenos Aires en el imaginario popular de Galicia era la tierra prometida. Cuando se produce la catástrofe de la Guerra Civil se encuentran allí el exilio y la inmigración. Esa cultura que aquí había sido suprimida renace allí. Hablo de esas editoriales argentinas, como Fabril Editora. Yo iba al colegio con esos libros prohibidos debajo del jersey.

-El libro está dedicado a Elsa Oesterheld, la esposa del autor de El Eternauta . ¿Por qué?

-Para mí conocer a Elsa, casi de casualidad en un viaje hace años, significó una experiencia muy intensa que me hizo ser de allí. Sentirme de allí. Cuando me contó esa historia tremenda, todas las hijas desaparecidas una detrás de otra, la historia de Héctor... Estuve dos meses siguiendo la historia, queriendo saber todo de él, hablando con gente que estuvo con él en chupaderos.

-En El último día? se filtra una crítica a la forma en que España cerró su pasado trágico, sin juzgar los crímenes ni buscar a los desaparecidos. ¿Por qué cuesta tanto mirar esa época?

-Me resulta incomprensible. Es una amnesia selectiva, que pasa por borrar un período de la historia. Se instaló una falsa idea de que lo único que importa es mirar para adelante. Y es un error, porque lo reprimido siempre vuelve.

-¿Su misión como escritor es rescatar esa memoria?

-La literatura explica cuestiones a donde no llegan otros caminos. Hay un paralelismo con la arqueología. Escarbas, vas abriendo capas, encuentras pistas. Pero en la arqueología hay un momento en que el saber se detiene: sabemos que la historia siguió, pero ya no hay pistas. La línea de lo inaccesible. La literatura puede traspasar esa línea, con la imaginación. La imaginación está conectada a la memoria. Y la memoria existe en la medida en que exista un proceso de rescate de ella. La memoria puede servir para reactivar el presente. No es una marcha atrás ni un retrovisor.

-Alguna vez escribió que "la literatura sirve no sólo para contar la historia, sino para luchar contra ella". ¿Cómo sería?

-Es que te peleas con ella. Frente a esa historia de las grandes autopistas imperiales, que se resuelve en grandes brochazos, la literatura va por los senderos. Es la historia íntima, la historia del corazón humano. Tiene que escuchar las voces que tartamudean, que balbucean, que no emiten discursos ni órdenes. Que más bien son las voces que tejen la vida y la conexión con la tierra. La boca de la literatura está por ahí, en los lugares más imprevisibles. A la literatura hay que saber oírla.

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