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El periodista Miguel Romano fue una enciclopedia del básquetbol. Lo sabía todo. Desde lo táctico hasta lo extradeportivo. De lo racional a lo emocional. Y algo marcaba su estilo: a la hora de analizar una partido, no se casaba con nadie. Con nadie, ni siquiera con la Generación Dorada, por la cual sentía una admiración inmensurable. Una vez me contó que la pasó muy mal en un turbulento vuelo en una de las tantas giras de la selección argentina: “No me importaba si se caía: si me moría, me moría con Manu Ginóbili”, recordó aquella experiencia. Pero si una actuación del equipo de Magnano/Hernández/Lamas no lo convencía, lo escribía sin pensarlo (y en muy pocos minutos, era una luz del teclado). En otra charla, creo que fue durante el Mundial de Turquía 2010, le pregunté cuál era su jugador preferido. Imaginaba que escucharía el nombre del N°5 (que no jugó en ese torneo), pero la respuesta me sorprendió: “Andrés Nocioni. Dame siempre un jugador como él, con esas ganas, con ese espíritu”.
Dame siempre un jugador como él, con esas ganas, con ese espíritu
Eso era Chapu Nocioni como basquetbolista (eso es, mejor dicho, ya que jugará hasta que termine la actual temporada). Garra, adrenalina, ímpetu, corazón. Era el alma del equipo tanto dentro como fuera de la cancha. Si en la concentración había una broma, era posible que el autor intelectual y material hubiera sido él. Si a Manu le desaparecía la pelota de la final de Atenas 2004, algo había tenido que ver. Pero si había que jugar esguinzado, también era él. Y si había que enfrentar a una equipo de la NBA hasta último momento para jugar con la camiseta argentina, ese seguro que era él. Sentía esa camiseta como pocos. Sufría cada derrota con el equipo argentino (y con todos los que jugó) como nadie.
Lo sabía Miguel Romano, lo sabían los hinchas y lo sabía él. Eso, su carácter, nunca lo iba a negociar. Porque antes de cambiar, se iba a retirar. Y así fue. “Lo he meditado lo suficiente. Basta de pelear con rivales, basta de noches sin dormir por victorias con angustias o derrotas que son puñales. Se terminó... Pretendo mejorar mi conducta, mis hábitos. Y como tengo claro que no podré cambiar mi temperamento jamás, me retiro”, explicó en la divertida carta que escribió para comunicar su adiós al básquetbol profesional, con nada menos que 37 años de edad.

Pero tampoco era todo cuestión de carácter. No, no era el mejor técnicamente ni el más determinante. Pero tenía un potencial atlético envidiable. Una capacidad para estar en todos lados de la cancha en el mismo momento. De capturar rebotes clave como si se tratara de un pasatiempo. De tomar tiros definitorios como si estuviera en el patio de su casa. Sí, podía salirle mal, como contra España en el Mundial de Japón 2006. O bien, como contra Brasil en los Juegos Olímpicos de Río 2016.
“Me voy antes de que me echen”, aseguró en esa carta que hizo llorar, pero también reír. Y quizá sea el único error que se le pueda marcar. ¿Quién se atrevería a echar al Chapu, al jugador más querido? ¿Qué persona lo miraría a los ojos y le diría ‘hasta acá llega tu carrera’? Nadie. Sólo él podía ponerle punto final a su exitosa etapa como jugador. Miguel Romano lo sabía todo. Y esto también: Andrés Nocioni era el jugador preferido de la Generación Dorada. La diferencia es que si escuchase su respuesta de nuevo, ya no me sorprendería.


