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Tayavek Gallizzi sabe de inundaciones. Le tocó una terrible cuando era chico, la de Santa Fe 2003. Quedó en el techo de su casa, con su mamá, su hermano y su hermana, a cuatro metros y medio del suelo, pero mucho más cerca del agua. Pasó una lancha a buscarlos. Únicamente los varones subieron. Luego, perdió de vista a su hermano y fue a parar al hospital de niños, solo. Alguien de la Cruz Roja lo albergó en su casa, lo alimentó y lo abrigó. Pero él seguía sin su familia. Al día siguiente se reencontró con algunos parientes, pero nada se sabía del paradero de su mamá y su hermana.
La pesadilla, como una miniatura de lo que narra la película Lo imposible, basada en el maremoto de 2004 en el sudeste asiático, se cerró cuando por fin hallaron a Fabiana y a Atenas, en un refugio. Después, lo más leve: perder definitivamente muebles y ropa. "Es un momento que no te podés olvidar nunca en la vida, te marca mucho. Es traumático", relató hace un tiempo en la revista El Gráfico. Vivencias demasiado fuertes para un niño de 10 años.
Esa vida es muy distinta para Tayavek hoy, más de una década después. A los 22, es un basquetbolista en pleno ascenso, con dos mundiales juveniles y uno mayor sobre su espalda, titular en la Liga Nacional y hasta con dos títulos de campeón de volcadas en el Juego de las Estrellas. Y lo mejor: tiene proyección como para una década de seleccionado.
Mide 205 centímetros, algo poco común entre los basquetbolistas argentinos y casi urgente para el conjunto nacional, siempre escaso de tamaño en sus hombres. Máxime retirado Fabricio Oberto y con pocos años futuros de Luis Scola en el plantel. En ese lento proceso de renovación tras la gloriosa Generación Dorada, Gallizzi es una de las apuestas más interesantes, mezcla de potencia, cierta destreza y entrega total. "Tengo que ser el caballo del equipo", se convence, según le pide siempre el capitán, Scola.
Ahora está preparándose para el FIBA Américas México 2015 , en busca de Río de Janeiro 2016. Queda un jugador por eliminar de los 13 sobrevivientes de la lista, pero sería una sorpresa que se tratara de él. "Yo me exijo al máximo y trato de aprovechar estar acá. Hay que estar muy concentrados, muy enfocados en lo que queremos, que es clasificarnos para los Juegos Olímpicos", afirma el número 83 en un diálogo con LA NACION en el hotel céntrico donde se concentra el plantel.
El torneo continental entregará dos plazas directas olímpicas y tres para un dificilísimo repechaje -lo superarán apenas tres seleccionados de los 18- que se hará poco antes de los Juegos. Este FIBA Américas hace un guiño: como Brasil no debe clasificarse, por ser local, accederán a Río de Janeiro dos de los otros nueve, y sin la exigencia del nivel europeo. "El equipo apuesta a clasificarse. Un repechaje no estaría mal, pero queremos conseguir cosas importantes. Aparte de armar una nueva camada que reemplace a la Generación Dorada, apuntamos a eso. Y creo que tenemos equipo como para cumplir ese objetivo. No dudo", asevera el santafecino.
Tiene a un maestro de lujo al lado, en cada práctica, en la concentración. Scola, además, de factor clave en la cancha, se toma a pecho eso de dejar un legado y corrige, aconseja, demanda a los más jóvenes. "Está haciendo hincapié en que no afloje en intensidad, que vaya a los rebotes... Tengo que ser el caballo del equipo. Constantemente quiere eso de mí, y a veces parece insoportable, pero sé por qué lo hace y tengo que tomar esas cosas positivas que él transmite", revela Gallizzi. Como Patricio Garino y como cada uno de los más nuevos de este grupo, admira a los dos dorados remanentes, Luifa y Andrés Nocioni. Tayavek explica cómo son: "Se entrenan siempre al máximo. Inclusive, si uno está ahogado y va corriendo a la par de ellos, te recontra insultan, porque no puede ser que siendo más joven uno corra como ellos; tiene que correr más. Esa exigencia, anímica y basquetbolística, es muy grande y difícil de igualar. Nos ayuda a crecer y a exigirnos mucho más en las prácticas, en la preparación de los sistemas. Luis y Chapu mantienen una moral muy alta, marcan constantemente y en todos lados una intensidad muy grande, y eso contagia. Nosotros nos reflejamos en ellos y nos exigimos al máximo".
Gallizzi actúa en Quilmes, que llegó a una semifinal de la Liga Nacional. Una etapa más lejos que Peñarol, su archirrival. En el club marplatense desde los 17 años, va convirtiéndose en un referente tricolor, pero ahora le toca ser dirigido por alguien de la contra: Sergio Hernández, que acaba de volver al conjunto milrayitas. Oveja le da continuidad al pivote al que su reciente antecesor, Julio Lamas, llevó a España 2014, convirtiéndolo de sparring en mundialista, una sorpresa para todos. "Julio fue un gran entrenador para mí y le agradezco mucho la oportunidad que me dio", aclara Tayavek, nobleza obliga. Pero pese a que las camisetas los separan, está encantado con Hernández. "Por suerte vino un entrenador que sabe muchísimo, un gran director técnico, y puede explotar lo mejor de cada uno. Oveja tiene una forma de ver el básquet un poco distinta. La táctica cambia con el pasar de los años, y él va a adaptándose y encontrando muchísimas variantes; se sale un poco del libreto. Muchos entrenadores lo mantienen y no está mal, pero está bueno ver otras formas, alternativas. Es muy interesante y me gusta muchísimo. Por más que haya dirigido en Peñarol y que ahora vuelva... No importa. Voy a aprovechar aprendiendo todo lo que pueda de él, para no quedarme estancado, y cuando tenga que enfrentarme con él, más o menos ya sabré cómo dirige...", ríe. Eso, la risa, es un rasgo permanente de aquél a quien la inundación no le quitó el natural buen humor.
También es natural en Taya sentir nervios en la cancha. Paradójicamente, no los vivió en el momento más trascendente de su carrera, ese ratito que tuvo en el Mundial, frente a Senegal, cuando los hinchas argentinos cubrían el estadio de Sevilla con un extenso "vamos, vamos, los pibes" incentivando a cinco sub 25 simultáneos en la formación. "Lo viví muy feliz, y es algo que no suele pasarme. Generalmente, cuando estoy por vivir algo importante, me pongo muy nervioso, pero esa vez disfruté muchísimo el minuto treinta que jugué. Sentí un escalofrío cuando cantaban eso. Fue un momento muy lindo", recuerda.
Una docena de años luego de la inundación, Gallizzi no sólo salió a flote, sino que está en plena escalada y sobre tierra firme. Pero, eso sí, le queda apetito: "No conozco México. Le tengo hambre", concluye.
Antes de participar en México 2015, el seleccionado disputará en Puerto Rico, del domingo al jueves próximos, la Copa Tuto Marchand, en un tradicional torneo preparatorio para los grandes certámenes. El plantel, por ahora de 13 jugadores. viajará mañana a la mañana.
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