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Por estas horas, Képler Laveran Lima Ferreira es el futbolista más criticado del mundo. Su padre lo llamaba Pepinho y su primer entrenador le quito el diminutivo, dejándolo en "Pepe", a secas. Nació en Maceió, Brasil. Contrariamente a lo que sucedió con cientos de futbolistas brasileños, Pepe no fue por la ruta tradicional. No jugó en los grandes de su país, ni siquiera en primera división, ni fue vendido a Europa por kilos de euros. Nada de eso.
Pepe se fue con 18 años a Portugal y sus buenas campañas en Marítimo, entusiasmaron al Porto, que se quedó con su ficha ganándole de mano al Sporting Lisboa. Nacionalizado portugués y habitual integrante de la selección lusa, llegó al Real Madrid, a cumplir el sueño de toda su vida. De pequeño, una vez se enteró que un chico de su barriada tenía una camiseta del Madrid, con el apellido "Mc Manaman" en la espalda. Le pagó con unos cuantos pescados, y se quedó con la camiseta que tanto deseaba. El miércoles, vivió la peor parte de su sueño blanco.
Los clásicos Madrid-Barça suelen dejar marcas muy grandes. Pepe está pagando por ser el intérprete más fanático del "mourinhismo". Es su entrenador quien lo pone a jugar de cinco contra el Barcelona, con más armas simbólicas que prácticas. Un mensaje de choque y combate, sin consistencia futbolística, que lo expone a la ilegalidad. Su culpa es creerse el personaje, pero bajo su conducta, hay un poco más de tierra.
Pepe es un jugador ampuloso, exagerado, excesivamente atlético, pero muy útil como defensa central. Es agresivo para marcar, muy potente y con buen juego aéreo. Pero subido al mediocampo, ofrece sus peores defectos y no queda a la vista ninguna virtud. No sólo él se perjudica; Xabi Alonso acaba perdiendo la paciencia, y el equipo, el rumbo.
Que un entrenador trabaje finamente para ampliar la capacidad de un jugador para cumplir funciones distintas a las habituales, está dentro de sus atribuciones. Más, se saludan ese tipo de búsquedas. Incuso el futbolista las acaba agradeciendo. Pero cuando las características del jugador no tienen modo de encajar en las demandas del puesto, el entrenador es quien falla.
Como Pepe no puede hacer casi nada de lo que exige ese puesto, lo único que resalta es la agresividad. Se defiende de la vergüenza deportiva con una violencia que ya contenía el mensaje que lo había colocado en ese sitio. Ni siquiera pudo hacer algo de lo bueno que es capaz. Hasta perdió a Puyol en el corner del empate.
El pisotón a Messi fue un acto miserable y cobarde. Ya se ha dicho todo sobre eso. Ni siquiera los futbolistas encuentran compasión corporativa por Pepe. No hay cómo justificarlo. Pero queda muy cómodo ponerlo en el centro y ahí tirar los piedrazos.
Callejón, Ramos, Xabi Alonso, Carvalho, todo el Madrid terminó al límite, aturdido y sin salida. No hizo falta una versión esplendorosa del Barcelona para desencajar a un Madrid que parecía destinado por sí mismo a la desmesura. Pepe fue la bandera de ese mensaje que no funciona. Por más que Mourinho diga que "la victoria tiene muchos padres y la derrota, sólo uno", el símbolo de esta nueva caída del Madrid, será siempre la agresión de Pepe. Porque Mourinho no pierde nuca. Ni cuando pierde.


