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ORLANDO.- Relajado y desenvuelto, Roger Federer avanza sobre el escenario. Viste una chomba de tejido fino en color azul, pantalón en el mismo tono pero oscurísimo —casi negro— y a los pies un modelo de zapatillas blancas que llevan su nombre. Con micrófono corbatero y bajo un intenso aire acondicionado, a unos 7700 kilómetros de su hogar en Basilea, el ex número uno del mundo se dispone a hablar de tenis y mucho más.
La escena ocurre durante Sapphire, la conferencia anual de la gigante tecnológica SAP, ante más de 17.000 personas. Y si bien el eje formal de la charla es liderazgo, innovación y transformación, Federer construye un balance íntimo de su carrera, una reflexión sobre la presión, la disciplina, el aprendizaje permanente y el modo en que redefinió su vida después del retiro.
“Mantener y permanecer en la excelencia, creo que esa es la parte difícil”, resume durante la conversación con Christian Klein, CEO de SAP. La frase sintetiza dos décadas de exigencia en el más alto nivel sin perder la elegancia ni la curiosidad en el dominio de una disciplina.
Federer parecía jugar fácil, pero detrás de esa imagen había una construcción obsesiva.
Federer dijo que empezó a jugar al tenis a los tres años y que disputó su primer torneo a los ocho. El debut fue brutal: cayó 6-0 y 6-0. “No pensé que ese fuera realmente mi deporte”, bromeó.
En Basilea, contó, el fútbol y el tenis convivían como sus dos grandes pasiones deportivas. Durante un tiempo practicó ambos. Incluso hoy cree que haber pasado por un deporte de equipo fue fundamental para su formación. Pero hubo algo del tenis individual que terminó atrapándolo: la posibilidad de tener el control total sobre el resultado.
A los 14 años tomó una decisión que marcaría el resto de su vida. Dejó su casa para entrenarse en el Centro Nacional de Tenis de Suiza y pasó a vivir con otra familia durante la semana. Fueron meses difíciles, lejos de sus padres. Ese período aceleró todo. A los 16 ya era tenista profesional. A los 17 ganó Wimbledon Junior. “El resto es historia”, dice, aunque afirma que si bien alcanzó el nivel más alto del mundo, es injusto cargar a alguien con esa expectativa. Federer insiste en algo: jamás sintió que estuviera destinado a ser el mejor del mundo.
Afirma que escuchó muchísimas veces “vas a llegar lejos” o “podrías ser número uno”, pero que ese camino es largo y agotador. “Todavía estoy un poco incrédulo de haber tenido la carrera que tengo, porque vengo de un entorno muy normal en Suiza”, advierte y asegura que su padre, suizo, y su madre, sudafricana, le dieron la oportunidad de alcanzar su sueño. “Descubrí cómo trabajar duro y ser recompensado por eso”, agrega.
Durante años Federer fue asociado a una imagen de control y tranquilidad, incluso en los momentos más tensos, sobre todo hacia el final de su carrera profesional. Pero él mismo se encarga de desmantelar parte de esa idea.
“Por dentro había un volcán; realmente tuve que cambiar mi carácter”, admite.
Cuenta que de joven era extremadamente emocional: rompía raquetas, lloraba, protestaba. Odiaba perder en cualquier cosa, desde un partido oficial hasta un juego con amigos. El cambio no llegó de golpe ni a través de un entrenador mental milagroso. Llegó cuando entendió que debía modificar ciertas conductas para poder competir al máximo nivel. “Me tomó mucho más tiempo entender de qué se trata realmente”, asegura.
Primero se fue demasiado hacia un extremo. Intentó eliminar cualquier reacción emocional en la cancha. Se volvió —dice— frío, casi excesivamente contenido. Después descubrió que tampoco funcionaba. “Me volví demasiado callado y demasiado tranquilo, y eso daba miedo”, describe.
Ahí apareció la idea que todavía hoy utiliza para describirse: fuego y hielo.
“Necesito tener fuego en la panza y el hielo en las venas; es una sensación muy genial en la cancha que me permite sentirme muy seguro”, cuenta.
Encontrar ese equilibrio, dice, le llevó más tiempo que a Rafael Nadal, Novak Djokovic o Andy Murray. “Siento que ellos fueron mucho más duros al principio de su carrera”, indica.
Uno de los momentos que más cautivó durante su charla llegó cuando Federer habló de la derrota.
Explicó que al comienzo de su carrera las derrotas lo perseguían durante días porque no lograba entender exactamente qué había salido mal. Quedaba atrapado en el “qué hubiera pasado si...”.
Con la experiencia dice haber desarrollado una claridad distinta. Aprendió a detectar rápidamente las razones de una derrota y a seguir adelante. Y en esa transformación hubo un elemento clave: su familia.
Federer contó que convertirse en padre cambió completamente su relación con la frustración. Ya no quería volver a casa de mal humor ni permitir que un resultado definiera el clima familiar. “Mis hijos y mi mujer no se merecen eso”, dice.
Entonces recordó uno de los golpes más dolorosos de su carrera: la final de Wimbledon 2019 contra Djokovic, cuando tuvo puntos de partido y terminó perdiendo.
Esa noche, explicó, volvió a su casa, frustrado y, ante la emoción de sus hijos, les pidió unos cinco minutos a solas. Se acostó, miró el techo, procesó el dolor y decidió dejarlo ahí. Después bajó a compartir la noche con sus hijos, amigos e invitados.
“No voy a dejar que un partido defina mi felicidad”, resume.
Esa capacidad para relativizar se repite en la conversación. Federer insiste en que el tenis, visto desde cierta distancia, sigue siendo simplemente un juego. “Al final estamos persiguiendo una pelota amarilla”, dice.
Y aunque entiende la presión gigantesca del circuito moderno —redes sociales, sponsors, conferencias de prensa, expectativas nacionales— intenta quitarle dramatismo recordando que una derrota no define quién es una persona, algo que destacó atraviesa al deporte en la actualidad.
“Hoy vemos bastantes problemas mentales en el circuito debido a esta presión que los jugadores se ponen a sí mismos; se identifican demasiado a través de la victoria y la derrota”, dice y ejemplifica: “Cuando ganan, piensan que son súper atractivos y geniales. Y cuando pierden, piensan que no valen nada y que no son nada. Y eso no es quien sos, eso es cómo tratás a otras personas, qué tan duro podés entrenar, cómo atravesás la vida cotidiana y otras cosas. Pero con, no sé, premios en dinero, puntos, presión y todo, simplemente se volvió más complicado”.
Dos años atrás, Federer brindó un discurso de graduación a los alumnos de Dartmouth College y sus palabras dieron vuelta al mundo. Entre frases inspiradoras, el atleta destacó entonces que ganó el 80 por ciento de sus partidos profesionales tras obtener el 54% de los puntos que jugó.
No existe la perfección, resume ahora en Orlando. “Cuando empecé a escribir el discurso fue un gran momento para hablarle a, con suerte, futuros agentes de cambio, líderes, filántropos, gente de negocios”, repasó. “Quería prepararlos para la vida; no siempre ganamos. No podemos ganar siempre. Como atletas, como creo que todos nosotros, a veces buscamos la perfección. Queremos que sea tan perfecto que nos rompemos por eso”, siguió.
E insistió: “Ganar no lo es todo, es un proceso. Nunca hay una carrera lineal; ese fue el mensaje”.
Federer sonríe cuando recuerda la irrupción de Nadal en su carrera.
Reconoce que durante un tiempo dominó el circuito sin una amenaza tan grande enfrente. Pero después entendió algo fundamental: necesitaba esos rivales.
Necesitaba a Nadal, Djokovic y Murray para descubrir sus propias limitaciones.
“No esperaba que [Rafael Nadal] ganara 14 Roland-Garros”, bromeó y siguió: “Me di cuenta de que los necesito. Necesito un Rafa, necesito un Novak, necesito un Andy en mi vida que en realidad me muestren mis defectos, mis debilidades mentales, mis limitaciones físicas”.
Esa competencia feroz lo obligó a reinventarse permanentemente. Empezó a entrenarse de otra manera, a trabajar más tiempo en condiciones extremas, a practicar más con jugadores zurdos para prepararse específicamente contra Nadal y a modificar rutinas enteras.
El Federer de los últimos años no fue solamente una versión más veterana del joven talentoso que ganó Wimbledon en 2003.
Fue también un jugador reconstruido alrededor de nuevas ideas.
Federer reveló uno de los episodios más fascinantes de la final del Abierto de Australia 2017, lo que definió como una de las victorias más emotivas de toda su carrera.
Llegaba de una lesión de rodilla que lo había obligado a parar durante meses. Tenía dudas físicas, dudas competitivas y hasta —admite— dudas sobre si todavía pertenecía a la élite, pues se presentó al torneo en el 17 lugar del ranking ATP.
Su regreso fue extraordinario. En la final enfrentó a Nadal y, antes del partido, trabajó junto a sus entrenadores sobre una enorme cantidad de datos estadísticos.
Había patrones específicos de saque según determinados marcadores.
Uno de ellos quedó grabado.
En una situación puntual —15-40 del lado de iguales— las estadísticas mostraban que Nadal tenía una probabilidad altísima de sacar hacia el drive de Federer, algo que además iba en contra de la lógica histórica de la rivalidad, ya que durante años había atacado sistemáticamente el revés del suizo.
Federer recordó que incluso su esposa abandonó aquella reunión de análisis después de más de una hora porque sentía que estaban exagerando.
Pero cuando llegó exactamente ese marcador durante la final, decidió confiar en la información. “Rafa solía siempre sacar a mi revés; toda su carrera fue así, pero sabía que en el Abierto de Autralia existía un 85% de probabilidades de que fuera el drive”, repasó.
Federer se inclinó hacia el lado derecho y anticipó el saque.
Nadal efectivamente sacó allí.
Federer devolvió bien y ganó el punto.
No asegura que esa jugada haya definido el partido. Tampoco cree que la analítica reemplace al talento o al trabajo. Pero sí reconoce que esos pequeños detalles pueden inclinar una final entre jugadores de un nivel tan parecido.
El episodio también refleja algo más profundo: Federer nunca dejó de adaptarse.
Incluso al final de su carrera siguió incorporando herramientas nuevas, tecnologías nuevas y formas distintas de pensar el juego.
Federer también habló de una transición que vino hacia el final de su carrera: el pasaje del deportista global al mundo de los negocios.
Durante años fue uno de los atletas más cotizados del planeta, pero explicó que su relación con las marcas nunca se limitó únicamente a posar para campañas publicitarias. Contó que participaba activamente de reuniones de diseño, materiales, marketing y construcción de producto.
“Siempre tuve oportunidad de decir lo que me gusta y lo que no me gusta”, explicó. Y aseguró que incluso la ropa o el calzado influían en su rendimiento: “Cómo te sentís también hace que juegues mejor”.
Federer recordó además que, cuando llegó al número uno del mundo, atravesó un período particular: no tenía entrenador ni agente. Durante varios meses su círculo estaba reducido a su esposa, sus padres, un abogado y un amigo cercano. Eso lo obligó a involucrarse directamente en negociaciones comerciales, contratos y decisiones estratégicas.
“Tenía que saber sobre patrocinios, sobre construir una marca, sobre cómo manejar la prensa y en quién confiar”, contó.
Ese aprendizaje, asegura, terminó siendo clave para su nueva vida fuera del circuito.
Ya retirado, Federer decidió involucrarse de manera mucho más profunda en la firma suiza de zapatillas y ropa deportiva On Running, donde no solo actúa como embajador sino también como inversor —colocó 50 millones de euros en 2019— y socio.
La experiencia, dice, le permitió descubrir cuánto conocimiento había acumulado durante décadas alrededor de una industria que excedía largamente el tenis.
“Me di cuenta de cuánto know-how tenía”, explicó. Y remarcó que invertir en la compañía representó algo distinto a simplemente prestar su imagen: “No siempre tenés oportunidades así muy a menudo en la vida”.
Federer asegura que el retiro fue mucho más placentero de lo que imaginaba.

La lesión de rodilla hizo que el final fuera progresivo y eso, según cuenta, le permitió prepararse emocionalmente. “Mi carrera se desaceleró hacia el final, me dio una buena transición a mi vida retirada, que es fantástica. Y los chicos también te dan una perspectiva diferente”, señala.
Además tuvo la despedida que soñaba: Londres. La Laver Cup. Nadal como compañero de dobles. Djokovic y Murray presentes. Borg y McEnroe alrededor. Su familia en las tribunas.
“Realmente hermoso”, recuerda.
Claro, dice, que extraña ciertas cosas. La adrenalina de entrar a un estadio lleno, la tensión previa a un gran partido, la sensación única de competir en Wimbledon. “Pero todavía puedo recrearlo: puedo salir y jugar partidos de exhibición, todavía puedo ir a jugar al tenis para mí mismo, o con mis hijos, o con mis amigos, así que todavía tengo eso”, dice.
Y sigue: “Y, honestamente, todo el estrés y el sacrificio que conlleva, siento que tomé ese limón y exprimí esa última gota de él, así que no siento que necesite ese momento nunca más de esta increíble sensación de mariposas en la panza donde simplemente necesitás recrearlo y no podés tener suficiente de él. Siento que tuve tanto de eso que en realidad estoy feliz de tomarme un pequeño descanso”.
“Tenemos un par de gemelos de 12 años y un par de gemelas que recién cumplen 17 en julio. Así que ocupado con eso. Estoy feliz de tener el tiempo ahora para ellos sin un gran partido acercándose o una sesión de entrenamiento importante. No tener eso se siente realmente liberador”, dice.
¿Su legado? “Lo más importante es el respeto y la gratitud. Esperamos con mi mujer que a nuestros hijos se les pegue”, cierra.



