40 minutos para desaparecer del mundo

Messi, el bajar del avión y llegar a Barcelona
Messi, el bajar del avión y llegar a Barcelona Crédito: Captura TV
El clima en el avión de vuelta era el propio de un club destrozado, en el que la directiva pedía "sangre"
Luis Martín
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11 de abril de 2014  • 08:53

En El Prat, el martes por la mañana, mientras Iniesta y Xavi parecían concentrados y Messi caminaba tenso, Alves, Neymar y Song estuvieron muy cerca de traspasar la línea que separa la alegría de lo que se conoce como "dar la nota". Una vez en Madrid, el lateral subió a la red un vídeo patético cuando Barcelona todavía esperaba tumbar al Atlético, a imagen y semejanza de lo que vio hacer al Madrid en la Copa del Rey.

El miércoles, tras el choque, cuando la seguridad del Atlético consiguió que el autocar del Barça aparcara donde debía, casi con media hora de retraso, los jugadores azulgrana salieron en fila, silenciosos y cabreados con ellos mismos y con el mundo, y regresaron a casa llenando de un triste silencio el retorno de un equipo que en el mejor de los casos se sabe enfermo y no encuentra medicina, y en el peor, mira a otro lado con cara de que los achaques son cosa de la edad.

Muchos jugadores ni probaron la cena en el autobús y en el vuelo, que apenas duró 40 minutos, todo un alivio para los jugadores, que solo tenían "ganas de desaparecer de la tierra" —según relato del vestuario—, nadie se levantó de su asiento porque ni ganas de hablar tenían. No podían dejar de darle vueltas a los cambios del Tata, a la sensación de que de ya no les alcanza con tener el balón y con su talento porque han perdido demasiadas cosas, aquellas que les hacía reconocibles como equipo en el campo, entre otras a Messi. Todos se preguntan qué pasa con Leo, cada vez más a lo suyo, más distante. Se sienten solos, aguantando al club en deconstrucción y entre excusa y excusa, cosa tradicional en los vestuarios, los jugadores no encuentran en el club referentes que les marquen el camino.

El clima en el avión de Iberia era el propio de un club destrozado, en el que la directiva heredera del mejorBarça de la historia, pedía "sangre" a un Zubizarreta apuñalado por el presidente. Preocupados los directivos por el campo nuevo, con un incendio en la Audiencia Nacional y otro en la FIFA, la espantada de Rosell les ha dado vuelo y presencia a los que eran meros acompañantes y ya se atreven a cuestionar temas técnicos y tácticos y miran a Zubizarreta y al Tata con desconfianza. Cunde la sensación de que el rosarino "no es el hombre" y las dudas salpican a Zubizarreta porque ninguno de los dos les dio nunca ni bola; el Tata jamás se acercó a ellos sino que departió siempre con el director deportivo, tan elogiado por comedido a su llegada, tan mal mirado últimamente por una junta que busca justificación a su "no culpa" de nada con facilidad y cuando no encuentra una mano negra, mira a los futbolistas con reproches, al banquillo o le echa la culpa al rival, por bueno.

Cunde la sensación de que el Barça se argentiniza a cada paso, cada vez más parecido a la albiceleste que se estrelló con Uruguay en la Copa América de 2011

"15 minutos para lamentarse, no podemos perder más tiempo", dijo el presidente, Josep Maria Bartomeu, esforzándose en no perder la sonrisa mientras pedía explicación de qué había querido decir Martino —perdido de quilombo en quilombo— al hablar de Messi en la sala de prensa. Cunde la sensación de que el Barça se argentiniza a cada paso, cada vez más parecido a la albiceleste que se estrelló con Uruguay en la Copa América de 2011: Messi juega mal, el técnico no encuentra el remedio y en los despachos hay un lío cada dos días.

Al salir del Calderón, los jugadores recibieron el consuelo de unas decenas de seguidores culés, los que por "motivos de seguridad" entraron al campo a los 20 minutos de partido, cuando el Barça perdía y los palos presagiaban algo peor. Una angustia que el equipo quiso cortar este jueves en una reunión de la plantilla con Martino antes del entrenamiento. El objetivo, pasar página.

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