Arquero, docente y leyenda: la historia de Agustín Irusta, el ídolo que a los 77 años entrena a los juveniles de San Lorenzo

Una leyenda activa: a los 77, Agustín Irusta entrena a los juveniles del Ciclón
Una leyenda activa: a los 77, Agustín Irusta entrena a los juveniles del Ciclón Crédito: Prensa CASLA
Fernando Vergara
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30 de abril de 2020  • 00:01

Sus manos lucen gigantes, fuertes. No es casualidad, porque nació con una pelota bajo el brazo y desde pequeño se acostumbró a atenazarla. Era un ejercicio que repetía a diario. Una, dos, mil veces. Quería tomar fuerza. Soñaba con ser arquero y jugar al fútbol en primera división. No sólo lo consiguió, sino que Agustín Irusta se convirtió en una leyenda de San Lorenzo. Es el arquero que más partidos lució la camiseta azulgrana. Boedo es su vida, y la Ciudad Deportiva del Ciclón su segunda casa. Respetado y amado, a los 77 años el Mono se muestra con la pasión de un principiante: es entrenador de arqueros de los juveniles y suma casi cuatro décadas de experiencia en la formación de talentos. Pura vocación.

"Yo agarré fuerza desde chico apretando la pelota con las manos. Todo el día estaba, tenía unas manos fuertísimas", detalla el Mono en una charla telefónica con LA NACION. En tiempos de aislamiento social, preventivo y obligatorio debido a la pandemia de coronavirus, el ex arquero apenas sale de su casa para lo necesario. "Muy poquito, de vez en cuando a la tardecita para ir al supermercado", resalta.

Normalmente, al caminar por la Ciudad Deportiva azulgrana, es usual verlo a Irusta rodeado de chicos. Hoy, uno de sus deseos pasa por cumplir con éxito su tarea pedagógica con los juveniles que van desde la categoría 2009 a la 2014. Derrocha sabiduría. Es un hombre que convierte los desafíos en una energía que impulsa a sus muchachos a llegar más lejos. ¿Qué mantiene encendido su fuego? "Esto es mi vida, y estoy como entrenador desde 1982. El camino fue largo. Recuerdo la época en la que trabajé Oscar Passet y Gilberto Angelucci, y luego ya pasé a las inferiores", rememora.

La historia de Agustín Irusta, el ídolo que a los 77 años entrena a los juveniles de San Lorenzo

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-¿De dónde nace la docencia para enseñarles a los más chicos?

- Yo fui chico y aprendí en el potrero, en los arcos que hacíamos con palitos. Agarrábamos los los terrenos de los vecinos. Con los chicos siempre fui así, de toda la vida. Muy compañero. Acá en San Lorenzo se divierten, trabajan y aprenden. De algo estoy seguro: si los tratás bien, se divierten. Otra cosa: yo los trato de usted, no los tuteo. Y desde ya que aprendo a la par de ellos, porque son unos fenómenos.

Agustín Enrique Irusta nació el 19 de julio de 1942 en Noetinger, un pequeño pueblo de Córdoba, cercano a Villa María. Fue parte de una de las épocas más gloriosas azulgranas, con equipos vistosos, ofensivos: en el mágico conjunto del 68, en el bicampeonato del 72 (Metropolitano y Nacional) y en el ciclo que se cerró en el Nacional del 74. Se divertían, tocaban, jugaban un fútbol de alto vuelo. "Esos equipos significaron mucho. Fueron muy importantes, y con ellos el club se hizo todavía más famoso", resalta. El único que arrojaba pelotazos era, justamente, el Mono, con una forma elegante de pegarle al balón con el empeine. "Eso lo aprendí de Amadeo Carrizo, un maestro. Yo le pegaba de costado, le daba dirección y la pelota bajaba limpita. Además se las daba al ras del piso. Me salía bien, tuve esa virtud", explica el hombre que solía lucir una camiseta oscura, al estilo Lev Yashin. El juego con los pies es algo que Irusta trata de inculcarles a los pibes semana tras semana. Considera que es una cualidad indispensable en los arqueros de hoy.

-¿Por qué se dedicó al arco?

-Porque mi padre era arquero, en Córdoba. El arquero del pueblo. Y yo jugaba ahí con ellos todo el día. Hasta que un día un señor, Rodríguez de la Cruz, me trajo a Buenos Aires. Hablamos dos palabras y me dijo si quería probarme en San Lorenzo junto con otros tres muchachos. Finalmente, sólo quedé yo. Y desde 1961 hasta hoy siempre estuve ligado al Ciclón. Toda una vida.

Desde 1963 hasta 1976, el Mono jugó 267 partidos en la primera de San Lorenzo y se convirtió en el arquero que más veces cuidó del arco azulgrana. Para llegar a eso, claro, pasó por todas. "Apenas llegué a Buenos Aires me fui ganando la vida. Con otros chicos pintábamos las butacas del Viejo Gasómetro, barríamos el club, hacíamos mantenimiento y nos pagaban unos mangos", revela. Tiempos en los que todavía no estaba en el primer equipo. Mientras pintaba, brocha en mano, se quedaba horas y horas viendo en los entrenamientos a Oscar Coco Rossi, Silvio Ruiz y Héctor Facundo. Aquellos que luego serían sus compañeros. "Después, también, hice el servicio militar. Pero tenía un superior que sabía que yo jugaba en San Lorenzo y me dejaba ir a entrenar", dice.

"¿Sabés cuándo debuté en la primera? Contra Atlanta, en su cancha. El 23 de junio de 1963", se entusiasma el Mono. En el arco de enfrente estaba nada menos que Hugo Orlando Gatti. La caída del Ciclón por 3-2 fue el puntapié inicial para Irusta, que resultó clave en el siguiente compromiso para ganarle el clásico a Huracán por 3-1, ya que a los cuatro minutos de juego le atajó un penal a Carlos Arredondo.

La familia de Agustín siempre estuvo ligada a los tres palos. A tal punto que su hermano Rolando atajó en River y Lanús, y fue el suplente de Antonio Roma en el Mundial de Inglaterra 1966. Es más, la profesión los llevó a cruzarse de manera oficial en el fútbol argentino. De arco a arco. Y Gustavo Irusta, hijo de Rolando, atajó en Independiente, San Martín de Tucumán y Talleres de Córdoba, entre otros. Actualmente es el entrenador de arqueros en el club cordobés.

-¿Qué trata de transmitirles a los más chicos?

-Los aconsejo, les digo cómo tienen que pararse abajo de los tres palos, cómo deben pegarle a la pelota, todo eso es clave en nuestra posición. Y además cómo salir jugando. Es muy importante: pelota al piso, pelota larga, de volea, arriba, abajo. Y desde ya que trabajen mucho con los brazos, al sacar, al descolgar. Otro punto fundamental es la seguridad. Un aspecto que, lógicamente, se va adquiriendo con el correr de los años. Son pibes, y hoy tienen que divertirse.

-Más allá de la seriedad al entrenar, imagino que para usted es importante también el aspecto recreativo.

-Es lo que más me importa: diversión y trabajo. A la par. Y también que descansen. Mirá, te cuento algo: si hay un día en el que hace mucho frío u otro de verano con el sol muy fuerte, trabajamos 15 minutos o 20 minutos y frenamos. Un rato a la sombra, abajo de un árbol, y a recuperarse. No nos olvidemos de algo: no dejan de ser chicos.

-¿Y lo escuchan los pibes?

-Claro, ellos son bárbaros, me prestan mucha atención, me hacen caso. Hacemos circuitos, vamos, venimos. Nunca los reto, jamás. Y te confieso algo, pibe: los quiero con locura, y sé que ellos a mí también.

Para entender el amor de Irusta por la docencia vale la pena compartir la mirada de quienes transitan el día a día con él. "Le tenemos un aprecio especial y no sólo por lo que representó en la historia de San Lorenzo. Imaginate que yo lo tenía en el álbum de figuritas. Es una excelente persona, con un espíritu muy vigente y una manera hermosa de contagiar a los más pequeños. Al Mono le duelen las rodillas y le cuesta movilizarse, pero siempre está pateándoles al arco a los pibes. Tiene entrenadores que lo ayudan, desde ya, pero Agustín nunca deja de transmitir sus conocimientos", aporta Fernando Kuyumchoglu, coordinador general de las divisiones inferiores azulgranas. Se suma Hugo Rubini, coordinador general de los arqueros del Ciclón. "Conozco a Agustín desde hace ocho años y es una persona excepcional. Siempre está a disposición y es muy ubicado. Pasa el tiempo y él se va adaptando a los chicos de la mejor manera. Nunca le faltan la sonrisa, la alegría, y la pasión que tiene adentro. Sinceramente, cuenta con una energía que te arrastra. Y hay detalles que no se pueden pasar por alto: él entrena a chiquitos, que justamente son eso, niños. Pero el Mono los hace divertir, y él se divierte todavía más. Es un ejemplo para todos nosotros", subraya. "Verlo en el día a día con los chicos es una maravilla. Quiero destacar algo: él se divierte como nadie. No sólo es un maestro, sino que les hace chistes, los aconseja y les enseña muchísimo. Es un honor tenerlo en San Lorenzo. Es el primero en venir, se va cuando nos vamos todos y nunca falta a las reuniones. Y es hermoso que lo tengan presente y le hagan un reconocimiento a una institución como Agustín", sostiene Flavio Roca, coordinador de infantiles.

Irusta, tal como lo remarcan, es una institución en San Lorenzo. Basta con recorrer los pasillos de la Ciudad Deportiva y preguntar qué significa el ex arquero en las entrañas de Boedo: no habrá nadie que no suelte un elogio, un mimo. "De la única manera que podemos halagarlo es estando cerca de él, y preguntándole cómo anda y qué precisa. Lo queremos muchísimo", resalta Rubini.

Arqueros campeones y emblemas del club como Sebastián Saja y Agustín Orión pasaron por las manos -y por los pies- de Irusta. "A todos ellos los vi crecer, los entrenaba cuando tenían 15 o 16 años. También a otros muchachos que llegaron a primera como José Ramírez y Nereo Champagne", dice el cordobés.

No exagera Irusta cuando dice que lleva "toda una vida" entrelazado con San Lorenzo. No hay nada que lo detenga para decir presente. Y cuando camina por los pasillos de la Ciudad Deportiva bromea con quien pase a su lado. "¿Mono, cuántos años tenés?", me preguntan. "Pocos, 49", les respondo. "Me miran y se quedan pensando, se ríen", dice con una carcajada. Se reconforta con las pequeñas cosas cotidianas y su tono de voz se enciende.

Irusta es un fiel ejemplo de que la fuerza de voluntad mueve montañas. Hace su trabajo con respeto, mucho placer y energía sobrante. Contagia. Muestra esas manos gigantes que lo llevaron a cumplir sus sueños. Ama a sus chicos de la misma manera que a San Lorenzo. Y no quiere frenar. "En el club siempre me abrieron las puertas. En ese espacio soy feliz. Y yo no voy a cambiar la casa donde vivo, ¿no? ¿Para qué?".

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