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Por Carlos Beer y Germán Leza
LA NACION
A Teresa Soriano le pasó lo mismo que a tantas madres que tienen más de dos hijos del mismo sexo. Eran chiquitos y traviesos y, cuando quería llamar a uno de ellos, varias veces arrancaba con el nombre equivocado. En su caso puede argumentar como defensa un motivo muy entendible. Al mayor, Ariel, le siguieron los mellizos Andrés y Abel. Desde esa infancia de partidos callejeros en Córdoba y en las infantiles de General Paz Juniors a este presente exitoso, con 27 años, ha pasado un par de décadas. Y los Soriano, como se los conoce en el ambiente del fútbol, sobresalen por dos cosas: su calidad, fundamental en la gran campaña de Atlanta que se coronó campeón de la primera B el sábado último y, por supuesto, por las historias que derivan de su parecido.
Con pasado en clubes del ascenso argentino y del exterior (Andrés transitó por varias entidades de Ecuador), hasta esta temporada nunca habían podido compartir un par de semestres en el mismo equipo. La experiencia fue fantástica en lo deportivo: la unión los potenció dentro de la cancha. "Jugaríamos siempre juntos si por nosotros fuera", afirman a coro. Se nota en la comunicación que la excelente relación futbolística se prolonga en el trato diario. Tanto que, en medio de la entrevista, toman el micrófono de canchallena.com y se hacen preguntas para jugar a ser periodistas-protagonistas por un rato. Hasta que se ponen serios: "No, nunca cambiamos vinchas en el entretiempo para confundir rivales. Lo importante es la lealtad", asegura Andrés. Además de servir para controlar sus melenas rubias, el uso de las vinchas no es casual: por los colores, sirven para que los compañeros los identifiquen.
"Y, al principio, en el club, nuestros propios compañeros no sabían reconocer quién era cada uno de nosotros. Tardaron varios meses en diferenciarnos", asegura Abel.
Pero sí hubo pequeñas picardías futboleras para sacar algunas ventajas, como cuando uno se pone en posición adelantada deliberadamente y después sale para habilitar al otro, y de esta forma complicar a los rivales. "Una vez, un juez de línea cobró off-side; me acerqué a preguntar si estaba seguro de que era yo el adelantado, y me dijo: «No sé; era uno de ustedes dos, pero no sé cuál»."
Eso sí: ante la enfermedad de uno de ellos o algún imprevisto, nunca hubo un engaño hacia una señorita que pudiese confundir a los mellizos. "¡No, eso no! Además, a mí me gustan morochas y a él, rubias", dice Andrés.
Buscavidas del fútbol, antes no habían tenido la posibilidad de jugar tanto tiempo juntos en un club de forma profesional. "Es un sueño este presente. Juntos sacamos ventaja porque sabemos de memoria dónde se ubicará el otro", cuenta Andrés. Los números lo avalan: es el máximo goleador de la categoría, con 17 tantos, seguido a tan sólo uno por su hermano, para sumar entre ambos más de la mitad de los goles del equipo, que lleva 64. "Y la mayoría de los tantos son asistencias entre nosotros", agrega Abel. Sin embargo, esta estrategia fue cambiando con el avance del torneo. "En las últimas fechas, nos empezaron a marcar más, así que aprovechábamos para darles la pelota a otros compañeros que quedan más sueltos", asegura Andrés.
Las historias se suceden una tras otra. Pero el pasado desemboca en este presente de fiesta, con el regreso del club de Villa Crespo a la segunda categoría después de su descenso en 1999. "Atlanta no llegó a ser campeón por nosotros", aseguran a coro. "Salir campeón con mi hermano, no le puedo pedir más a la vida", se sincera Andrés.
Atlanta es campeón y en la historia quedará el valorado logro conseguido por un equipo histórico. Pero, sin dudas, con el tiempo el título será recordado como el campeonato de los mellizos Soriano.
