Balance 2018: River hizo de la Copa Libertadores el mejor capítulo de su historia

Gallardo y Ponzio levantan la copa en el Santiago Bernabéu
Gallardo y Ponzio levantan la copa en el Santiago Bernabéu Fuente: AP - Crédito: Thanassis Stavrakis
Claudio Mauri
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30 de diciembre de 2018  • 23:59

Real Madrid alzó las últimas tres Champions League con el mismo director técnico (Zinedine Zidane) y un equipo estable, con mínimos retoques. Es el éxito de la continuidad, de un plan con fuertes cimientos económicos para evitar que se desmiembre. Algo similar ocurrió con el Barcelona de Pep Guardiola, que se coronó en Europa en 2009 y 2011. Encontrar una situación análoga en América del Sur es casi imposible; es un mercado que forma y exporta sin interrupciones para sustentarse. Sobrevive en perpetua transformación, con los riesgos que eso implica para dar con un proyecto consolidado.

De los últimos diez campeones de la Copa Libertadores , solo hay un nombre que se repite: River , en 2015 y 2018. Un club cuyo rasgo de identidad en la competencia era el de ser un asiduo participante con escasos momentos de gloria. Tuvo que trajinar 26 años desde la creación del torneo para obtener el primer trofeo, en 1986, con el conjunto que dirigía el Bambino Veira y tenía al Beto Alonso y a Juan Gilberto Funes. Pasaron diez años hasta el siguiente festejo, en 1996, con la formación de Ramón Díaz en la que despuntaba Hernán Crespo y a la que Francescoli había vuelto en el crepúsculo de su carrera.

Después, la Libertadores para River volvió a ser un peregrinar en el desierto. Hasta que dio con el nombre que cambió la historia, que creó un nuevo paradigma en la relación del club con la copa. Marcelo Gallardo estableció esa frontera, ese antes y después. La Libertadores dejó de ser ese hueso que a River siempre se le atragantaba, la competencia en la que internacionalmente no podía revalidar el prestigio doméstico que nadie le discutía.

A diferencia de Zidane o Guardiola, Gallardo debió someterse a las reglas de este continente, que lo obligan a reinventar los equipos más temprano que tarde. Del River campeón 2015 al del 2018 sólo se repiten cinco nombres. Y apenas tres son pilares de la estructura: Jonatan Maidana, Leonardo Ponzio y Gonzalo Martínez. Un cuarto es una pieza de complemento, Camilo Mayada, y el quinto, Rodrigo Mora, tuvo una presencia testimonial en la última campaña.

De eso se desprende que el trabajo para Gallardo fue más arduo. Con distinto material, inculcó la misma mentalidad y compromiso. Él fue el primero que no quiso dormirse en los laureles. En otro momento de la historia de River, la eliminación que sufrió ante Lanús en las semifinales de 2017, tras desperdiciar un global de 3-0 en poco más de 45 minutos, habría alimentado el estigma de equipo inexperto en situaciones límite. Pero esa decepción quedó absorbida por un ciclo que se define por un perfil mucho más ambicioso y firme, en el que las vacilaciones fueron la excepción y no la norma.

Gallardo tiene una ideología futbolística que lo muestra como un conductor con más de una carta. Prepara los partidos de una manera, pero sabe cómo corregirlos con los cambios. Entre los grandes cucos que River padeció en tantas Libertadores estaban los rivales brasileños. Desde la final del 76 perdida contra Cruzeiro hasta eliminaciones frente a Vasco Da Gama, Flamengo o San Pablo. Esos fantasmas también fueron exorcizados en 2015 (goleada sobre Cruzeiro en Belo Horizonte) y 2018 (victoria Gremio en Porto Alegre), en ambos casos tras revertir derrotas de local.

Los capítulos contra Boca son un plus, le otorgan un grado superior al título. Nada fue convencional. Ni el gas pimienta de la Bombonera que reglamentariamente lo dio por vencedor tras un partido y medio que iba ganado por 1-0 en 2015, ni la final del destierro en Madrid hace tres semanas. En cualquier circunstancia, a lo largo de 2018, Gallardo se posicionó como un mejor estratega que Guillermo Barros Schelotto. Siempre fue un paso adelante en planteo, disposición táctica y cambios durante el desarrollo. El apartado físico remató las diferencias: mientras el cuerpo de Boca crujía sobre el Bernabéu, el de River no desmayaba ni un segundo.

River fue un campeón merecido, lo que no quiere decir que haya sido impecable. El desorden de la Conmebol le permitió contar en varios partidos con el suspendido Zuculini, el VAR hizo mutis en el claro penal de Pinola ante Independiente y la tecnología le dio ante Gremio un penal que nadie de River había visto. Con o sin imponderables, River nunca se quedó en la anécdota. Se ocupó de subir hasta lo más alto de su historia.

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