Russo y Riquelme: cuando ya no alcanzan los buenos viejos tiempos
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Miguel Ángel Russo puso el cuerpo en Boca y quería seguir haciéndolo. Al menos, hasta diciembre, cuando ya con seguridad su futuro parecía desligado definitivamente del club en el que relanzó –justo es decirlo– una carrera que venía en picada. Russo tenía en mente la práctica de ayer, hasta que el lunes, cerca de las 23, recibió un llamado. “Miguel, mañana [por este martes] nos vemos. Pero no va más…”.
Russo volvió a Boca en enero de 2020, cuando parecía que el título de la Superliga era una utopía para los xeneizes. Sin embargo, lo ganaron en los siete partidos finales, con un sprint mucho más veloz que el de River. Todo encajaba, con un DT elegido por Juan Román Riquelme y que llegó a modo de “pacificador”. Había armonía. ¿Armonía?
Cuando todo era felicidad para Miguel Russo en Boca
Llegaría otra conquista local, en la Copa de la Liga, pero siempre lo mismo: las eliminaciones en la Copa Libertadores fueron serios condicionamientos. Aquella ante Santos, por 3-0 y en Brasil, tuvo un efecto devastador, el peor de todos: Riquelme se desencantó. La más reciente, con el escándalo incluido en Belo Horizonte, ante Atlético Mineiro, potenció un clima interno volcánico. Sin olvidar que un par de miembros del Consejo de Fútbol, Raúl Cascini y Jorge Bermúdez, participaron en la gresca. Ni siquiera haber eliminado a River dos veces, ambas por penales, le devolvieron a Russo algo más de crédito.
El recuerdo de la Libertadores que Russo y Riquelme ganaron en 2007 fue movilizador. Aparecía a cada rato como una base sólida de la construcción entre el DT y el ahora dirigente. Pero, a la vista, tal vez haya sido un condicionante. Algo así como una garantía guardada en su envoltorio original, pero largamente vencida. Ya no se debían nada. Sólo respeto.
Muchas gracias, Miguel… 💙💛💙 pic.twitter.com/WdtysSW4Os
— Boca Juniors (@BocaJrsOficial) August 17, 2021
El contexto, seguramente, hizo que esa sensación de gratitud haya sobrevolado por la mente de Russo. Quienes más conocen al técnico aseguran que, en otras circunstancias, jamás habría aceptado algunas situaciones. Intromisiones. Idas y venidas con jugadores. Un mercado devaluado. Comentarios por lo bajo. Exposición, pero de la dañina. Y, para peor, Boca jugaba mal, muy mal, y ya no ganaba.
Son días extraños para Russo. Seguramente pasará algunos días en Rosario. Allí está parte de la felicidad: su hijo, Ignacio, que juega en Rosario Central, marcó el primer gol el último fin de semana. Se aferrará al amor. Sabe que eso sí da resultado. Y no deja espacio para el desencanto.
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