Boca: qué equipo es Palmeiras, el próximo rival en la Copa Libertadores, y el recuerdo de los cruces con Juan Román Riquelme como 10
En el duelo de definiciones por penales están parejos en las estadísticas continentales, aunque el Xeneize le ganó dos históricas al Verdao
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Palmeiras es sinónimo de “cuco” para todos los conjuntos sudamericanos en los últimos años. Inclusive para un gigante como Boca. Al menos, este Boca, que busca ahogar penas de hace más de 16 años. No obstante, hay una diferencia. Mientras festeja el pasaje a semifinales tras los penales con Racing y levanta bien alto las cejas al ver que el recorrido del cuadro lo une al del poderoso conjunto brasileño, también esboza una sonrisa que otros no podrían dibujar. Recuerdos, de los gratos. Y en instancias semejantes como la que los volverá a cruzar a fin del presente mes. Cruces pesados en los que el club de la Ribera estuvo a la altura. En el pasado de su época dorada, pero también durante estos tiempos. Una ilusión que lo condena.
Ahí está Abel Ferreira, el entrenador portugués que es parte desde hace años de la camada de lusos que desembarcaron al fútbol brasileño y hasta han llegado al argentino (Pedro Caixinha dirigió poco tiempo a Talleres, de Córdoba). No se agota, lejano a su tierra: evidentemente quiere que su historia en Palmeiras siga agregando tinta en las hojas. O su gran deuda es el Mundial de Clubes. Es que, a veces, a algunos técnicos les cuesta encontrar motivaciones cuando, en este caso, consiguen un bicampeonato continental al ser el padre de la criatura que levantó las Copa Libertadores 2020 y 2021, además de alcanzar este miércoles la cuarta semifinal consecutiva.
Con un esquema siempre ordenado. Podrán sobrarle las figuras en cada año, pero ese carácter de rival a vencer (junto a Flamengo) lo sostiene también con la templanza de una idea que -en muchas ocasiones- prioriza la inteligencia y la sistematización. Cuando presenta vacíos en el juego, que los tiene, le encuentra la vuelta para sobrevivir y esperar su momento, como todo equipo en el que la jerarquía pesa y mucho.

Tanta que no tiene drama en desestimar, como lo hizo hace unos días, una oferta del fútbol árabe (hoy tan revolucionario) por ¡U$S 30.000.000! para contratar a su capitán Gustavo Gómez, tantas veces buscado por Boca en la época de Guillermo Barros Schelotto en la dirección técnica. No sólo eso: hicieron que los multimillonarios se bajaran de la negociación porque la entidad paulista sólo avanzaba si veían los 50 millones de la cláusula de salida.
Sí, mientras en Argentina los treintañeros pierden “poder de reventa”, la jerarquía de un zaguero de 30 años se hace valer en Palmeiras. Claro, es una de sus máximas figuras, pero hay más. El conocido y revoltoso Rony, que porta la N°10, está en el “Verdão” hace más de tres temporadas y, por ende, ganó el bicampeonato continental. Raphael Veiga es otro ‘10′ al que Jorge Almirón deberá estar atento: conductor zurdo que Barcelona puso en su mira hace pocos meses. No obstante, su goleador en la Libertadores es el extremo Artur, con cinco.

Tiene otros pilares de experiencia como Marcos Rocha (34), el lateral derecho tan conocido, y el arquero Weverton (35). Aunque también sufren: Dudu, otra figura en el ataque, se rompió el ligamento cruzado anterior el último domingo y es baja por el resto del año. Por último, hay un argentino nada asentado, pero peligroso: José López, el exgoleador de Lanús que partió rápido debido a su explosión.
Ferreira los cobija en su clásico 4-2-3-1 con el que es escolta en el Brasileirao (a once puntos del puntero Botafogo) y apenas perdió tres encuentros de 21. Aunque hay que prestar atención: si bien había ganado el encuentro de ida ante el humilde Deportivo Pereira, en Colombia y por goleada 4-0, en la revancha de ayer (0-0) el portugués sólo guardó tres titulares y puso en práctica un 3-5-2, el esquema que el DT de Boca utilizó en los cruces con Racing. Ambos tienen variantes, aunque Palmeiras lleva el favoritismo en la previa.
Ahora bien, en San Pablo saben que Boca, como se suele decir, es Boca. Especialmente, en la Copa Libertadores. Si lo sabrán allí. Se han cruzado cuatro veces por esta competición, tres de ellas en el presente siglo. Esas últimas se colorearon de azul y oro y son inolvidables.
Protagonizaron la final del 2000. Los brasileños buscaban el bicampeonato, pero el Boca de Carlos Bianchi levantó el trofeo por tercera vez en su historia y tras 22 años de sequía tras el 2-2 en la Bombonera (doblete de Rodolfo Arruabarrena), el 0-0 en el Morumbí y el 4-2 en los penales en tierras paulistas. Un año después volverían a encontrarse, pero por las semifinales: 2-2 en ambos estadios, pero –otra vez- el conjunto del Virrey hizo la diferencia en la definición desde los doce pasos (3-2). Aunque, en realidad, la verdadera distancia entre uno y otro la firmó un magistral Juan Román Riquelme.
En los encuentros del 2000 hizo lo que sabía: manejar los tiempos, pisarla y cuidarla, forzar múltiples infracciones. En el contexto de una final, todo fue muy medido y no terminó de gravitar en las conexiones. Sí ha de decirse que ejecutó el segundo penal de la serie, direccionándolo al lado contrario al que se tiró el arquero Marcos. Sin embargo, su clase de fútbol fue el año siguiente. No en la primera semifinal, en la que lo contuvieron, sino en Brasil, donde enamoró.
Si hay tantos Riquelme nacidos en aquel país (o denominaciones parecidas, pero que hacen clara alusión a su figura) es, en gran parte, por aquella exhibición. Muchos, de hecho, lo ubican como uno de los partidos más destacados de su carrera. Tocó la pelota, casi sin exagerar, en cada minuto de juego. Tal es así que, al minuto y medio, el entonces ‘10′ puso la primera pelota filtrada para Christian Giménez y su remate terminó en el 1-0 de Walter Gaitán. Llegando a los 17 minutos, el gol recordado: encabezó un contragolpe absolutamente individual en el que gambeteó a un defensor en tres cuartos de campo “Verdão”, aminoró la marcha a puro amague, hizo pasar nuevamente de largo a ese mismo brasileño y remató cruzado entre las piernas del mismo y de otro zaguero. Golazo. Camiseta levantada y manos detrás de sus orejas para reeditar el “Topo Gigio”, el festejo que meses antes había patentado contra Mauricio Macri.
Siempre hubo un futbolista de Palmeiras pegado a él, pero Riquelme danzó en la cancha. Protegió la pelota con su clásica fuerza y viveza, fastidió a cada rival. Se metió por cuanto recoveco encontró. Gambeteaba, se quedaba parado y dejaba en el camino otra vez al que ya había eludido. Los sacó de quicio. Como broche de oro, anotó el primer penal de la serie colgándola del ángulo izquierdo: Boca se imponía otra vez en Brasil y pasaba a una nueva final de América, con la que también se quedaría.
Muchos años después, esa actuación personal hizo que el mítico Ronaldo se deshiciera en elogios: “Todo Brasil quedó alucinado por cómo jugó aquella vez. Sólo un fenómeno hace lo que él hizo esa noche. Le vi hacer cosas increíbles con el balón. Tiene talento natural”. De esta manera, Riquelme literalmente los bailó de pantalones cortos y se los reencontrará con el mate en la mano y siendo observador desde el palco, en carácter de vicepresidente segundo.

Porque en la edición de 2018, por supuesto, el exenganche ya estaba retirado. En aquella se cruzaron en la zona de grupos, con saldo negativo para Boca (0-2 en la Bombonera y 1-1 en el Allianz Parque), pero el cuadro los volvió a cruzar en semifinales: fue la serie de Darío Benedetto (hoy tapado, pero con esperanzas de revivir aquel momento), porque en la Bombonera ingresó a los 77 minutos, enseguida puso la cabeza para el 1-0 y en el cierre hizo un verdadero golazo de media distancia. En San Pablo puso el 2-2 definitivo para pasar a la final.
Apenas un recuerdo amargo: César Luis Menotti se hizo cargo de Boca en 1993 y dirigió la edición del año siguiente con un equipo que tenía grandes expectativas, pero quedó eliminado en la primera fase. Entre los tres rivales estuvo Palmeiras, que le hizo pasar un papelón en Brasil. “Tiene grandes individualidades. Ahora, como equipo, no sé si es el mejor”, decía el técnico en el aeropuerto. No obstante, el “Verdão” lo goleó 6-1.
La vida los ha cruzado dos veces por penales, el arma que el Boca de hoy ha sabido aprovechar para llegar a estar entre los cuatro mejores. El Xeneize afrontó 15 definiciones en la historia de la competición, de las cuales fue vencedor en diez y perdedor en cinco; Palmeiras tuvo 11, perdiendo apenas tres. Ahí está el equipo boquense: en dos de ellas fue el verdugo. Para este nuevo reencuentro sabe que no está exento de presión, pero el traje de favorito no se lo pondrá. Aunque, por otro lado, la historia lo pone por encima y en los tiros desde el punto penal sí causa temor.
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