Carlos Bianchi y Marcelo Gallardo, dos rebeldes que empezaron sus revoluciones en puntas de pie

Cristian Grosso
Cristian Grosso LA NACION
Fuente: Archivo
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20 de octubre de 2019  • 23:59

La 12 estaba muda. La misma hinchada que había coreado 'Borombombón/ borombombón/ es el equipo/ del Narigón' y también 'Mire/ mire que locura/ mire/ mire que emoción/ es el Bambino Veira/ que vino a La Boca /para ser campeón'... ahora se mantenía indiferente. Ni Bilardo ni Veira habían ganado nada, pero a este hombre lo mantenían bajo estudio, pese a que Boca era el líder invicto, con seis puntos de ventaja, cuando promediaba el Apertura '98. Carlos Bianchi dirigía su primer torneo en la Ribera y no le importaba esa indiferencia: "Me tiene sin cuidado, prefiero que alienten al equipo y no a mí", le contaba en una entrevista a LA NACION. Bianchi impuso sus condiciones desde que llegó al club que presidía Mauricio Macri, que tras escuchar las encuestas para elegir a los directores técnicos anteriores, ahora había confiado en una corazonada.

Bianchi supo que no debía dudar porque nada lo indentificaba con la familia xeneize, aunque había debutado contra Boca, en el '67, y se había retirado del fútbol en el '84, en la Bombonera. Enseguida aclaró que mandaba él. "Riquelme no figuraba, Serna era el cuarto extranjero, Samuel era suplente, Palermo y Guillermo alternaban la titularidad, traje a Basualdo, a Ibarra... , advertía. "Soy muy práctico, para mí el fútbol es sencillo. No soy ningún fenómeno. Mi función es convencer a los jugadores de una idea, demostrándoles que es buena. Pero las cosas en su lugar: ni tanto cuando todo sale bien, ni tan mal cuando algo falla. Trato de relativizarlo todo. Yo salí campeón del mundo con Vélez. ¿Y? No puedo estar toda la vida diciéndolo", analizaba. Sin sospechar que se convertiría en una leyenda.

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Marcelo Gallardo construyó su idolatría desde la cancha, pero ni eso lo puso a resguardo cuando se atrevió a dirigir a River. Tomó a un equipo que acababa de ser campeón con el tótem de Ramón Díaz como entrenador. La vara estaba alta para un entrenador en formación, con apenas 39 partidos en Nacional, de Montevideo, y una vuelta olímpica con el Bolso uruguayo.

Pero Gallardo siempre estuvo convencido, como en noviembre de 1997, cuando en el cierre de un año lleno de altibajos y críticas entre su club y la selección de Daniel Passarella, se confesaba ante LA NACION. "Si volví a ser un jugador confiable se lo debo a la seguridad que mantuve en mis condiciones. Siempre creí en Gallardo y no hubo críticas que pudiesen cambiar eso. Ni bajarme. Nunca me creí un fuera de clase, pero tampoco un burro. Me cerré en mí mismo y me juré que me iba a matar por tener nuevas posibilidades, y entonces no iba a dejarlas pasar". Tendría razón, a su carrera todavía le faltaban dos mundiales, seis temporadas en Europa y varias conquistas entre Monaco, París, Buenos Aires, Washington y Montevideo.

Bianchi y Gallardo se rebelaron contra la desconfianza y en menos de seis meses ya habían ganado su primer título como entrenadores de Boca y River. Comenzaban dos revoluciones que cambiarían la historia.

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