¿Cómo va a jugar Messi cuando tenga 30 años?

Un análisis de cómo puede ser el futuro de Leo, que hoy cumple 25 años. Por Hernán Iglesias Illa
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23 de junio de 2012  • 21:42

Leo Messi cumple hoy 25 años, una edad que, en la carrera de un futbolista, se parece bastante al ecuador: Messi lleva siete años y pico en la primera división de Barcelona y le quedan, con algún margen de error, otros siete años y pico en plenitud física. ¿Cómo jugará Leo en esta segunda mitad de su carrera? ¿Igual que la primera, metiendo 50 o 60 goles por temporada, ganando él solo partidos que sin su presencia serían inexpugnables? ¿O madurará hacia una posición de estratega, más parecida al enganche clásico argentino, más metido en la respiración y el centro de gravedad de sus equipos?

Messi es demasiado bueno como para tener que elegir. Probablemente seguirá adaptándose (su rol en el Barça es mucho más central ahora que hace cinco años), refinando su posición y, si encuentra un técnico que lo entienda y lo mime como lo entendía y lo mimaba Pep Guardiola, tomando roles más protagónicos. En este sentido, las carreras de Maradona y Ariel Ortega, dos jugadores parecidos a Messi en algunas cosas y distintos en otras, quizás puedan ofrecerle algunas lecciones.

Hasta sus 25 años, incluido el Mundial de México, Maradona fue, como Messi, una tromba de futbolista. Era un tipo imparable que definía su estilo y su influencia en el último tercio de la cancha. Metía muchos goles: en Argentinos Juniors y Boca tuvo cuatro temporadas por encima de los 25 tantos (en 1980 hizo 43), y en Barcelona, a pesar de su relativo fracaso, se lo recuerda sobre todo por una docena de goles extraordinarios. De los 26 años en adelante, Maradona fue distinto: menos explosivo, pero jefe absoluto de sus equipos (en el Napoli y en la selección), preparado para hacerse responsable de que él y sus compañeros jugaran bien o mal.

Los Mundiales de 1986 y 1990 muestran esta transición bastante bien. En México, Maradona metió dos goles de delantero, en el borde del área chica, definiendo de primera sendas asistencias de Valdano (contra Italia, en la primera ronda) y Burruchaga (el primero contra Bélgica, en semifinales). En Italia, la jugada más memorable del Diego, que estaba a punto de cumplir 30 años, fue contra Brasil, cuando recibió la pelota en la mitad de la cancha y, haciéndose cargo de la situación, dejó solo a Caniggia para poner el 1-0. Ya no podía definir los partidos él solo, pero sí podía hacer que lo definieran sus compañeros.

Se puede decir entonces que Maradona evolucionó bien y rápido desde el diez joven y huracanado de Argentinos y Boca al diez maduro y estratega que ganó dos scudettos y una Copa de la UEFA con Napoli. Si no mostró más esta faceta, fue por culpa de sus suspensiones por doping, que redujeron al mínimo su carrera como futbolista treintañero.

Ariel Ortega, en cambio, tuvo más problemas para adaptarse al rol de diez adulto. Cuando tenía 19 o 20 años, el Burrito gambeteaba y enganchaba y volvía locos a los rivales, pero también metía goles y daba asistencias. Mientras el periodismo debatía intensamente si su posición ideal era la de delantero o la de enganche, el Ortega sub-25 hacía a veces una cosa y a veces la otra, casi siempre bien (aunque, por supuesto, uno o dos niveles de categoría por debajo de Maradona y Messi). En el Mundial de Francia, en 1998, usó la camiseta 10 y jugó bastante bien, hasta el cabezazo fatídico contra Van der Sar. A partir de ahí, sin embargo, ni en Europa ni en la selección pudo ser un jugador sobre quien cargar la responsabilidad del juego del equipo. Tuvo una muy buena temporada en River, a los 28 años, cuando pareció que, a medida que perdía velocidad, ganaba en sabiduría. Pero la mudanza catastrófica a Turquía, después del Mundial de 2002, abortó este proceso, del que nunca se recuperó completamente.

Cuando se quedó sin la omnipotencia de su juventud, Maradona aprendió a jugar de otra manera. Cuando se quedó sin su electricidad indescifrable de mediados de los ’90, Ortega perdió una parte importante de sus virtudes como futbolista. ¿Cuánta omnipotencia le queda a Messi? ¿Podrá aprender, como Maradona, a jugar a otra cosa? Con los años, Diego se transformó en su propio Burruchaga. ¿Debería el Messi de 2017 transformarse en su propio Xavi?

Para ser el líder moral de un equipo hacen falta inteligencia y personalidad. El primer casillero Messi lo llena fácil: es uno de los jugadores más inteligentes del planeta, excelente pasador y lector de jugadas y muy buen analista de los ritmos de un partido. Quizás necesite, sin embargo, desarrollar su personalidad. Hasta ahora, Leo ha delegado buena parte del liderazgo del Barça en Xavi y Puyol, para ocuparse (tan solo) de demoler las defensas rivales. A los 30 o 31 años, sin la velocidad ni la motivación de ahora (y ya sin Xavi ni Puyol), Messi va a tener que tomar un rol más central en el equilibrio del equipo. Una manera de lograrlo es jugando más atrás, metiendo (apenas) 20 goles por año pero dando muchos más a los Caniggias que tenga alrededor.

Messi conoce este proceso de cerca: ya vio a Ronaldinho alcanzar al clímax de su carrera a los 26 o 27 años y desmoronarse después, incapaz de asumir las responsabilidades personales y futbolísticas que su equipo necesitaba. Seguramente hará todo lo posible para que a él no le pase lo mismo. Maradona puede ser un modelo. Ortega, una advertencia.

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