

Encontrá resultados de fútbol en vivo, los próximos partidos, las tablas de posiciones, y todas las estadísticas de los principales torneos del mundo.


BELO HORIZONTE, Brasil.– El Mineirao lo quiere. Lo aplaudió por primera vez una noche del invierno de 2008, después de que fuera la figura en un olvidable 0-0 en eliminatorias. Lo amó la tarde soleada de su golazo a Irán, en el Mundial 2014. Lo vio cabizbajo cuando los muchachos de Tite golearon a los de Bauza, en noviembre de 2016. Y le celebró su único gol en esta Copa América, un penal colocado con fuerza a Paraguay 13 días atrás. Lo que no sabe el Mineirao –con el duelo de esta noche, el estadio que más habrá pisado con la selección fuera del país– es qué versión de Lionel Messi recibirá hoy, en este clásico mundial que el fútbol vuelve a disfrutar. Y en ese enigma, el del estado de forma del 10, vive buena parte de la tensión que despierta un Brasil-Argentina estimulante: hay que retroceder 12 años, hasta la final de Venezuela en 2007, para encontrar uno que se le parezca en importancia.
El capitán respetó su rutina ayer, cuando el bus de la selección trapasó las fronteras del campo de entrenamiento de Cruzeiro: iba sentado en el penúltimo asiento del lado derecho, tomando mates. Enseguida se encontró con un chico de las juveniles del club que lo esperaba con un zorrito de peluche de regalo. Es que Cruzeiro es el zorro para todos los mineiros, y está orgulloso de autodenominarse el "melhor clube brasileiro do século XX": el camino que debían hacer los jugadores hasta el vestuario había sido adornado con 14 trofeos, las réplicas de los más importantes que consiguió en su historia. Messi agradeció como antes en Salvador, Porto Alegre y Río de Janeiro: este viaje por Brasil afirmó la certeza de que el amor del Mineirao por él es una muestra de un sentimiento extendido.

Este mismo Messi ofrece paradojas. Está feliz, se le nota, aunque transite un torneo con vuelo bajo, sin que se recuerde más que algún arranque esporádico, pero nada de lo que habitualmente dispone en su paleta de talento. Capitán de una manada joven, disfruta del tiempo compartido con futbolistas que aprendió a conocer en esta larga estada por todo Brasil. Le gusta la frescura de De Paul fuera de la cancha y su carácter adentro, se asombra con Lautaro Martínez, le saca fotos a su amigo Agüero durmiendo, mantiene sus rituales pre-partido con Marcelo D’Andrea, el masajista... Messi cantó el Himno contra Venezuela porque "tenía ganas", como le quitó importancia al episodio, pero también porque está implicado desde un lugar distinto. Aunque no acierte un tiro libre ni se imponga en una gambeta, siente que no hay dramas, solo los primeros trazos de un camino nuevo. Y que, pase lo que pase en el Gigante de Pampulha hoy, lo "van a tener que seguir aguantando".
Tan afirmado está en esas ideas que no invierte energías en pensar qué dirá el país futbolero si él culmina su tránsito por la Copa en el mismo tono gris que lo trajo hasta acá. Cree que nada igualará al último Mundial, el peor de los cuatro que protagonizó, del que sigue silenciando sus reflexiones. "Scaloni está aprendiendo, se equivoca como nosotros. Ya es difícil ser técnico, imaginate en la selección", matizó el viernes pasado en el estadio Maracaná. Ese enfoque lo traslada a su mirada sobre el plantel: está convencido de que la experiencia acumulada por el nuevo grupo pagará en el futuro inmediato, cuando empiecen las eliminatorias y llegue otra Copa América, encima de local.

La trayectoria de Messi contra Brasil tiene dos dimensiones. Una está delimitada por sus goles: junto con Uruguay y Paraguay, el Scratch es su mayor víctima: a cada uno de ellos les anotó seis veces (a Brasil, dos en juveniles y cuatro en la mayor). Su historia contra el rival de siempre empezó a los 20 minutos del segundo tiempo de un partido en Manizales por el Sudamericano Sub 20 de Colombia, en 2005: pasaron 5259 noches de aquella en la que ingresó por Neri Cardoso y nueve minutos después puso su pie izquierdo para marcar el gol del triunfo por 2-1. Con el número 18 en su camiseta, ayudó a obtener el pasaje al Mundial de la categoría. Unos meses después, ya en Holanda, dibujaría un golazo, también de zurda, en el arranque de la semifinal, que otra vez ganaría Argentina, luego campeón.
La enumeración se podría estirar hasta repasar sus 12 enfrentamientos contra Brasil, incluido el último, un 1-0 con gol de Gabriel Mercado en Melbourne, en un amistoso invernal de 2017. Es esa mirada larga la que ofrece la segunda dimensión, menos amable. Es que Messi se debe un rendimiento a la altura de su leyenda en un partido oficial contra Brasil. En esas circunstancias, la planilla muestra cuatro antecedentes: la selección empató una vez, perdió las otras tres y el 10 siempre se fue vacío. Sus cuatro goles con la selección mayor llegaron en amistosos, incluidos un par que se viralizaron por sus corridas supersónicas a pura gambeta y definiciones ajustadas (uno en Doha en 2010 y otro Nueva Jersey en 2012).
El entrenamiento está por empezar. Messi es el último en llegar al círculo que forman sus 22 compañeros y el cuerpo técnico en una cancha que está mejor que cualquiera de las de la Copa. Afuera del predio lo espera un hincha de Atlético Mineiro de 10 años que se pasó la noche del domingo dibujando la cara del crack sobre una cartulina blanca, cuenta su abuelo. Mateus, que lleva puesta la camiseta 10 celeste y blanca, fue al archivo y anotó todos los títulos que ganó Messi en su carrera: la ausencia de uno con la selección mayor brilla. Ahora, jura, quiere que gane la Argentina, por su ídolo. El mismo que, para que se cumpla ese deseo infantil, tendrá que empezar por regalarle a Mateus una noche inolvidable.



