Crystal Palace impuso su mayor peso y ahogó el sueño del Rayo Vallecano en la Conference League
En Leipzig, el equipo inglés ganó 1-0 con gol de Jean-Philippe Mateta y conquistó el primer título internacional de su historia
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Los cuentos de hadas tienen un lugar guardado en algún rincón del fútbol. El espacio es pequeño, y no siempre hay sitio para agregar uno más. El del humilde Rayo Vallecano se ahogó en la orilla del Passaic, el río que corre relajadamente junto al Red Bull Arena de Leipzig. El equipo madrileño llegó hasta donde nunca en su historia había llegado, la final de un torneo, y además internacional, la Conference League, pero se encontró con un rival pétreo, inmutable, indudablemente dueño de mejores y más variadas herramientas. Crystal Palace, otro conjunto que integra la plana menor de la Premier inglesa, le lleva a los madrileños notables ventajas en todos los aspectos. Era el favorito y lo hizo valer; buscaba también su primera estrella continental y se la prendió del pecho sin dejar dudas. Fue 1 a 0, con un gol del francés Jean-Philippe Mateta en el arranque del segundo tiempo. No le sobró nada, pero tampoco le faltaron merecimientos.
Hace ya varias temporadas que la Liga española perdió su lugar de privilegio entre las más poderosas de Europa a manos de la inglesa. Lo explican razones de potencial económico, de marketing, de reconocimiento en países muy lejanos al archipiélago británico, y temporada tras temporada se va demostrando sobre el césped.
Crystal Palace, con el arquero argentino Walter Benítez como suplente, contaba con todos los números a favor para sumarle a la Premier League el segundo título del año tras el obtenido la semana pasada por el Aston Villa ante el Friburgo alemán. Era teóricamente superior, por categoría individual de sus jugadores (tiene 12 mundialistas en el plantel contra 1 del Rayo), por potencia física, por presupuesto, hasta por la mayor cantidad de hinchas y banderas que logró llevar para copar el ambiente del Red Bull Arena pese a los 11.000 vallecanos que había enfrente, y desde el primer momento puso todo el énfasis en hacer notar su primacía.
Son varios los parámetros que indican quién manda en un partido de fútbol: la posesión de la pelota, el control estratégico, las variantes tácticas, pero hay uno que resulta fundamental y es el que mide al ganador en la mayoría de los duelos individuales que se van dando en cada jugada, sea cual sea el lugar de la cancha donde se produce. Y más allá de la paridad que puedan marcar las estadísticas, la realidad fue que las Águilas del sur de Londres triunfaron en esa batalla, sumando minúsculas victorias en cada anticipo, en cada salto a cabecear, en cada balón dividido.
“Siempre voy a desmarcarme de frases como ‘ganar a toda costa’ o ‘el fin justifica los medios’. Para mí ganar es la consecuencia de un proceso”, reflexionaba Íñigo Pérez, el joven y muy particular técnico rayista, en la semana previa a la final. Su equipo salió a la cancha con la sana pretensión de responder a su modo de entender el juego. Quiso progresar haciendo correr la pelota de pie a pie por todo el ancho del campo, intentó buscar sociedades en corto y en largo, no renunció a nada de lo que lo condujo a la definición del torneo y a repetir por segundo año el octavo puesto en la liga española. Solo que esta vez se topó con un adversario que supo cómo hacer para cortarle los lazos que tejen su fútbol y a partir de ahí generar más y mejores situaciones en el área de enfrente.
Los dirigidos por el austríaco Oliver Glasner (se despidió del club dejando tres copas en la vitrina de una institución que hasta hace un año no tenía ninguna: inglesa, Community Shield y Conference) también fueron fieles a sí mismos. Compactos para cubrir los espacios, rápidos y directos para armar los ataques cuando recuperaban el balón en el mediocampo, implacables en la marca para cerrar las puertas de su zona de peligro. Salvo un despiste del marroquí Chadi Riad a los 24 del primer tiempo que culminó con un remate forzado y desviado del brasileño Alemão, todas las aproximaciones del Rayo culminaron con remates de media distancia, la mayoría sin puntería. Dean Henderson, el arquero de los londinenses, se fue del partido sin tener que responder a ningún disparo realmente complicado.
Desde el primer momento dio la impresión de que, para el Palace, reflejar en el marcador la superioridad era mera cuestión de paciencia. Pudo lograrlo en la última jugada del período inicial, pero Tyrick Mitchell cabeceó con el parietal equivocado cuando el estadio entero descontaba el gol. Lo consiguió a la vuelta del descanso.
A Mateta, francés de físico exuberante que Didier Deschamps llevará al Mundial, parece darle suerte el minuto cinco en partidos importantes. Hace dos años, en ese instante del período inicial, peinó un córner desde la derecha anticipando a Nicolás Otamendi y convirtió el tanto que eliminó a Argentina de los Juegos Olímpicos de París. Esta vez fue en la segunda mitad. Los volantes franjirrojos permitieron una larga conducción de Adam Wharton, el jugador más claro del encuentro. Cuando se acercó al área, el zurdo apuntó y sacó el remate cruzado; Augusto Batalla dio un rechazo flojo hacia el centro y Mateta no desaprovechó la ocasión. 1 a 0.
Un tiro libre de Yéremi Pino que pegó en los dos postes y una tapada a puro reflejo de Batalla ante Mateta impidieron ampliar la ventaja en los instantes siguientes. No se les dio a los londinenses y entonces volvieron al plan que mejor conocen: retrasarse, apretar líneas y esperar el desgaste rival. “El aficionado del Rayo es de un modo que nosotros debemos imitar en el campo”, fue otra de las frases previas de Pérez. Y el Rayo fue hacia adelante, con ganas y hasta con furia, sin quitarle fervor a la lucha, pero se topó con una pared y lo concreto es que nunca estuvo cerca de la igualdad.
El triunfo de Crystal Palace ante Rayo Vallecano
El cierre de la fiesta fue el habitual en estos casos. Celebró a toda orquesta el Palace el tercer título inglés en cinco ediciones de la Conference League (y la posibilidad de hacer triplete esta temporada si el sábado el Arsenal derrota al PSG en la Champions), con Mateta como maestro de ceremonias del festejo. Resultó casi imposible no sentir como propio el llanto desconsolado de los vallecanos en la tribuna. “Generalmente, el destino del Rayo suele ser perder, pero no renuncia a nada. La historia del club, no solo este año, es muy bonita y debe ser contada”, había dicho Íñigo Pérez, y esa novela de decepciones escribió un nuevo capítulo. Ni siquiera hubo lugar para una despedida dentro del campo del gran capitán argentino, Oscar Trejo. Tal vez el más emotivo, pero también por eso, el de final más amargo.
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