De las lágrimas de Messi a las de Cristiano

Claudio Mauri
Claudio Mauri LA NACION
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10 de julio de 2016  • 20:26

Es tan duro y fuerte este Portugal que fue capaz de transformar el llanto de desconsuelo de Cristiano Ronaldo en lágrimas de emoción y felicidad. En un momento fue inevitable la analogía entre CR y la final de Copa América de Lionel Messi. Ambos dominan individualmente el fútbol mundial en el nivel de clubes desde hace ocho años, pero en sus seleccionados viven una continua travesía en el desierto. Y no era por dejar de intentarlo. Los dos pasaron largamente los 100 partidos con las camisetas nacionales, varios mundiales y torneos continentales, y el título se seguía negando.

Por eso, el desconsuelo de Cristiano cuando la rodilla izquierda le dijo basta hizo recordar a la desazón de Messi tras errar el penal en el Met Life Stadium. Por diferentes motivos, las dos mayores figuras planetarias otra vez se veían frustradas.

A Messi, primero en fallar en la serie de los penales, no lo pudieron redimir sus compañeros. A Cristiano, obligado a dejar el campo a los 25 minutos, un equipo fuerte y duro le hizo olvidar momentáneamente el dolor y lo devolvió al campo para alentar y terminar festejando.

Imposible pedirle más capacidad de resistencia y carácter a este Portugal cuya consagración es el mensaje que en general dejó la Eurocopa : poco vuelo, fútbol en cuentagotas, más cautela que atrevimiento, más física que técnica.

Como Messi, Cristiano había ayudado mucho a que este sufriente Portugal llegara a la final. Leo se había puesto al frente de triunfos cómodos, desahogados; el portugués apareció para sacar de apuros a un equipo que de los siete partidos de la Eurocopa sólo ganó uno en los 90 minutos (2-0 a Gales en las semifinales, con un gol de cabeza de Cristiano, cuyo saltó lo convirtió en un gigante entre defensores que parecían liliputienses).

Ya decía Alfredo Di Stefano que ningún futbolista es más importante que todo un equipo. Y eso que el autor de la frase fue un jugador adelantado a su tiempo, alguien que estaba igual de dispuesto a atacar que a defender.

Messi asumió la última final como un gran desafío, como la oportunidad para cambiar la historia. Fue el que más tiró de un equipo que lo acompañó poco, que se empequeñeció al rodear la grandeza de su líder. Cristiano debió abandonar a un equipo que reforzó la vena competitiva que lo distinguió en toda la campaña. Portugal respondió al libreto conservador que predica el experimentado entrenador Fernando Santos: orden, consistencia defensiva y contraataque. Y una altísima tolerancia al sufrimiento y la adversidad. Contra Hungría estuvo tres veces en desventaja –dos de los goles recibidos fueron por la fatalidad de desvíos– y lo remontó hasta llegar al 3-3, con dos tantos de Cristiano, cómo que no.

CR se sacó una espina que a Messi lo angustia tanto que lo llevó a renunciar. De lágrimas amargas supieron los dos, las dulces son de Ronaldo.

cm/jt

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