Diego Milito, el artífice de un Racing campeón que dio el salto de calidad con estilo europeo

Nicolás Zuberman
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1 de abril de 2019  • 23:59

Cuando en junio de 2014 Diego Milito decidió cambiar Milán por Avellaneda, Racing atravesaba una crisis profunda: la temporada anterior había sido la peor desde que se jugaban los torneos cortos en la Argentina, con cinco entrenadores en un año (Luis Zubeldía, Fabio Radaelli, Carlos Ischia, Ignacio González y Reinaldo Merlo) y un vicepresidente segundo, Víctor Blanco, que se había hecho cargo del club luego de que el presidente Gastón Cogorno y el vice primero Rodolfo Molina renunciaran en medio de un papelón institucional. En los últimos cinco años, desde ese regreso de Milito, la realidad académica cambió tanto que aquello parece muy lejano en el tiempo. Tal vez a la par de la figura de Juan Sebastián Verón en Estudiantes o la de Marcelo Gallardo en River, Milito cambió el paradigma del club. En las tres vueltas olímpicas que la Academia dio en el siglo XXI tuvo solo un protagonista compartido: Diego Milito. En 2001 fue un delantero que alternó entre titular y suplente, en 2014 fue la figura y la bandera del equipo y en este 2019 actuó en la moderna función de mánager. El último nombre que apareció en tres títulos locales en la historia de la Academia fue nada menos que Juan José Pizzuti, como futbolista en 1958 y 1961 y como DT al mando del Equipo de José en 1966.

Entre su retiro en mayo de 2016 y su regreso para armar la secretaría técnica en diciembre de 2017, Milito estuvo fuera del club pero su cabeza seguía ocupada en Racing. Siempre pendiente de lo que pasaba con el primer equipo, su mirada iba más allá: amasaba el sueño con el que llegó desde Inter, aquello de aplicar cierta metodología europea en el club donde él se formó desde los 11 años y ahora se forma su hijo Lalo. En ese año y medio de descanso recibió a distintos grupos de socios del club y decidió que más allá de cuál fuera el resultado de las elecciones en 2017 iba a regresar para impulsar a una secretaría técnica.

En diciembre Blanco fue reelecto presidente y dos semanas después presentó a Milito como mánager y a Eduardo Coudet como nuevo entrenador. Milito llegó acompañado de tres jóvenes rosarinos para el trabajo de scouts -Javier Wainer, Agustín Anastassi y Bruno Gentile- y sumó a Diego Huerta, que ya trabajaba en las inferiores del club, para conformar la secretaría técnica. El club acondicionó una vieja sala de kinesiología que está en el subsuelo del predio del Cilindro, casi debajo del estacionamiento. Desde allí empezaron a moldear un trabajo que Milito proyecta a largo plazo, aunque en la primera temporada de planificación haya llegado el campeonato.

La influencia de Milito y su equipo en estos tres mercados de pases que dirigió el Chacho Coudet se puede notar más en los nombres que no llegaron que en los que sí terminaron arribando a Avellaneda. A excepción de Jonathan Cristaldo, Gabriel Arias y de Leonardo Sigali, la mayoría de los futbolistas no fueron apuestas, sino nombres con cartel como por ejemplo Marcelo Díaz, Eugenio Mena, Darío Cvitanich, Gustavo Bou o Ricardo Centurión, jugadores que podían ser pretendidos por cualquier club grande. Hubo otros -Jorge Broun, Iván Malcorra, Damián Pérez, Santiago "Morro" García, Agustín Allione- que no llegaron pese a haber estado cerca, sumado a la depuración que se hizo del plantel que Coudet heredó de Diego Cocca. Eso, además de las millonarias ventas de Lautaro Martínez, Marcos Acuña y Juan Musso, liberó la billetera para que la Academia armara un plantel que es definido como "un gustito caro". Ese es el mérito que se le reconoce a la secretaría técnica en este año y medio de trabajo puertas adentro del club, aunque aún es mirada con cierto recelo por algunos dirigentes más tradicionalistas, que no comprenden el nuevo modelo.

Más allá de algún choque con Coudet por sus personalidades disímiles, el acompañamiento del mánager al grupo fue constante. El respaldo al plantel en cada entrenamiento, viaje o partido se hizo sentir. Y su aparición mediática para desactivar -en primera instancia- el conflicto con Ricardo Centurión fue muy valorado. Además, está el aporte intangible, lo que significa la figura de Diego Milito para Racing.

Su llegada a comienzos del año pasado cambió el ánimo en los alrededores del Cilindro: contagió seriedad en un club que se había acostumbrado a la improvisación. Si en la década del 80 decir "Diego" abría puertas en Nápoles, algo similar ocurre en la mitad celeste y blanca de Avellaneda. "Está Diego", "lo pidió Diego" o "hablá con Diego" son tres muletillas constantes que se escuchan en los alrededores del Estadio Presidente Perón o del Predio Tita y que pueden cambiar el ánimo de los empleados o la trascendencia de una idea.

El último enero, The New York Times y The Independent publicaron artículos en los que se relata el trabajo de Milito en la Academia. "Racing adopta métodos europeos para crear los jugadores que necesita", fue el elocuente título de TNYT. "Cómo está ayudando Diego Milito a revolucionar Racing y la cultura del fútbol argentino", publicó el diario británico. Ambos medios, junto a The Guardian, llegaron en diciembre pasado para cubrir la final de la Copa Libertadores. Boca y River, enfocados en la locura de lo que fue aquel superclásico, no tuvieron lugar para atender a los periodistas. Otros clubes tampoco les dieron trato.

En Racing, en cambio, les abrieron las puertas para mostrarle este proyecto que ideó Milito. Y la Academia terminó apareciendo en dos de los diarios más prestigiosos del Mundo con un título elogioso, por una buena noticia, algo que parecía utópico unos años atrás. Esa es la transformación que logró el hombre que ya tiene una calle en el club donde trabaja como manager.

Milito, en frases:

"¿Si acertamos en los refuerzos? Se armó una muy buena comunión y conformamos un gran plantel".

"Se planifica y se trabaja todos los días para tener esta alegría. El título tiene un valor muy grande".

"Felicito al plantel y al cuerpo técnico que hicieron un torneo extraordinario".

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