El Atlético del Cholo, un campeón de atropellada

A cinco meses de haber tomado el cargo en el conjunto colchonero, equipo caro a sus afectos y cuyos hinchas le depositaron toda su fe, Diego Simeone celebró su primera gran conquista internacional como DT tras la victoria por 3-0 sobre Athletic Bilbao, conducido por Marcelo Bielsa.
Claudio Mauri
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10 de mayo de 2012  • 00:59

BUCAREST.- Así como su salida de Racing a fines de 2011 dejó detrás de sí una densa humareda, la llegada de Diego Simeone a Atlético de Madrid a los pocos días empezó a rescatar un equipo que se hundía. Lo levantó a su manera, a pura energía y comprometiendo a los jugadores a dar lo máximo, sin guardarse nada porque no hay nada más importante que el bien común colectivo. Y en cinco meses lo hizo campeón de la Liga Europa (el segundo torneo de clubes en importancia, detrás de la Liga de Campeones), con una final para enmarcar, con un imponente 3 a 0 que le da más brillo a una conquista ya de por sí relevante.

La pulseada con Marcelo Bielsa, uno de sus referentes entre los directores técnicos, el Cholo la ganó de punta a punta. Desde el zurdazo cruzado alto de Falcao (la gran figura) , a los 6 minutos del primer tiempo, hasta otro zurdazo delicioso del brasileño Diego, a los 40 de la segunda etapa. En ese momento se permitió liberar el primer gran festejo en la agradable noche de Bucarest. Sintió que ya era suyo el tercer título como entrenador en una carrera de seis años, el primero en Europa, donde asimiló una buena parte de su cultura futbolística en la época de jugador.

Para Simeone no fue un título en un equipo cualquiera. Confeso hincha de Racing, el Cholo tiene entre sus aprecios más grandes al Atlético de Madrid, donde lo adoran y depositan en él una confianza con los ojos cerrados. Anoche reforzó el vínculo afectivo que empezó en 1996, cuando como volante obtuvo el famoso doblete (Liga de España y Copa del Rey). Es el club que también le dio una emotiva despedida cuando en 2005 cerró su etapa como futbolista en el Viejo Continente. Desde entonces, ambos sabían que algún se iban a volver a encontrar, que la relación sentimental iba a tener más capítulos. Y tratándose del Cholo, que vive a la velocidad de vértigo, que le gusta más la acción que la contemplación, que siente una atracción extrema por los desafíos, ese reencuentro fue más temprano que tarde. Si bien tiene sólo 42 años, ya quemó etapas como si fuera un entrenador veterano.

Atlético de Madrid no sólo lo esperaba con todo su cariño y dispuesto a ponerse en sus manos, sino que también le iba a poner en la mochila su histórica condición de equipo fatalista (algo que lo emparienta con Racing), sus complejos de no ser tan fuertes y ganadores como se creen. De no estar, frecuentemente, a la altura de sus ilusiones. Que soporta una paternidad de Real Madrid que lo avergüenza. Las divisiones dirigenciales en la gestión tampoco ayudaban y las deudas son acuciantes. Un club sin proyectos claros, siempre dando manotazos de ahogado. Sometido a una gran dispersión y cambios constantes, como lo prueba que el equipo de ayer sólo conserva a dos futbolistas (el argentino Salvio y Domínguez, que entraron en el final, con el partido definido) del que fue campeón hace dos años ante Fulham. Una entidad a la que se le van sus figuras, cansadas y desgastadas. Hace unos años emigró el Niño Torres; después decidieron buscar otros rumbos el Kun Agüero y Forlán. Ayer, el Cholo elevó una plegaria para que no se vaya Falcao. Los dirigentes lo habían ido a buscar porque sabían que era el mejor revulsivo posible para un momento traumático. Con todo eso debía lidiar Simeone, a cargo de un plantel que él no había elegido y en el que no podían llegar refuerzos. Puso el pecho, sin excusas, como siempre cuando se hace cargo de una situación. Lo reconoció mientras tenía a la enorme copa a su lado: "Siento una emoción muy fuerte porque era mucho lo que me jugaba. Yo sabía que estaban esperando esto de mí".

Gregorio Manzano le había dejado un conjunto que estaba a dos puntos del descenso en la Liga de España. Pero también la herencia del ex entrenador incluía un punto de apoyo que el Cholo transformó en una plataforma de lanzamiento hacia esta espléndida actualidad: Atlético de Madrid había superado la etapa de grupos de la Liga Europa. Un paso al frente que con el Cholo se transformó en un sprint arrollador. En la serie de eliminación directa, desde los 16os de final hasta ayer, ganó consecutivamente los 9 encuentros. Sucesivamente dejó en el camino a Lazio, Besiktas, Hannover, Valencia y Athletic Bilbao. Una campaña formidable, mientras también atendía la necesidad de mejorar en la Liga de España, en la que subió hasta el 5° puesto, a dos puntos de la Liga de Campeones a falta de un partido, aunque no depende de sí mismo, sino de una derrota de Málaga. Clasificarse a la Liga de Campeones le reportaría al club 20 millones de euros, un oasis en medio del desierto.

Simeone cumplió ayer con sus rituales. Se sentó en el banco y sólo salió a la zona técnica una vez que comenzó el partido. Lo sorprendió a Bielsa con el planteo. Atlético de Madrid está más diseñado para ceder espacios y contraatacar, pero salió a ahogarlo, le quitó la pelota, y enseguida Falcao sacó ventaja ante el lento Amorebieta (mal en los tres goles) para darle la razón a Guardiola, que lo describió como el mejor delantero de área en el mundo.

En ventaja, Atlético de Madrid se replegó, pero siempre tuvo el control táctico y psicológico del partido. Como le gusta al Cholo, fue un equipo aplomado, compacto para recuperar la pelota y filoso en ataque. Con dos motorcitos en el medio (Gabi y Mario Suárez) y un cuarteto de ataque (Adrián, Diego, Arda Turan y Falcao) que combina talento, gambeta, aceleración y pegada.

Ni bien terminó el partido, se abrazó con el "Mono" Germán Burgos, su ayudante. Inmediatamente fueron en busca de Marcelo Bielsa, que les tendió la mano y recibió un abrazo de ambos. Un gesto que habla tan bien de los vencedores como de los vencidos, y que debería ponerse de ejemplo en el histérico fútbol argentino.

El Cholo también saludó uno por uno a todos los jugadores del Athletic Bilbao. Dejó la escena de los grandes festejos para sus futbolistas, mientras él se mantuvo en un segundo plano, seguramente por respeto a quien era el técnico perdedor. "Para festejar es más lindo ser futbolista porque uno puede desahogarse, correr, dar la vuelta olímpica. Como entrenador hay que guardar las formas", dijo, un poco en contraste con la imagen volcánica que solía transmitir desde el costado del campo en la Argentina.

Hay algo en común en los tres títulos que consiguió el Cholo. El primero, con Estudiantes, fue luego de descontar una diferencia de seis puntos y vencer a Boca en una final. El segundo, con River, tras recuperarse del mazazo de la eliminación en la Copa Libertadores contra San Lorenzo. Y éste, después de reconstruir a un equipo en ruinas. En todos fue campeón de la misma manera, con su sello, de atropellada.

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