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-¿Qué aspiraciones tiene el club Sacachispas? ¿Para qué sigue jugando?- pregunta Héctor Polizinetti, de 71 años.
-Y... Lo auspicia el Mercado Central- le responde Ricardo Messina, de 72.
Héctor y Ricardo parecen estar ajenos al contexto. El reloj marca las 16.15. Faltan sólo 15 minutos para el inicio del superclásico y la popular de socios es un hervidero. Los globos azules y amarillos se multiplican. Las canciones alusivas al descenso millonario le dan ritmo a la tarde, mientras el sol aún ataca sin piedad sobre los ojos de los hinchas. No están solos, los acompañan Raúl Rodríguez y Eduardo Borgonovo. Sus carnet de socios son una reliquia: 1953, la fecha de ingreso al club. "Gallina te saluda tu papá", remata la última estrofa de una tribuna que ya vive el Boca-River.
-Eso ya fue- sostiene Héctor.
-Veo todo cuadriculado- contesta Ricardo, como si estuviese en otra conversación.
-Yo no veo un carajo.
El cuadriculado es el alambrado, parte de una postal conocida para quienes frecuentan las populares bajas de la Bombonera. Claro, ellos son intrusos. Como vitalicios, su lugar está en la platea, donde un vidrio no les deforma la imagen. Pero, ¿qué hacen acá, lejos de sus cómodas butacas? "Pasamos todos los cacheos, llegamos a la puerta de la platea y nos dijeron que no habíamos habilitado el carnet. Nosotros tenemos más de 70 años, no podíamos volver a pasar por eso. Nos anotaron en un papel para entrar acá… ¿Por qué no nos anotaron para ir a nuestro lugar?", le explica Ricardo a canchallena.com. "Y sí, le vendieron nuestras plateas a los turistas por 1000 euros", agrega, exagerado, Héctor. Ya está todo listo, el partido es una realidad.
-¿Quién saca? ¿Rebote?
-Silva.
-Rebote.
Esta moderna Bombonera, con asientos hasta en las paredes, es un estadio casi irreconocible para estos dos amigos de "toda la vida". La primera vez que fueron a ver a Boca no existía la tercera bandeja, la platea y la popular estaban unidas, los nuevos palcos eran impensados y una fosa los separaba de la cancha. "El primer título que vimos fue en el ‘54", rememora Ricardo, mientras acomoda sus anteojos, que, por el denotar de sus marcos, deben tener varias batallas. "En esa época, River e Independiente nos tenían de hijos, después se dio vuelta", acota Héctor. 45 segundos, gol de River, Manuel Lanzini, de cabeza.
-Siempre lo mismo...
-No marcamos a nadie.
-Mirá este boludito, calienta la pava- se queja Héctor, porque Matías Caruzzo empuja a Rogelio Funes Mori.
-¿Quién no bombea a Boca? Son todos iguales- estalla Ricardo, cuando Federico Bravo ve la amarilla.
-Andá a la platea- se entromete un tercero, enojado por el diálogo constante de los vitalicios.
-¿Y Silva?- continúa Héctor, como no habiendo captado el fastidio del otro socio-. No le hace un gol a nadie.

Las piernas empiezan a pesar. Más de dos horas de pie es molesto para cualquiera, pero mucho más para alguien mayor. "A esta edad tenés otros problemas. Necesitás ir al baño más seguido y no podés estar parado tanto tiempo. ¿Y si hay una avalancha? No se puede", asegura Ricardo, enojado por las políticas del presidente xeneize, Daniel Angelici: "Sólo quiere la plata". El sol sigue ardiendo los ojos, pero Boca está en ataque y la expectativa supera cualquier inconveniente. Gran jugada individual de Walter Erviti, mejor definición de Santiago Silva: gol de Boca, que iguala el partido.
-¡...!
-Firmo el empate.
-Con el empate me conformo.
La puesta del sol, por detrás de la tercera bandeja norte, les da respiro a los vitalicios, aunque poco dura. Boca está en su mejor momento y los hinchas, a la par de un ritmo de temas anti-millonarios, comienzan con el espectáculo de la pirotecnia. La nube de humo azul se ve venir, lenta pero decididamente. Cubre la popular por varios minutos. Las voces de los vitalicios desaparecen, mientras los abrigos cubren los rostros para evitar inhalar el aire tóxico.
-Somos de piolas- retoma el discurso Héctor.
El partido llega a su fin. La popular se relaja y los espacios dicen presente. Se los nota cansados, por eso aprovechan para sentarse en los escalones. La radio de tamaño de un zapato sólo se aleja de la oreja de Ricardo cuando Héctor ensaya un nuevo reclamo por "los problemas defensivos" de Boca. Pasan 45 minutos de espera y las puertas del estadio se abren. Los cuatro vitalicios se ponen de pie. "Esperemos a que salgan todos", exige uno. La popular se empieza a vaciar. Están cómodos, como deberían haber estado desde que llegaron.

