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"En una villa nació, fue deseo de Dios…". Villa Fiorito fue el lugar. Casas humildes, familias numerosas, hombres trabajando de sol a sol y la olla, muchas veces vacía o con poco puchero.
"En un potrero forjó, una zurda inmortal…". En esas canchitas, hoy ocupadas por casillas precarias y sin lugar para que pateen los pibes, dibujó sus primeras gambetas levantando polvareda.
"De Cebollitas soñaba jugar un Mundial…". Fue en ese equipo, que mantuvo un invicto de 150 partidos, que comenzó a asombrar a todos. Y de ahí, el salto a la Primera División de Argentinos y el camino de éxitos que nunca se detuvo.
Los sueños de Diego Maradona en su infancia de Fiorito son los sueños de miles de chicos que juegan al fútbol: llegar a Primera, jugar un Mundial y ganarlo. También lo fue el de Gregorio "Goyo" Carrizo, amigo de la infancia de Maradona y uno de los protagonistas de la película del director técnico de la selección. "Yo siempre le agradezco a Dios que me haya puesto en el camino de Diego para llevarlo a Argentinos. Agradezco que me haya iluminado y me siento muy orgulloso, algún día le voy a dar un abrazo como esos que nos dábamos cuando hacíamos goles en los Cebollitas", le dice a canchallena.com minutos antes del partido por los octavos de final entre la Argentina y México.
En la pizzería El Huracán, en pleno barrio de Parque Patricios, se respira fútbol. Hay fotos de Miguel Angel Brindisi, Rolfi Montenegro, una tapa de El Gráfico con Coco Rossi y varios cuadros –todos relacionados al Globo- entre los que se destaca uno de Ringo Bonavena con los puños en alto y con una medallita de Huracán.
La platea es variada y tiene la vista fija en el televisor. En primera fila se ubica una abuela que estiró la sobremesa hasta la hora del partido. Al lado, un chico con un brazo todo tatuado ojea las páginas deportivas de un diario. Más atrás, una pareja se hace arrumacos, ajenos al nerviosismo de la previa. Y más atrás, está Goyo. "Lo felicito", le dice una señora, de maquillaje exagerado, que acaba de enterarse que fue él quien llevó a Maradona a probarse a Argentinos Juniors para que Francis Cornejo comenzara a pulir ese diamante en bruto.
"Diego te sorprende día a día, año a año. De chico fue siempre un pibe ganador y consiguió lo que se proponía como meta. Fue desarrollando una mentalidad ganadora y superaba muchas cosas", recuerda Goyo, que sigue ligado al fútbol como técnico en las divisiones inferiores de El Porvenir. En esa función se lanzó a la caza de talentos por todo el país. "Están, pero a veces escondidos. Hay que descubrirlos".
Carrizo nació nueve días antes que Maradona, el 21 de octubre de 1960. Una de sus hijas Zulema Noemí, tiene 23 años, la misma edad que Dalma Maradona. Y uno de sus hijos se llama Diego Armando. Aunque Goyo atesora los recuerdos de la infancia al lado de Diego, su vida siempre estará ligada al Diez. Hace algunos años tuvo la iniciativa de bautizar un barrio de Fiorito con el nombre Diego Armando Maradona.
Se conocieron cuando apenas tenían fuerza para patear una pelota. Iban a la misma escuela y eran inseparables, dentro y fuera de la cancha. Jugaron juntos en los equipos barriales Estrella Roja –dirigido por Don Diego- y en Tres Banderas, que formó Salustiano, el padre de Goyo. En 1969 llegaron a los Cebollitas y formaron una sociedad temible hasta los 15 años. Luego los caminos de ambos fueron diferentes.
La historia de Diego es conocida: Argentinos, Boca, Barcelona, Nápoli, México ’86 y todo lo que vino después. Goyo debutó en Argentinos en 1977, pero una rotura de ligamentos en la rodilla derecha marcó su carrera. "Hoy es una lesión común, pero antes tenían que abrirte la rodilla", dice y se levanta el pantalón para mostrar la cicatriz. Pasó un año entero en rehabilitación y luego jugó en Dock Sud, All Boys, Independiente Rivadavia de Mendoza, Talleres de Mendoza y Barracas Central, donde se retiró en 1990. Hoy todavía arrastra una pequeña renquera.
Los jugadores hacen la entrada en calor en el estadio de Ciudad del Cabo y aparece la imagen de Maradona arengando, mimando a sus jugadores. "No imaginaba que iba a ser campeón del mundo y el técnico de la Selección", suelta Goyo. Y en el momento del Himno se disparan los recuerdos y el corazón se abre aún más. "Cuando lo veo siento una alegría inmensa, me hace acordar de todo lo que pasamos, la pobreza, vivir en una villa con grandes sueños", acota. "A veces salíamos apurados a los entrenamientos y me decía que no había podido comer como hubiera querido. Eso le dio la fuerza para llegar donde está".
Las pizzas y empanadas dejaron de circular por un rato. Los mozos se tomaron un descanso cuando el partido comenzó. Rodó la pelota y también la cinta de la cámara que filmó todos los movimientos de Goyo y quienes lo acompañan: Diego Armando, su otro hijo Jonatan, su nieto Axel, envuelto en una bandera argentina y con la cara pintada, y su compadre, William Peloche. Una producción argentina-española realizará un documental sobre su vida que se estrenará en 2011.
Ya pasó el susto del comienzo con el zapatazo de Carlos Salcido que pegó en el travesaño y los goles de Carlos Tévez y Gonzalo Higuaín. Goyo los festeja como un hincha más, pero mira el partido tranquilo, con esa serenidad que devuelve su mirada y sus gestos al hablar.
México quedó atrás, ahora se viene Alemania. "Hay que tener mucho cuidado porque tocan muy bien la pelota y llegan con peligro. Tal vez habría que reforzar el mediocampo", dice el técnico que lleva adentro. "¿Sabés qué pasa? A esta selección le pasa lo mismo que nos pasaba a nosotros en Cebollitas: Diego es una motivación especial, transmite confianza y te lleva a no pensar en el rival, a decir ganar, ganar y ganar. Diego es muy especial". Para los argentinos, Maradona es especial. Y para Goyo, mucho más.



