Huellas digitales con betún, pruebas de sonido y autógrafos: la intimidad de los árbitros en un clásico de verano

Crédito: Gentileza del sexteto arbitral
Cómo vivió la previa y el post partido el sexteto designado para Racing-Independiente
Alfredo Ves Losada
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30 de enero de 2016  • 11:39

MAR DEL PLATA. En el vestuario que le corresponde a Racing no hay mucho movimiento aun. Tampoco en el de Independiente. En el de los árbitros, en cambio, hace rato que hay actividad: el sexteto designado para aplicar el reglamento en este clásico por el torneo de verano lleva casi una hora en las entrañas del José María Minella, cuando la noche empieza a caer sobre Mar del Plata.

Los jueces ya revisaron las redes de los arcos, los banderines del corner, las líneas de cal. Recorrieron el campo de juego antes de empezar a cambiarse, e incluso recibieron algunos silbidos de hinchas que también llegaron temprano, y que se dieron cuenta de quiénes eran los seis hombres vestidos de traje que caminaban sobre el césped. Debatieron también, dentro del vestuario, sobre los colores de todas las camisetas. Y determinaron que el naranja fosforescente del buzo del arquero de Independiente no supone ningún riesgo de confusión cromática, porque ellos vestirán de negro.

Como todo parece marchar en orden en la previa del partido, el árbitro adicional Héctor Paletta aprovecha para tratar de instalar nuevamente un asunto pendiente desde que salieron del hotel en el que se hospedan, asunto que además fue tema de conversación en la camioneta que los trasladó hasta el Mundialista: la corbata. Paletta intenta darle seriedad al tema, pero fracasa:

-Yo lo único que espero es que aparezca –dice.

Silencio.

-Más vale que me la den antes de que me vaya de Mar del Plata.

Los otros cinco aguantan la carcajada, y Paletta –que apenas termine este partido tendrá que viajar a Mendoza para el cruce entre Independiente Rivadavia y Villa Dálmine, por la primera fecha de la B Nacional– se resigna; conoce el humor de sus compañeros y sabe que ninguno de ellos revelará dónde la escondieron.

-¿Qué va a decir la prensa de nosotros? –se ríen.

Alguien golpea entonces la puerta del vestuario.

-Adelante –dice Federico Beligoy, el líder del equipo de jueces de la noche, que además es el titular de la Asociación Argentina de Árbitros.

El que ingresa es Noray Nakis, número dos de Independiente. Histriónico como siempre, el dirigente sacude los brazos y habla casi a los gritos. Pero de pronto baja la voz. "Dos chicos se olvidaron los documentos", dice. Los árbitros se miran, y casi sin dejar de reírse por el affaire de la corbata extraviada, piensan una solución mientras apuran una ronda de mates.

-Deciles que vengan para acá –le piden a Nakis.

Cinco minutos más tarde, los jugadores Emiliano Rigoni y Leandro Fernández ingresan al bunker arbitral, y los jueces, que ultiman detalles para salir a la cancha, demuestran que además de sentido del humor y serenidad hace falta capacidad de reacción para este trabajo: dicen que los jugadores deberán dejar una huella digital, como en una comisaría o en la Aduana. El famoso pianito. La diferencia es que esto no es ni una seccional ni un despacho aduanero, y entonces tendrán que apelar a un método alternativo para pintar la huella del pulgar: la solución la aportará el betún negro que hace apenas unos minutos utilizó el otro árbitro adicional, Yamil Possi, para lustrar sus botines.

Resuelto el asunto, hay otro detalle logístico por resolver para los árbitros: lograr que los seis intercomunicadores que usarán no suenen como una radio mal sintonizada.

Crédito: Gentileza del sexteto arbitral

-Tratemos de hablar sólo los que estemos del lado del juego, porque seis voces son mucho ruido –dice Beligoy, mientras ajusta con un destornillador la batería de su dispositivo. Possi, y los asistentes Maxi Del Yesso y Diego Verlotta aconsejan no usar el volumen muy alto. El cuarto árbitro, Hernán Mastrángelo, se encarga de chequear que el sistema funcione correctamente, y de pronto la postal íntima del vestuario parece la del camarín de un grupo pop. Pero a ellos no les importa si se parecen a los Jackson Five o a Nsync en medio de un ensayo. Lo importante es asegurarse de que el nivel de fritura de los intercomunicadores no sea como el que padeció Diego Abal en el primer partido con dos jueces detrás de los arcos.

A la hora señalada, el sonido de las tribunas empieza a colarse amplificado por la puerta que da directo al túnel. Lo seis hombres de negro se desean suerte; saben que será necesaria en un torneo de verano record en expulsiones. Antes de salir a la cancha, cada uno se encomienda a sus propios ritos: alguno se persigna, otro besa las tarjetas, otro simplemente camina hacia su posición. El partido está por comenzar, pero para ellos arrancó hace más de dos horas.

Fueron los primeros en llegar, y serán los últimos en irse. Al menos, no tendrán que hacerlo en un patrullero ni escoltados por la Policía como sucede en los torneos oficiales. Lujos que uno se da en verano.

/tb

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