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No tiene status de clásico, pero cada serie dejó una huella. River y San Pablo, dos clubes ricos en títulos, protagonizarán en el Monumental un nuevo capítulo de un duelo que en su corto recorrido enseña varios impactos: desde una consagración a escándalos dentro y fuera del campo de juego. Una rivalidad que se inició en 1997 y que por primera vez no tiene características de mata-mata; en esta oportunidad, un mal resultado deja espacio para levantarse, aunque la urgencia apremia más a los brasileños que a los millonarios, quienes en el desafío por revalidar la corona de campeón debutaron, en el Grupo 1, de la Copa Libertadores, con una goleada sobre Trujillanos, en Venezuela.

La saga de seis episodios tuvo un 4 de diciembre de 1997 como su fecha de inicio. El escenario fue el impactante estadio Morumbí; el resultado, empate 0-0 que dejó acomodado a River para definir, en Buenos Aires, la Supercopa de aquel año. Eran tiempos en que, como ahora, los millonarios inflaban el pecho en el plano internacional: la Copa Libertadores 1996 era el antecedente inmediato de aquel equipo de figuras que dirigía Ramón Díaz; Francescoli –actual director deportivo-, Gallardo –el ahora conductor técnico-, el chileno Salas, Burgos, Astrada, Sorín, Celso Ayala, Berizzo, Monserrat… enseñaban juego y personalidad para dominar la escena.
Ese trofeo, la Supercopa, se ofrecía como el único de los importantes que le resultaba esquivo a River por entonces. Una herida que abrió Cruzeiro, en 1991, y que se cerraría el 17 de diciembre de 1997, con dos estocadas del chileno Salas. Una definición que tuvo dramatismo y suspenso, desde el penal que falló Francescoli al escalofriante gol de Dodó, que devolvió los fantasmas del pasado. Pero el Matador de Temuco le mostró al mundo su talento, el misma que lo llevaría a triunfar en el fútbol europeo: bajó con clase un pase de Sorín, dejó a dos defensores en ridículo y definió ante la salida del arquero.
Fue una noche de éxtasis y emoción, de recuerdos que quedaron grabados para la eternidad.
Casi seis años transcurrieron para que River y San Pablo se volvieran a ver frente a frente. No era una final, era la llave que ofrecía el acceso a jugar por una corona que tenía una puesta en valor: la Copa Sudamericana había llegado, un año antes, para sustituir a la Supercopa. Entonces, un nuevo trofeo debía vestir las vitrinas y por esa razón millonarios y paulistas corrían con la misma prisa, detrás de la victoria. Un triunfo 3-1, en el Monumental, con dos goles de Gallardo y el restante de Diego Barrado, el 26 de noviembre de 2003, oxigenaban a River y al ciclo del entrenador chileno Manuel Pellegrini, rumbo al desquite.
La revancha, una semana más tarde, resultó un partido de ánimos crispados, de pulsaciones aceleradas, que derivó en un escándalo, con seis jugadores expulsados. La clasificación de River llegó tras una definición por penales, situación que forzó San Pablo al imponerse por 2-0, con los goles de Rico y de Tardelli. Con la apertura del marcador llegó el primer acto de lo que fue un bochorno: Horacio Ameli –que se marchó de San Pablo en malos términos y recaló en River- y el delantero Luis Fabiano forcejearon por la pelota y también anduvieron a los golpes. Fue la chispa que encendió la mecha, porque el arquero Costanzo, Ahumada y el zaguero Fabiano también enseñaron ánimos belicosos.
El pitazo final del árbitro uruguayo Jorge Larrionda fue tomado por los jugadores como la señal para disparar la lucha: corridas, golpes de puño, patadas voladoras, compusieron una batalla campal en el Morumbí; Guillermo Pereyra, Barrado, Fabiano y Jean, los cuatro futbolistas que se sumaron a Ameli y Rico, quienes habían visto la tarjeta roja por faltas violentas durante el partido.
Las manos de Constanzo sellaron el éxito 4-2 en los penales, un desahogo momentáneo entre el escándalo que opacó la clasificación.
Un gol de Danilo y otro, de penal, de Rogerio, en el último cuarto de hora, le dieron la victoria a San Pablo, en el encuentro de ida, de las semifinales de la Copa Libertadores 2005. Un triunfo paulista que le valió encaminar la serie rumbo a lo que sería, más tarde, la tercera consagración en el torneo internacional más valioso del continente. Pero aquel 22 de junio, el foco se concentró en las tribunas, con el feroz enfrentamiento que protagonizó la barra brava de River y la policía militar.
Una noche caótica, donde la violencia se propagó por el Morumbí y sus adyacencias. Porque el ómnibus que trasladó a la delegación de River llegó a la cancha con los vidrios rotos, debido a la pedrada recibida en el trayecto desde el hotel Hyatt; en los vestuarios, los dirigentes tuvieron discusiones acaloradas con los pares brasileros, mientras el DT Astrada sostenía que la policía había liberado la zona (unos tres kilómetros) para que los hinchas lanzaran piedras… Pero faltaba lo peor, que fue lo que sucedió en la tribuna Baja Amarilla, antes del inicio del encuentro: la barra brava rodeó e hizo retroceder a la policía, que en el camino perdía cascos y bastones de madera, los que eran enseñados por los violentos como trofeos de la lucha.
La misma violencia se trasladó al Monumental, una semana después, cuando San Pablo se impuso 3-2 y selló la clasificación. Los ómnibus del conjunto brasilero fueron apedreados y los 700 hinchas que acompañaron al equipo debieron escapar de la tribuna Centenario antes de finalizar el encuentro. En la desconcentración, los simpatizantes millonarios chocaron con la policía, que lanzó balas de goma y gases lacrimógenos para dispersar y repeler las agresiones.
gm
