Lo de River es el síntoma, pero no la enfermedad

Sebastián Fest
Sebastián Fest LA NACION
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27 de noviembre de 2018  • 23:59

O se pacta con los barras bravas o no se puede dirigir un club. Así funciona el fútbol argentino, y por eso muchas de las cosas que se escucharon en estos días carecen de sentido, y en algún caso se acercan a la tomadura de pelo. Ningún presidente de club puede hacerse el sorprendido ante el renovado estallido de la violencia, pero tampoco puede hacerlo el presidente de la Nación, que pasó más tiempo al frente de Boca (12 años) que en la suma de años como jefe de gobierno de la ciudad y jefe del Estado (11).

Hoy es lógico, y sobre todo fácil, poner el foco en Rodolfo D’Onofrio y en River: de allí salieron 300 entradas que terminaron en manos de los barras bravas, de ese club son los que atacaron el bus de Boca que destruyó el superclásico y la final de la Copa Libertadores. D’Onofrio, que exhibió en los últimos meses sus ambiciones por impulsar un gran cambio social en el país, en especial en el ámbito de la educación, sufrió un brutal golpe de realidad: por un buen rato deberá olvidarse de los grandes temas de la Argentina para ocuparse de River en toda su dimensión, en especial la oscurísima dimensión de los violentos. Dijo D’Onofrio, hombre educado e inteligente, de indudables buenas intenciones, que no sabe quién dio las entradas a los barras. Lo dijo el domingo, pero seguro que tres días después tiene más información. De lo contrario no sería D’Onofrio, sofisticado político antes que dirigente de fútbol.

Lo de D’Onofrio y River es el síntoma, pero no la enfermedad. Lo mismo se puede decir de lo que sucedió tres años y medio atrás en la cancha de Boca con el gas pimienta. Otra vez: en el fútbol argentino hay que pactar con los barras bravas para poder ejercer como presidente. No hay otra alternativa, y de eso puede hablar Javier Cantero, el hombre que desde la presidencia de Independiente buscó actuar con otra lógica. No pudo, porque los barras son un supra poder, a tal punto que están ya por encima del fútbol y la política a la vez. Ambos mundos creyeron que se aprovechaban de ellos y los tenían controlados, pero ahora son los barras los que les imponen condiciones a los poderes legítimos, cada vez más inermes, cada vez más pequeños y dominables.

Por eso es que es correcto que el presidente Macri diga, como hizo el lunes, que no hay que "quedarse con la anécdota", sino ir "al fondo de la cuestión". Y por eso, también, es que carece de sentido lo que añadió a continuación. "¿Cómo puede ser que en horas, en horas apenas, esas personas estén libres?", se preguntó indignado en referencia a los 23 detenidos por una "contravención". "¡No entiendo, no entiendo en nombre de todos los argentinos! ¡No-en-tien-do!", añadió.

Lo que no se entiende es que el presidente de la Nación no entienda. Nadie más calificado y con más galones que él para afrontar desde el poder que otorga la voluntad popular el envenenado problema de la violencia en el fútbol. Nadie, en la historia del país, llegó a la cima del poder ejecutivo con más experiencia y conocimiento del tema. Nadie, como él, tuvo el control de las tres principales administraciones del país, una confluencia del mismo signo político que permitía soñar con una acción decidida y coordinada. Eso no sucedió. El tema de los barras y la violencia en el fútbol nunca tuvo una presencia importante en su discurso. No sucedió, tampoco, porque la ley que se pretende aprobar ahora en sesiones extraordinarias del Congreso durmió escondida sin que nadie le dedicara algo de interés. Ni oficialismo, ni oposición. Perdió estado parlamentario y ahora hay que volver a empezar. Precisamente ahora, con la imagen del país por el piso y decenas de miles de hinchas maltratados en un fin de semana totalmente perdido.

Si es cierto que Macri pudo haber hecho más y más cosas antes, tampoco hubo interés decidido por el tema en el gobierno de Horacio Rodríguez Larreta, que dejó caer a un ministro de Seguridad que no lo convencía, pero en el que había delegado una responsabilidad importantísima. Fue María Eugenia Vidal la que más habló del tema, pero con eso está lejos de ser suficiente: se necesitaba a los tres. Por alguna razón –y el salvaje país que es la Argentina da muchas razones- no fue posible, y ahora, ante la enésima explosión de la violencia absurda, todos se indignan y prometen cambiar.

En abril de 2017, Claudio "Chiqui" Tapia visitó LA NACION como flamante presidente de la AFA. Dijo que las familias debían volver a los estadios. ¿Cuándo? "¡Antes de fin de año!", respondió convencido. Un año después del plazo que se fijó, todo está como está. Tapia, que visitó ayer Asunción junto a Domínguez, D’Onofrio y Angelici, no emitió palabra sobre un tema que pone al fútbol argentino en la peor de las situaciones. Aquello de que el FMI le exigió al gobierno de Macri que cancelara la financiación de la candidatura a Mundial 2030 no es cierto, pero a esta altura tampoco hace falta: muchísimo tendría que cambiar todo en el próximo par de años para que la FIFA le entregue el Mundial a un país que ya superó esa indignidad de jugar sin público visitante y explora otra dimensión, la de jugar sin público.

El presidente Macri, que chamuscó su imagen innecesariamente con el arrebato de que River y Boca se midiesen con público de ambas hinchadas, tropieza dos semanas después con la misma piedra. El envío de un emisario de su absolutísima confianza para plantearle a D’Onofrio sus garantías de seguridad para que el Monumental sea sede es la antesala de otra desautorización. ¿Para qué exponerse de esa manera? Los poderosos del G-20 ya saben que en este país el fútbol es sinónimo de violencia, nada variará para ellos si el jefe del Estado lograra el milagro de hacer cambiar de idea a la Conmebol. Como el propio presidente dice: "El fútbol te obliga a la humildad permanente". Y, sin humildad y sinceridad de todos, nada tendrá solución en el fútbol argentino.

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