Messi-Trump: fútbol, fe y patria en la Casa Blanca
Las derivaciones de la visita de Inter Miami, campeón de la MLS, al presidente de Estados Unidos
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Hubo un acto público en el que, deliberadamente, Leo Messi decidió no aplaudir. Sucedió el 16 de mayo de 2019, en el Auditorio Forum de Barcelona. Messi, junto a muchos más, recibía la Creus de Sant Jordi por sus servicios a Cataluña. Por ser “el mejor futbolista de todos los tiempos”. Y por su “humildad, honestidad, aprendizaje, creatividad, sentido de equipo y respeto”. El presidente de la Generalitat, Quim Torra, cerró el acto pidiendo por líderes independentistas encarcelados. El público (unas 3000 personas) y los premiados aplaudieron unidos al grito de “libertad a los presos políticos”. Pero Leo, ubicado en el centro de la escena, a la vista de todos, cerró su boca y bajó las manos. “Muy bien”, felicitaron su gesto hasta en El Chiringuito, el programa de TV que cuida los intereses de Real Madrid.
“Lionel Messi aplaude mientras el presidente (Donald) Trump se jacta de bombardear Irán”, tituló en cambio el diario inglés The Times el gesto reciente del crack en la visita de Inter Miami, como campeón de la MLS, a la Casa Blanca. Por supuesto que Messi podría haberse negado a esa visita, como ya lo hicieron campeones de la NBA, fútbol americano y béisbol, entre tantos. Y como lo hicieron las campeonas flamantes del hockey sobre hielo de los últimos Juegos Olímpicos de Invierno en Italia, que prefirieron invocar problemas de agenda para evitar al presidente divisivo, que además se había burlado de ellas unas horas antes.
Sí fueron en cambio los campeones masculinos del hockey: “No los infantilicemos. Son adultos” y “deberían reconocer que, en este clima, su celebración se convierte fácilmente en capital político”, los criticó Jerry Brewer en The Athletic. La visita de Inter no fue politizada solo por Trump, sino también por Jorge Mas, socio virtual de Leo en la propiedad del Inter Miami. El que faltó a la cita fue David Beckham, accionista minoritario: privilegió el negocio de su esposa Victoria en la Semana de la Moda en París, entre vestidos de jade, faldas bordadas y copas de vino.
En un texto muy difundido estos días, el politólogo ítalo–kosovar Gezim Qadraku se declaró “decepcionado” por Messi, pero advirtió que criticarlo “no sirve de nada”. Es “ignorar el funcionamiento interno de las dinámicas del poder” y “no comprender” al propio Messi, “idealizado y elevado a héroe por su talento deportivo extraordinario”, pero deliberadamente inexpresivo afuera de la cancha.

Qadraku habló también del “complejo de superioridad occidental”. De cómo, por ejemplo, algunos líderes nacionalistas son descriptos como “combatientes” y otros como “terroristas”, según en qué parte del mundo hayan nacido. ¿Y el ídolo politizado? La opinión dependerá, también, según si su postura nos gusta o no. Si Messi, por caso, le hubiera dado la mano a Chiqui Tapia, algunos elogios de hoy serían críticas impiadosas. Se la dio a Trump, obviamente alguien más dañino para la paz mundial que el cuestionado presidente de la AFA.
En comprensión de “las dinámicas del poder” que cita Qadraku, podría entenderse el saludo protocolar de la Casa Blanca. O su voluntad de estar allí. Siempre cuidadoso de evitar alineamientos políticos, Messi ya había tenido saludos previos a líderes: en un “Tour de la Paz” de 2013 con Barcelona le dio la mano al presidente de la Autoridad Palestina Mahmoud Abbas, y en otra gira de 2024 con Inter Miami hizo lo mismo con el líder salvadoreño Nayib Bukele. Como capitán de selección, saludó en 2014 a Cristina Fernández de Kirchner y evitó en 2022 a Alberto Fernández. El debate ahora fue el momento de la visita. Los aplausos al discurso imperialista. El ingreso de película al Salón Este escoltando a Trump al son de la música tradicional de “Hail to the Chief” (Salve al Jefe). El misil estadounidense Tomahawk, ojivas con 136 kilogramos de TNT, que unos días antes asesinaron a más de 160 niñas de entre siete y doce años en una escuela en Teherán.

“Los derrotados del mundo”, escribió el antropólogo Shahram Khosravi, escapado del régimen iraní en 1987, “miran directamente al desastre que se aproxima, no con la ilusión de la victoria, sino con la voluntad de sobrevivir”. La derrota, y sus narrativas pasadas, como “una forma perdurable de comprender al mundo”. Y también al futuro “que ya estaba ocupado”. El mismo jueves 5 de marzo que recibió a Messi, Trump dejó que pastores y líderes evangélicos colocaran sus manos sobre él. Le pidieron a Dios que siguiera “guiando y protegiendo” al presidente y “a nuestras tropas”.

La Oficina de la Fe en el Ala Oeste de la Casa Blanca está dirigida por Paula White, pastora personal del presidente, al que nunca le dice “no, porque decirle que no a Trump es decirle no a Dios”. Fanatismo Made in USA. Nacionalismo cristiano blanco que antes justificó esclavitud y combatió al comunismo ateo. Y hoy personificado en el Secretario de Defensa Pete Hegseth, un cruzado que cumple “la agenda de Dios”. El 30 de julio, apenas termine el Mundial, Estados Unidos cumplirá 70 años desde que en 1956 sus billetes y monedas acuñaron la frase “In God We Trust” (En Dios Confiamos), lema unificador de la nación. En Argentina, con menos aspiraciones, claro, algo más resignados, hemos aprendido a confiar estas últimas décadas en nombres míticos como Diego Maradona y Leo Messi. Dioses paganos, de milagros terrenales, fácilmente comprobables en la TV. Héroes de victorias populares. Y pacíficas.
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