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MOSCÚ.- A casi tres metros de altura todo se aprecia mejor. En Samara, la tierra donde la vieja Unión Soviética desarrolló su industria aeroespacial, allí de donde partió el "Vostok" -primer cohete que surcó el infinito universo-, Yerry Mina elevó sus ciento noventa seis centímetros, y en un viaje sin escalas a las estrellas sintió que le hacía cosquillas al cielo. Colombia ganó una final ante Senegal y después de un comienzo repleto de dificultades, se sumó a lista de 16 invitados que siguen en el Mundial Rusia 2018.

La salida de James Rodríguez antes de la media hora de juego presagiaba un partido tan áspero como complejo para los de José Pekerman y la realidad no se distanció mucho de la especulación. Salvo el genial segundo tiempo frente a los polacos, en el que las zurdas de terciopelo de Quintero y James fueron melodía pura para alimentar a Falcao y Cuadrado, el sufrimiento y la angustia acompañaron en la aventura al conjunto cafetero. Colombia enfrentará a Inglaterra. A su carácter y capacidad para rebelarse ante las adversidades deberá sumarle un poco más de volumen de juego, si no quiere que el Huracán "Harry" le ponga un freno a su impetuoso Mundial.
A todos los sudamericanos les costó muchísimo avanzar a la siguiente ronda. El que no pasó dibujó una paradoja: Perú entregó el mejor fútbol del continente, pero su ineficacia, sobre todo ante Dinamarca, la pagó con la eliminación. La victoria ante Australia en el último partido fue reparadora para despedirse con un mejor sabor de boca, pero la sensación de que con un poco más de puntería la trama de su historia hubiera sido distinta los acompañará por mucho tiempo.


Saber competir no es lo mismo que saber ganar. Se puede estar a la altura, pero el plus necesario para inclinar la balanza en el momento preciso, el pulso firme, la mente lúcida y el corazón caliente es para los elegidos. Analizar la historia de los mundiales es verificar, en una película repetida como a la mesa chica de cuatro comensales llegan siempre los mismos. Cada cita tiene su excepción y ésta vez se llama Alemania, pero fuera de ésta anomalía, los que saben ganar siempre imponen condiciones.
Sabe ganar Brasil, que va tomando temperatura con el transcurrir de la competencia desde la fortaleza de Miranda, la ubicuidad de Casemiro, la llegada de Paulinho y la magia de Neymar y Coutinho. Es el gran candidato hasta que alguien golpee la mesa y se subleve ante su poderosa actualidad.

Sabe ganar Uruguay, práctico y concreto en su plan de acción. Imperial en la solidez de Godín listo para batirse a duelo con CR7, prolijo en el equilibrio de los medios y malicioso en esos dos "pura sangre" llamados Suarez y Cavani.

Supo ganar la Argentina ante Nigeria. Con Banega manejando el "tempo" del juego en la primera media hora, con Armani confirmando que sus condiciones no son una campaña de marketing, con el corazón y la inconsciencia de Marcos Rojo y la magia que al fin por una vez salió de la lámpara y mostró al genio Messi en su máxima expresión. Francia subirá el listón y desde esa exigencia obligará a mucho más juego para sumar al músculo y el carácter. La épica puede acompañar una vez pero si no se la anexa con el talento finalmente termina siendo insuficiente.

Es tan cierto que la Argentina es un rival incómodo para cualquiera, como que por ahora es más su potencial que su presente lo que lo presenta como un adversario no deseado. Desde el "consenso", palabra muy de moda en el campamento argentino -que pone en un rol secundario a las dudas de Sampaoli y revitaliza la idea de un grupo que siempre hizo de la autogestión su estilo de vida-, el equipo se aferra a su historia mucho más que su estilo indefinido.
Se terminó el primer acto de Rusia 2018. Ajústense los cinturones: ahora viene lo mejor.

