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Siempre hay un verdugo. El Kylian Mbappé de turno. Como pantallazos, se atropellan algunas imágenes: la maldita enfermera y la conspiración de la FIFA en 1994. Los hermanos Laudrup en la Copa de las Confederaciones y la mano del brasileño Tulio en 1995. Denis Bergkamp en Francia 98. Ronaldo en la Copa América 1999. El tiro libre del sueco Svensson en 2002. El brasileño Adriano y sus andanzas en 2004 y 2005. El papelito de Lehmann en los penales de 2006. Dani Alves en la Copa 2007. Müller, Klose y Schweinsteiger en 2010. Las atajadas del uruguayo Muslera en 2011. El gol de Götze en el alargue y el acierto final en los penales de los chilenos Alexis Sánchez y Francisco Silva… La Argentina y la derrota interminable, 25 años de frustraciones detrás del último título en 1993 que es un eco lejano, una ajada foto en sepia. ¿Víctimas de un sicario serial que fue mutando su identidad? Primera distorsión. El problema siempre estuvo más cerca.
¿Los futbolistas históricos fueron los culpables? Segundo desenfoque. Esta camada de jugadores que se despide –Messi siempre vive en una dimensión aparte, donde también habitan las culpas–, aún intervencionistas y autosuficientes, mantuvo a la Argentina en el mapa. Mientras los acompañó la plenitud, llegaron a las finales. Esta vez solo les alcanzó para disimular una grotesca eliminación en la primera rueda de la Copa. Esta generación, vacía de título, sí, siempre estuvo por encima de la clase dirigente que le tocó. Señalarlos como fracasados es parte de la derrota estructural. La verdadera derrota. El problema es la AFA . Esta AFA, y la de Luis Segura, la de Armando Pérez y la de Julio Grondona. Y la de tantos otros dirigentes que por acción u omisión son igual de culpables. La AFA y su rastrera ilusión de que un éxito los convierta en príncipes. Sapos, al fín.
La última acción de gobierno de Grondona fue elegir a Gerardo Martino. Él iba a ser el técnico de la selección en Rusia 2018. Vaya si cambiaron los planes en los cuatros años más disparatados y ruines de la historia del fútbol argentino. Martino tomó distancia cuando la anarquía amenazaba su dignidad. Después de su renuncia, Claudio Tapia, que algunos meses más tarde sería el patrón de la AFA, escribía en su cuenta en Twitter [@tapiachiqui]: "Se va un gran hombre, un gran profesional. Una persona q con estos simples gestos demuestra mucho más q su grandeza". ¡Inverosímil! ¿Simples gestos? La renuncia era la consecuencia de la crisis más profunda en décadas. Otra vez se trataba de la cofradía dirigencial y su incapacidad para comprender la dimensión de la realidad.
¿Y ahora, qué? A Sampaoli se lo devorarán sus demonios internos, sus malas lecturas estratégicas y otros pícaros que se frotaban las manos. Comenzará el carrusel de apellidos, sin más debate ni análisis que la urgencia. Porque el ‘proyecto selección’ nunca es el punto más alto de un plan que abarca desde las bases. No se elige a un técnico en función de un estilo pretendido; es al revés, el técnico es el estilo. De Menotti a Bilardo, de él a Basile, luego a Passarella, Bielsa, Pekerman, otra vez Basile, Maradona, Batista, Sabella, Martino, Bauza y Sampaoli, que se decolora hasta perder estilo y credibilidad. Ninguna línea perdura, no hay cortes ideológicos cada 30 años, sino a cada rato. Entre 1974 y 2004 hubo cinco entrenadores: Menotti, Bilardo, Basile, Passarella y Bielsa. Desde septiembre de 2004 hasta hoy, en menos de 14 años, con el sucesor de Sampaoli serán diez. Ciclos breves, algunos confusos, casi siempre con interferencias desde la AFA. Un cóctel de imprudencia, hastío e ineptitud para desatar constantes tembladerales alrededor de la selección.
El cachetazo francés en Kazán se filtra entre las páginas de Suecia 58 y Corea-Japón 2002. Argentina está agotada. Definir un proyecto será indispensable. Pero que brote de la constructiva discusión de una ‘junta de notables’, no de esta clase dirigente mezquina y acomodaticia. Que se los escuche a Pekerman, a Menotti, a Valdano, a Sabella, a Bilardo, a Bielsa, y a tantos más, que aun en el disenso de las escuelas, alumbren un plan superador impulsado por el conocimiento y la experiencia. Los dirigentes tendrían que abrazarse a una generosidad desconocida, desprovistos de vanidad. Después de tantos años bajo la vara grondoniana de la sumisión, no aparecieron signos ni hombres para esperanzarse. El fútbol argentino se debe un debate profundo que dispare una nueva era. Con una AFA colegiada, moderna y transparente, pero los mismos de siempre se propusieron como la renovación. Por eso ni Mbappé ni Mascherano son el problema central. Este cuerpo dirigencial no sirve, por cómplices o distraídos, nadie se puede desprender del derrumbe en Rusia 2018. Camaleones que sólo quieren resistir.



