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LA PLATA.- Arsenal sigue en carrera. Es paradójico, porque perdió, pero celebró. Porque en el primer partido había ganado 2 a 0 y, a pesar de la derrota por 1 a 0, se clasificó para los octavos de final de la Copa Sudamericana. Así festejó, con la multitud que lo acompañó en la tribuna visitante. En la alegría, hasta parecieron más. La contracara es Estudiantes. Ganó luego de diez partidos (seis empates y cuatro derrotas). Venció por primera vez con Miguel Russo como entrenador. Pero se quedó con las manos vacías, por aquella derrota de hace una semana. Un dolor inmenso, inexplicable, si se repasa su historia reciente.
En el final, hubo forcejeos varios con el árbitro Lunati. El más exaltado fue Matías Sánchez, el autor del gol, que cerca estuvo de pegarle al árbitro, enojado por lo que entendió fallos adversos (una dudosa acción de Campestrini con Boselli en los últimos minutos). Entre nervios y tensión, se retiró Estudiantes del estadio platense. No está bien, no le sale nada. Ni siquiera, el día que vuelve a ganar, que vuelve a vivir. Debe reinventarse cuanto antes.
"Se metieron atrás y los felicito. Yo hubiese hecho lo mismo", analizó Leandro Desábato, el gladiador de Estudiantes. "Le ganamos a un gran equipo con armas nobles. Con la nuestra, que es la planificación y el trabajo", expuso Cristian Campestrini, el arquero del equipo de Sarandí.
Durante los primeros minutos, Estudiantes se apropió de todo. De la pelota y del desarrollo. La escena fue suya y tuvo un par de ocasiones que resolvió muy bien Campestrini. Pero no suele tener capacidad en el área adversaria en tiempos recientes. Ataca casi por inercia, obligado por las circunstancias. Es un león herido, no ruge como solía hacerlo tantas veces. Verón surge por momentos, Mariano González aparece de a ratos, y algunas modificaciones de nombres y de estilo marean la vieja estructura.
Se aprovechó del nerviosismo de Estudiantes su calificado y ordenado adversario. Lo esperó, lo aguardó, como quien espera a una presa lastimada, que ofrece huecos por su desesperación de volver a ser. Casi no lo atacó: apenas algún esporádico contraataque (como aquél de Obolo, que finalizó con el balón por encima del travesaño) generó algo de suspenso en un partido chato y lógico. Estudiantes al ataque, Arsenal, como suele planificarlo su detallista entrenador, a la defensa.
Tanto fue el León que tuvo su premio durante la segunda etapa, cuando ingresó la Gata Fernández y la Bruja Verón creció en su rendimiento. Dejó atrás una discusión con Gustavo Alfaro (con empujón incluido del volante ante el correcto entrenador) y expuso chispazos de su capacidad. El gol fue su obra: un pase con su impronta descubrió la llegada al vacío de Matías Sánchez, que definió muy bien.
Se vino Estudiantes, aunque con una baja sustancial: sufrió la salida de Mariano González, por una doble amarilla. Igual, atacó con decisión, con vergüenza, con orgullo. Diez contra once, ya no interesaba. Los últimos minutos fueron un símbolo de la desesperación de ganar, de la desesperación por la clasificación. En Estudiantes atacaban todos, casi hasta el arquero Albil; en Arsenal, solo Obolo resistía con la lanza, allá a lo lejos.
Ganó Estudiantes, pero no le alcanzó. Vaya ironía. Cortó la serie negativa de diez partidos sin triunfos, fue el primer éxito de Miguel en su casa, pero no bastó. Al menos, quedó el orgullo, la frente en alto. A Arsenal, la gran clasificación.


