Justicia poética: la noche en la que River no gritó goles en su Monumental vacío

CONMEBOL Libertadores Fase de grupos
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River Plate

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Palestino

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Andrés Eliceche
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13 de marzo de 2019  • 21:30

Nada por aquí, nada por allá. River debió conformarse con un empate sin goles con Palestino de Chile, en la segunda fecha del Grupo A de la Copa Libertadores, en una noche ausente de público, en un Monumental a puertas cerradas por la sanción que dispuso la Conmebol por los incidentes previos a la frustrada final contra Boca en noviembre pasado.

Aquella tarde eran más de 60 mil personas las que esperaron más de cinco horas, por nada. El que debió ser el partido más importante de la historia de River al final quedó trunco ese sábado 24 de noviembre, una historia ya conocida. Anoche, la moneda giró loca y el mismo escenario vivió mudo el primer desafío de local del año en la Copa Libertadores: el episodio siguiente en el Monumental a aquel no partido contra Boca fue un objeto extraño, difícil de clasificar. Una paradoja en toda su dimensión. Al cabo, había árbitros, música original del torneo en el ingreso de los equipos, 22 futbolistas, luces encendidas a pleno y alcanzapelotas, pero llamar partido a lo que pasó resulta exagerado.

La sanción que recibió el club por la suspensión de la final frustrada empezó a pagarse con el 0-0 que el flamante campeón tuvo que repartir con el buen Palestino de Chile. Pero el contorno del rectángulo de juego no daba señales de que lo que ocurría tenía algo que ver con el torneo más importante del continente. ¿Quién era local, cuál visitante? En un ambiente así, el efecto de la localía se transforma en una broma. La actitud de los chilenos, debutantes en el Monumental, resultó natural: sin público, no había ronroneo que los empujara hacia atrás, por lo que se animaron a discutirle a River el gobierno del juego. Apoyados en Luis Jiménez, el capitán, fueron mejores en el comienzo; River era el que no se adaptaba a la particular escenografía del estadio, un episodio inédito en su historia. Incómodo, no entraba en clima. O sí: nada despertaba calor, ni siquiera los tibios aplausos que salían de tanto en tanto desde la tribuna donde se reunió el puñado de dirigentes habilitado a observar el partido.

En esos silencios, dos tipos de sonidos: los que provocaban los propios jugadores y los que rebotaban desde las voces excitadas de los relatores de radio, esta vez creadores de una sinfonía desordenada y nerviosa. Desde la cancha, las órdenes de Leo Ponzio a Ignacio Fernández eran fáciles de advertir: "¡Nacho, la espalda!", gritaba el capitán. Otro Ignacio, González, era el portavoz chileno desde el arco. Todo era seguido con atención desde la platea Belgrano por cinco camilleros y una médica que cumplían con el protocolo de estar donde debían, aunque esta vez no hubiera escaladas de presión de algún hincha para atender.

En el segundo tiempo, cuando River aceleró para buscar un triunfo que se antojaba importante, el fútbol recuperó algo del pulso habitual: el local empujando, el visitante resistiendo, una figura aplicable a cualquier contexto cuando el dueño de casa necesita y el que llega se agazapa para usufructuar esa urgencia. Los cambios de Biscay -Gallardo cumplió desde un palco su cuarto y último partido de suspensión- desarmaron el dibujo táctico para forzar la búsqueda, con los ingresados Scocco, Suárez y Ferreira junto a Borré en el ataque, lo que abrió canales defensivos que Armani debió suturar con una atajada impresionante a Véjar...

Al final, el empate vacío de goles tuvo algo de justicia poética. Si no había hinchas para gritar los goles, mejor que las gargantas de los protagonistas quedaran selladas. Hasta nuevo aviso.

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