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Inevitable, la imagen que más recuerdan sus admiradores es la del caño a Yepes. De taco y de espaldas, el caño sucedió en la Bombonera, un 3-0 a River por la Libertadores, con vuelta y gol de Palermo. Fue el 24 de mayo de 2000. Pero "si Gardel cada día canta mejor –justifica su recuerdo Sebastián Kohan–, el caño a Yepes es cada día más bonito". Es que Román, me acota Fernando Murat, giró como despidiéndose de la pelota, pero diciéndole: "Nos vemos a la vuelta de Yepes". Una vez, en tono cómplice, le preguntaron a Román por ese caño. "Aprovecho la pregunta –sorprendió Román– para agradecerle a Yepes, que no me tiró una patada." Fue Juan Román Riquelme en su mejor versión. Reivindicando al juego y al jugador, al ganador y al derrotado. Dentro y también fuera de la cancha. Sebastián y Fernando, admiradores de Román, está claro, son apenas dos de los hinchas con los que debatí sobre la posible vuelta de Riquelme. También encontré críticos. Para el fútbol argentino, cada vez más huérfano de juego, no es un dato menor la posibilidad de iniciar 2013 con Román. En una versión obviamente menos decisiva, pero él otra vez en la cancha.
Hablé con decenas de seguidores de Román para un libro que, finalmente, nunca salió. Todos, admiradores y críticos, recuerdan en primer lugar la jugada del caño. Pero pasó hace más de doce años y Román, tiempista nato, coinciden todos mis entrevistados, equivocó fiero el momento en su última acción con Boca. Dejó filtrar su salida justo antes de la final de la Copa Libertadores. Y el equipo, acaso impactado por la noticia, perdió sin luchar contra Corinthians. El propio Román desperdició también la posibilidad de confirmarse acaso como el único futbolista argentino que siempre se dio el lujo de bailar a los brasileños en su propia tierra. ¿Cómo olvidar cuando se adueñó de la pelota para empatar 0-0 contra Palmeiras en el Morumbí en la final de la Libertadores 2000 que Boca ganó luego por penales? ¿Y cuando también enfrió a un Palmeiras furioso tras igualar 2-2 en la semifinal de 2001 en Parque Antartica? Parecía un Obdulio Varela argentino. El gran capitán uruguayo, héroe del Maracanazo del 50, se había puesto la pelota bajo el brazo para hacer tiempo tras el gol brasileño. Román, a quien sus críticos insisten en decirle "pecho frío", se la puso bajo la suela. Siete años más viejo, Román reinó sin embargo como nunca en la final de 2007 contra Gremio. Tres goles y dos asistencias para el 5-0 global. "Riquelme trata la bola con tanto cariño –escribió entonces Tostao– que ella, apasionada y agradecida, con la humildad de un perro, busca al crack por toda la cancha para besar sus pies." Por algo lo siguen buscando hoy los clubes brasileños.
Siempre se le achacó que no triunfó en Europa por su supuesta lentitud y poco apego a la marca. Sebastián, que vivía en España, me cuenta que se enamoró sin embargo de Riquelme cuando condujo al humilde Villarreal hasta semifinales de la Liga de Campeones. Había llegado fichado por Barcelona, tras el baile que le dio a Real Madrid en Japón. No rindió en el Barça, es cierto, pero con Villarreal, el lento Román bailó al Inter italiano. Lideró una goleada 3-0 al Barcelona de Valdés, Puyol, Xavi, Iniesta, Ronaldinho y Eto’o. Y, por citar algo más, libró un duelo de maestros con Zidane ante Real Madrid en el Bernabéu. "Los dos ralentizando lo veloz, haciendo parecer lento lo rápido, como si vivieran en cámara lenta, repitiendo la jugada", me dice Sebastián. Si Maradona y Messi son dioses de tranco corto, Román es de tranco largo, como Zidane. Y el tranco largo, me dice Fernando, "es una forma de entender y jugar al fútbol". Se mantiene la resolución en espacios cortos, con un dominio estratégico de la geografía y del espacio, frenando, girando, toreando o acelerando. Y saliendo caminando entre ocho piernas rivales, como si nada.
El mismo día de su debut, el 10 de noviembre de 1996, contra Unión, Román, me dice también Fernando, que lo ama desde entonces, "mostró que su principio de la velocidad no es primario". Escritor y futbolero, la explicación de Fernando merece reproducirse: "No hablo de algo tan sencillo como correr, trotar o caminar, sino de una velocidad que coloca a todo lo que está en ese espacio en un movimiento diferente. Porque esa velocidad es un vector que modifica todas las velocidades: pone en aceleración lo que está detenido. Y detiene, petrifica, disloca lo que estaba en aceleración, porque es una velocidad que tiene la capacidad de simular la suspensión de sí misma cuando está en acción". Ese día del debut, Fernando escuchó tres veces a los hinchas corear el nombre de Riquelme y recuerda que el Tano Juan Fazzini dijo en un momento "qué bien juega ese chico". Impensados, sus movimientos desconcertaron siempre a todos. Compañeros y rivales. Y admiraron también a todos. Román, especialmente en los partidos clave, se parece al buen periodista. Una vez que tiene la pelota, sabe responder a las cinco "W" inglesas que, según los viejos profesores, debe contener toda noticia: Who? (¿quién?), What? (¿qué?), Where? (¿dónde?), ¿When? (¿cuándo?) y Why? (¿por qué?). A los demás, siempre nos costó descifrar la sexta pregunta clave: how? (¿cómo?).
El gran fabricante de espacios, el supuesto egoísta que en realidad hace jugar a todos, hasta supo fabricarle espacio al entonces presidente Mauricio Macri. "El día del Topo Gigio –recuerda Fernando, y recuerdan todos– lo dejó solo frente a la multitud." Macri y Daniel Angelici acaso preferirían mirar hoy hacia otro lado. Le temen al costo político de un eventual no. No se tatuó al Che ni es amigo de Chávez. Pero Riquelme nunca fue dócil ante la autoridad, especialmente si sentía que le recortaban poder. Si de adolescente se arrepintió y alguna vez pidió regrabar una nota con Mar de fondo, Román, una vez crecido, siempre manejó luego a gusto a la prensa. Habla sólo cuando quiere, con quien quiere y dice lo que quiere, no lo que otros quieren que diga. Si hasta renunció a su sueño máximo, ganar un Mundial, porque se negó a negociar con Diego Maradona, a quien además le impuso su condición de ídolo número uno en Boca. Noqueó a Julio Falcioni por el error de cálculo del DT tras el debut opaco de Barinas, en Venezuela. Y, a partir de allí, lideró, dentro y fuera del campo, para bien y para mal, al Boca que, contra muchos pronósticos por su fútbol magro, igualmente llegó a la final de la Libertadores. Una vez en Brasil, donde nunca se había equivocado antes, él también falló los tiempos. Su renuncia anticipada ayudó a que el festejo de Japón quedara esta vez para Corinthians.
Lleva meses sin jugar. Tal vez eso agrave los problemas que sufrió en los dos últimos años: le cuesta cada vez más mantener el ritmo. Comenzó a pasar más hacia atrás y sus desequilibrios llegan más espaciados. Con todo, en un fútbol que, salvo excepciones, celebra tres pases seguidos bien y sólo piensa en destruir y correr, su creación y su pausa siguen siendo objeto de lujo. Carlos Bianchi, otro que vuelve, ya supo en su momento encontrarle el lugar dentro de la cancha. También supo hacerlo afuera. Porque con Bianchi Boca dejó el cabaret y jugó a ganar. El desafío es si podrán hacerlo otra vez.




