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Es el amor, no hay vueltas. Ni salud, ni dinero. Ni paz, ni trabajo. Que son imprescindibles, claro. Sustantivos de los que depende la vida misma. Pero si no hay amor, no hay nada. Nada de eso otro. Martín Cauteruccio está perdidamente enamorado. De los goles, por ejemplo. Los tres que señala en San Lorenzo, el engolosinado líder del torneo Inicial. Dos contra Olimpo; el arte de descubrir los espacios: "Eso es lo que hago mejor: encontrar los lugares perdidos". Uno contra Racing; una genialidad de fuera del área: "Se me ocurrió y le di, así nomás". Goles que son amores en Uruguay y en la Argentina. En tres pasos en Nacional (su casa, su primer amor, botija de oro en todas las inferiores), Central Español y Racing de Montevideo (12 conquistas en 24 cotejos, su mejor expresión). En Quilmes gobierna (35 en 94) y en San Lorenzo conquista.
Seis años. Desde ese tiempo, cuando la adrenalina por el pase a la red no lo invade, cuando los sentidos están atentos, desde ese tiempo eleva los brazos, encuentra las manos arriba de su cabeza y baja los dedos para unirlos. Un corazón. Un corazón simbólico por el gol. Por Viviana, su novia desde ese mismo tiempo, una diseñadora gráfica con quien comparte un departamento en Puerto Madero. La celebración, además, tiene otra destinataria: su mamá. Un caballero sentimental fuera del campo, un asesino a sueldo de redes dentro del césped.
Educado, amable, de pocas palabras apenas se lo conoce, pero un mar de verbos y adjetivos diez mates después ("amargos y con el agua casi hirviendo, como en Uruguay"). Viaja con termo y bombilla por todas partes, como fiel oriental. En el vestuario azulgrana ("San Lorenzo es un club increíble, tenemos todo lo que necesitamos"), por la Autopista 25 de Mayo, del centro al Bajo Flores o en el supermercado. Referente, pero de bajo perfil: casi nunca fue capitán del elenco cervecero. Prefiere pelearse con los zagueros adversarios más que entrometerse con dirigentes en asuntos de premios. "Marcelo, te llevás una joya de persona, más que un gran goleador", fue el mensaje de un poderoso a otro: de Aníbal a Tinelli.
Sencillo, tranquilo. Hay que volverlo loco para sacarlo de su eje. De buen hablar, con una prolija barba de tres días, de clase media charrúa y afectuoso con la melodía que enamora a los que cruzan el charco: "¡Uruguayo, uruguayo!" La otra tarde, contra Olimpo, le endulzaron los oídos. "Fue lo mejor del partido. Más que los dos goles", sugiere, medio en broma y medio en serio. Aunque serio, lo que se dice serio, fue lo que le pasó en otro tiempo. No demasiado. Ni el frustrado pase a Independiente, ni la posibilidad de volar sobre las Águilas de México. Diciembre de 2012.
Descansaba, con su novia, en Punta del Este. Relax en la Mansa, adrenalina sobre la Brava. Hasta que recibió la llamada que, por un fugaz instante, lo hizo pensar en abandonar nuestro país. Habían desvalijado su departamento, sobre la calle Conesa, núcleo de Quilmes. "Me acaban de robar todo de mi casa, disculpame, estoy destruido", contó, angustiado, aquella vez. Días atrás, había presionado por cruzar a Avellaneda: Independiente, antes del abismo, lo reclamaba. Fue suplente en Quilmes, arropado por Omar de Felipe, que cuando lo descubrió listo, dientes afilados, lo lanzó a la cancha otra vez. Y fue el conquistador de la permanencia en la que pocos creyeron.
El señor gol del naciente torneo dice que se lleva de maravillas con todos, aunque es con Julio Buffarini con quien se siente más cómodo. Viven a metros, van y vuelven juntos práctica de por medio. Ya van tres temporadas en nuestro medio. Tres años y gustos nuevos: las empanadas, las milanesas y el asado nuestro representan un auténtico tridente en el momento de la cena. Sueña con un título ("hay que confiar, pero siempre tener los pies sobre la tierra") , aunque no lo dice. Sueña con el seleccionado ("están Suárez, Cavani, Forlán, está bien difícil..."), aunque no se la cree. Duerme con la camiseta número 9 en la espalda, aunque solía utilizar dos números menos. "Me decían el 7 bravo", contó alguna vez el uruguayo que, en la ciudad vieja no es ídolo ni figura.
A los 26 años, los goles siguen siendo su verdadero motor, persigue la huella de Beto Acosta, de Bernie Romeo. Su sentimiento mueve montañas. Un hombre perdidamente enamorado del gol.



