Lucas Matthysse no puede con sí mismo ni con su propio ocaso

Osvaldo Príncipi
Osvaldo Príncipi PARA LA NACION
Crédito: AFP
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15 de julio de 2018  • 23:59

No hizo falta que el árbitro Kenny Bailless contara hasta diez para terminar la pelea. Tanto él como Lucas Matthysse entendieron que era el punto final. El que determina la rendición, en modo pobre, triste y decepcionante, de una atleta que no pudo escapar a los síntomas que sólo el fantasma más cruel de este oficio puede sentenciar: el ocaso.

Matthysse no pudo transformar su alarmante déficit general exhibido en su última pelea ante el talilandés Tewa Kiram – que sólo disimuló un soberbio nocaut, el 27 de enero último- en una conversión, técnica y anímica, que le hubiese permitido entrar en la historia en caso de haber vencido a Manny Pacquiao. Y esta falencia vital es la mejor explicación que puede utilizarse para explicar su frustración.

El patagónico evidenció un envejecimiento boxístico, definitivo y crudo, ante el cual nadie se puede resistir. Basado en la fuga definitiva de sus reflejos; causante de los malos cálculos en tiempo y distancia, de las "lagunas eternas" en la cerebración de lanzar o retener un golpe y en las dudas para asimilar los impactos del rival. A veces débiles pero de una sensación –casi mortal– para su mandíbula martillada.

El equipo de Matthysse –sobre todo el elenco de Oscar de la Hoya, representantes internacionales– apostaron al derrumbe de Pacquiao, por su veteranía: 39 años y mil batallas. No comprendieron que Lucas quedó vacío para este trabajo y que quizás, aquella odisea de soportar siete rounds con el pómulo fisurado y casi roto ante Danny García, en 2013, jamás fugó de su cabeza. Tal martirio cambió su conducta arriba del ring de ahí en más. De noqueador feroz mutó a un pegador pensante y especulativo. Y aquellas peleas con Zab Judah, Devon Alexander, Ajose Olusegun y Lamont Peterson no se volvieron a dar.

El antecedente de su rodilla en tierra y su mirada clara y consciente para escuchar la cuenta del KO, en su derrota con el ruso Victor Postol, en 2015, había marcado un final inexorable. Que parecía lógico y comprensible. Solo los intereses de la industria del boxeo y el poder inoxidable de su mano derecha lo mantuvieron en pié hasta esta ocasión que resultaba muy tentadora al pagar una altísima bolsa por dos cabezas preciadas: la historia y Pacquiao.

No le dolió perder en Kuala Lumpur. Lo evidenció en su modo de abandonar el combate y de declarar en TV. Lejos de aquellos emotivos "es para todos los argentinos", que brindaba Carlos Monzón, en su quincena de victorias mundialistas, o del eterno "guapié, ¿no?" inmortalizado por Ringo Bonavena tras caer ante Muhammad Alí.

Inmerso en el fatídico capítulo de la última pelea, Lucas Matthysse le sacó la cara, que tantas veces puso, a este choque decisivo. Sabía quizás que no le quedaba nada a su cuerpo fuerte de pibe patagónico. Puso mucho, casi todo, en 15 años de carrera profesional y no le importó blindar su imagen de boxeador en el último acto sobre el ring. El que nadie olvidará.

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