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"¡Pelea inolvidable!", levanta la voz el robusto hombre, empapado de lluvia, pero más de ironía, apenas el descanso entre rounds le da respiro al rumor incesante de gritos y truenos. La pelea es al aire libre, pero no se pierden ciertas costumbres del viejo Luna Park, como hacer sonar un comentario pretenciosamente gracioso cuando la acción lo permite. Y el hombre, sentado a la altura de la fila 13, en el sector VIP Diamante, logra el efecto buscado, porque un coro de risas socarronas lo acompaña.
A esa altura, la pelea de Maravilla Martínez con Martin Murray se escurría como el agua entre la ropa de la multitud y los comentarios inundaban el estadio: "La está perdiendo… Si no mete una mano, la pierde".
Eran pocos, o nadie, los que sabían que Sergio tenía la mano izquierda rota desde el segundo round y sólo algunos habían escuchado cuando, al final del 10°, le decía a su rincón que le dolía. En el último minuto del último round sacó fuerzas de su excelente estado atlético, que no es lo mismo que el estado de algunas partes de su físico, y ofreció sus maravillosos movimientos, esta vez estratégicos. Terminar así era necesario para mejorar los números de las tarjetas y también para acallar el rumor que no pudo: "Si se la dan ganada, es un afano…". A él se lo veía desconcertado, sin su sonrisa magnética. Hasta que alguien le gritó que grite "¡Ar-gen-ti-na, Ar-gen-ti-na!" y él gritó. Y todos gritaron.
Las tarjetas lo acompañaron, con una diferencia que excedía lo que había hecho. La desconcentración se apuró, ya no sólo por la lluvia. Entre muchos arreciaba, tormentosa, la palabra "robo". Pero miradas más analíticas y expertas que pasionales o curiosas le daban lugar al debate.
En ese otro extremo había especialistas respetables que lo habían visto ganar por uno y hasta dos puntos (casi nadie por tres). Lo fundamentaban con argumentos boxísticos. A saber; los primeros dos o tres rounds, con un campeón buscando más que su retador, aún no encontrando; la reacción ante las incorrecciones del rival, promediando el duelo; aquel sprint final, y, fundamentalmente, lo que Murray no había hecho, aun cuando sí había puesto a Martínez una vez en la lona.
En el medio, mas no tibios, había otros especialistas respetables que lo habían visto empatar o perder por un diferencia "microscópica" (Osvaldo Príncipi dixit). Escucharlos y leerlos (me) provocó la misma sensación de alivio que cuando la lluvia cesó. No fue una maravilla Maravilla, pero tampoco le robó a nadie su triunfo.
No fue una maravilla Maravilla porque se rompió la mano y no le respondieron las piernas que usa para maravillar sobre un ring. También, y lo acaba de reconocer, porque las 40.000 personas fueron, en su mente, el sobrepeso que su cuerpo de extraordinario profesional jamás se ha permitido tener. Acostumbrado a vencer de visitante, contra todo y contra todos, no necesariamente se siente cómodo como local. No por desagradecido, sino por todo lo contrario.
Tuvo una mala noche. Tal vez la peor de su carrera más conocida. No ha robado nada, Sergio Maravilla Martínez. Ni antes –cuando conquistó Manchester, Atlantic City o Las Vegas– ni ahora –cuando convocó a una multitud inusual con la magia de su boxeo y, sí, también, con su magnetismo que a veces se vuelve pegajoso–. Destila argentinidad, Maravilla. La misma que ahora se usa, maliciosamente, para encontrarle debilidad en los puntos que antes fueron fuertes. Como sea, el comentario de aquel espectador empapado resulta, al fin, una síntesis que puede lavarse de ironía: fue, seguro, una pelea inolvidable.




