¿Puede seguir todo igual en la selección?

Antonio De Turris
Antonio De Turris PARA LA NACION
Messi, en el centro de la escena
Messi, en el centro de la escena Fuente: EFE
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7 de julio de 2015  • 10:42

La elogiable reacción periodística de quienes manejaban el graf de TyC fue implacable con Martino : "Seguiremos por este camino y estos 23 hombres volverán a estar la próxima vez" había dicho el técnico argentino diez segundos antes. En la conferencia pos partido, Martino también entregó otro concepto para la historia cuando, dentro del abatimiento que lo invadía, pareció sentirse orgulloso de que su equipo hubiese neutralizado al adversario: "La Argentina no brilló y Chile tampoco". Tal vez impregnado su ánimo por el mal partido que Messi había jugado, Martino parecía decir que no es cierto que la Argentina tiene un jugador distinto, al as de espada. En la guerra de las neutralizaciones todo había sido igual, al punto que terminó definiéndose por penales.

Martino, que parece un hombre sensato, seguramente encontrará una manera elegante de salir de la propia trampa que se tendió. Y tiene tiempo. Próximamente vendrán las eliminatorias, donde parece imposible que la Argentina no termine quinto en una suerte de Copa América de todos contra todos en la cual no habrá partidos en los que no se puede perder y entonces, sin esa mochila, el jugador argentino terminará por hacerse valer.

Pero ese será un árbol que no debería tapar el bosque en el cual están las competencias de fondo, esas en las cuales sólo uno termina riendo. Entonces, Martino tiene tiempo para determinar si sigue cabalgando al frente de esta legión de futbolistas que se transforman en perdedores cuando se ponen la camiseta argentina.

Sí, perdedores, porque muchos de los que el sábado sucumbieron en Santiago fueron protagonistas de otros fracasos. Estuvieron en la frustración que significó perder la Copa América de 2011 en nuestro país. Exactamente 16, con Messi a la cabeza y Tevez y Mascherano incluidos. Quedaron afuera en cuartos de final al perder por penales ante un modestísimo equipo uruguayo. Fue el 16 de julio. Ese día, este grupo terminó de comerse al director técnico, Sergio Batista. Llegaría Alejandro Sabella con sus pergaminos logrados en Estudiantes, y la frustración en el Maracaná, en la final del último Mundial, ante Alemania. Los astros no estuvieron a la altura de las circunstancias, como sí lo estuvieron Schweinsteiger y compañía. Fue el 13 de julio de 2014, y ese día este plantel se deglutió a Sabella y terminó llegando Martino.

Algunos de estos jugadores, estandartes como Messi, Mascherano y Tevez, entre otros, ya venían con frustraciones grandes en el Mundial 2010 y Copa América 2007. Lo recordó muy bien el propio Mascherano cuando dio la cara en Santiago de Chile.

La gran incógnita es si este plantel va camino de convertirse en esa legión de perdedores que conformaron, entre otros, Zanetti, Riquelme, Verón, Cambiasso, Ortega, Crespo, Ayala, Kily González, Simeone, Sorin, Gallardo, Gustavo López y Samuel, tan triunfadores y brillantes en sus equipos, europeos en su mayoría, como poco exitosos en el seleccionado.

¿Debería, entonces, Martino atar su suerte a estos muchachos de discreto paso por Chile más allá de la goleada ante Paraguay? ¿Cuánta importancia hay que darle a los hat-trick que muchos de estos jugadores hacen en ligas en las cuales las defensas son de una candidez conmovedora y hasta respetuosas del adversario, como por ejemplo en Inglaterra, Francia y Holanda? ¿No habrá llegado el momento de tomarse en serio ese viejo debate que apunta a dirimir si es más fácil moverse entre defensores y volantes del Albacete, del Chievo Verona o del Stoke City que de Defensa y Justicia? ¿Es definitivamente inevitable que la totalidad del plantel la compongan jugadores de allá, aunque algunos ni siquiera sean titulares en sus respectivos equipos?

Qué curioso: entre los integrantes del último plantel argentino que ganó una copa del Mundo, el del 86, había jugadores de Independiente (Clausen, Giusti y Bochini), de River (Pumpido, Ruggeri y Héctor Enrique), de Boca (Olarticoechea y Tapia), de Argentinos Juniors (Borghi y Batista), de Vélez (Cucciufo), de Ferro (Garré) y de Etudiantes (Islas). Bilardo no quería, como decía él, "tirar el centro en la Argentina y cabecearlo en Europa".

Eran otros tiempos y, además, estaba Maradona, que hacía en la selección lo que Messi por ahora sólo hace en Barcelona: ponerse el equipo al hombro y poner cara fiera, no de abatido, cuando las cosas no salían. Maradona, con el brasileño Careca y dos o tres más, había logrado que el sureño y despreciado Napoli pisoteara futbolísticamente a la Juve (FIAT) y a Milan (emporio Berlusconi en su mejor momento) Las comparaciones son odiosas, pero por qué no hacerlas. Total, esto es fútbol: ¿es posible imaginar que Messi, jugando para Sevilla o La Coruña y con un par de buenos acompañantes le haga morder el polvo a al Barça y al Madrid?

Messi es hoy por hoy el mejor jugador del mundo, pero su calidad hasta ahora no le alcanzó en el seleccionado. Y aquí hay otro punto no menor que Martino deberá dilucidar: ¿el fiasco de Chile fue porque a Messi no lo acompañaron o porque él se achata cuando no puede desplegar su brillo? ¿Y si así fuera, no corresponde preguntarse si cuenta hoy con el acompañamiento ideal para que él pueda explotar?

¿Por qué no cambiar cuando no se puede ganar?

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