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DUNEDIN, Nueva Zelanda.- Fue una jornada a todo color, de algarabía, de pasión, de ilusión y emoción. Todo vestido de celeste y blanco en esta ciudad. Terminó en lamento con un aplauso cerrado, pero con la tranquilidad de que los Pumas dejaron todo. Y ese fue el reconocimiento de los al menos 5000 hinchas argentinos que estuvieron en el Otago Stadium para ver la primera presentación de los Pumas en la Copa del Mundo. Casi todos esperaron que se fuera el último Puma, en este caso Juan Fernández Lobbe, la figura del encuentro según la organización, simplemente para agradecer.
"Vamos Pumas, vamos", "El que no salta es un inglés", fueron los gritos de guerra que dominaron gran parte de la noche, mientras los hinchas albicelestes vibraban con la victoria parcial. Disfraces, banderas de todo el país y mucho calor para amenguar el frío que se sentía en la cancha techada de Dunedin. Cada grito retumbaba muchos más. Esos alaridos se intensificaron cuando un infiltrado entró desnudo a la cancha o cuando en los altoparlantes del estadio, a minutos del match, sonó el Mono Relojero de Kapanga.
Fue una jornada con sabor argentino en toda la ciudad. Desde el mediodía, en cada rincón de Dunedin uno podía encontrar una camiseta albiceleste o una bandera o una peluca con los colores nacionales. George Street, la calle principal de la ciudad, donde en los últimos días se percibía poco movimiento, era una marea de hinchas argentinos e ingleses. Por un lado, el celeste y blanco. Del otro, el rojo y blanco dominaban la escena. El "vamos, vamos Argentina" resonaba, a medida que hombres y mujeres con máscaras gigantes de puma se lucían ante cierta mirada de sorpresa de los neocelandeses, que alentaban por la Argentina. De pronto, pasó una combi con los ocho jugadores de los Pumas que quedaron fuera de los 22. Tomás Vallejos abrió la puerta del vehículo y se puso a cantar con los hinchas que se acercaban a él.
Por la tarde, el Octagon, el centro principal de la ciudad, se transformó en un núcleo celeste y blanco. Mientras los bares que rodean la zona era el lugar elegido por los ingleses, los argentinos tomaron la plaza. Allí, podían apreciarse banderas de Córdoba, Mar del Plata, Chaco, Misiones, Santa Fe, Rafaela, Don Bosco, a las que luego se sumaron en el estadio las de Salta, Tucumán, Jujuy, Trelew, Puerto Madryn, Rosario, San Martín de los Andes, Catamarca, Corrientes, Comodoro Rivadavia. La Argentina unida por los Pumas. Allí, en el Octagon, comenzó el duelo de hinchadas. Gritos, pasión, bombos y hasta hinchas disfrazados con máscaras de Cristina y Néstor Kirchner.
A medida que comenzó a anochecer, la caravana partió hacia el Otago Stadium, situado a 15 cuadras del centro. Por entonces, las latas de cerveza y las botellas cortadas al medio con fernet y Coca Cola abundaban y pasaban de mano en mano. Camino a la cancha, la pasión se entremezclaba con la de cientos de argentinos que llegaban a último momento a Dunedin en casas rodantes, todas embanderadas en celeste y blanco. Cada club de rugby estuvo representado, como también algunos presidentes no quisieron perderse el debut de los Pumas en la Copa del Mundo. Las pelucas y los disfraces le daban color a la templada noche. Estaban esos jóvenes de Lomas, todos con los trajes del personaje de la película La Máscara. También aquellos que fueron vestidos con disfraces de preso celestes y blancos.
Entremezclados, aparecían miles de ingleses, todos con camisetas o pintados de rojo y blanco. Disfrazados de piratas con espadas, con grandes gorros. También había color: como aquella pareja, vestida de gala, que estaba pasando su Luna de Miel en el Mundial de rugby. Faltaba una hora y el estadio, donde se agotaron las 26.000 entradas, empezaba a completarse. Como un gran invernadero, el techo aislaba el frío exterior de la noche. De pronto, un toque de argentinidad. Una canción de Kapanga sonó por los altoparlantes de la cancha. Entonces, se encendió aún más la pasión nacional, al tiempo que se mitigaba la espera con alguna lata de cerveza (7 dólares) o un pancho (4,5 dólares). El partido se vivió con emoción, sólo faltó el golpe final de los Pumas para que la fiesta fuera completa.


