Editorial: maratón, respetada y épica

Daniel Arcucci
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1 de diciembre de 2016  • 13:02

La maratón de Nueva York, el catalizador de una transformación
La maratón de Nueva York, el catalizador de una transformación

"Evidentemente, siempre hubo corredores", escribe Ed Caesar en un momento crucial de su libro "Dos horas, en busca de la maratón imposible" y resulta que una frase tan banal, y hasta obvia, termina siendo relevante para estos tiempos que…corren.

Con el running ya despegado definitivamente de lo que sería un boom –algo que explota y desaparece– y más instalado en la categoría de fenómeno –en todo caso, con una onda expansiva que alcanza cada vez a más y a más gente– parece haberle llegado la hora –inexorable, por cierto– del impulso autodestructivo.

Con los 10K ya muy atrás como distancia iniciática y en pleno tránsito por los 21K aspiracionales, aparece en el horizonte de muchos el desafío de los 42K. Y en medio de voces responsables que se alzan con consejos atendibles, aparecen también voces forzadamente alarmistas, con un dejo de molestia por invasión de territorio. Como si los 42,195 kilómetros fueran una línea recta, con vallas de exclusividad a los lados, desde la leyenda de Filípedes hasta hoy. Como si siempre hubieran encarado ese camino súper hombres –y súper mujeres– con un manual que debía cumplirse a rajatabla.

La historia es mileniaria, sí, pero sólo hay que retroceder 40 años para entender parte de lo que está sucediendo hoy. Es allí donde el libro de Caesar entra en un momento importante de su maratón periodístico literaria: el suyo es un libro para corredores, pero también para no corredores, en tanto y en cuanto aborda las increíbles historias de vida de esos keniatas que corren más rápido que nadie; los desafíos atléticos, científicos y también marketineros que implican que algún día se corran los 42 en... 2 horas; y, finalmente, los vaivenes que ha sufrido y disfrutado una disciplina deportiva singular, capaz de unir a quienes buscan recorrer con ese registro sobrehumano la distancia y los que buscan recorrer la distancia con el registro más humano que sea posible. Para quien lo logre, una cosa o la otra, cada uno a su manera, la épica estará asegurada. Y sin faltarle el respeto a nadie ni a nada.

"A principios del siglo XX, las primeras maratones de Boston las corrieron tipos de clase trabajadora: herreros, carpinteros, granjeros, molineros", escribe Caesar. "En la década de 1950, la maratón había vuelto a ser una actividad minoritaria y amateur, para hippies y bichos raros", agrega. Todo cambió en los ´70: "La maratón de Nueva York fue el catalizador que convirtió un deporte popular en profesional", cuenta. Y Fred Lebow, unos de los fundadores de la carrera en 1970 y su relanzador en 1976, resultó vital para ese proceso.

¿Cómo se acercó Lebow a la actividad? Como la mayoría de los que aún hoy lo hacen. Para mejorar. En su caso, el tenis: su médico le dijo que perdía muchos partidos por falta de resistencia. Y le recomendó correr. Años después, "Lebow explicó que, una vez que empezó a correr, no perdió ningún partido de tenis. ‘Aunque debo decir –añadió– que no he vuelto a jugar’". Lebow se convirtió en un "proselitista" del jogging, tal como por entonces se le llamaba al running. Y en función de eso, en 1970, organizó la maratón inaugural de Nueva York. "Sólo 127 competidores comenzaron la carrera, que consistió en cuatro vueltas alrededor del Central Park. Lebow, que pagó de su propio bolsillo los dorsales y las bebidas, acabó 45° entre 55 corredores que finalizaron la carrera. Los espectadores no llegaron a los 100. El ganador, en 2h31m39s fue un bombero llamado Gary Muhrcke, que acababa de trabajar en el turno noche completo".

Un funcionario (visionario) llamado George Spitz le sugirió que hiciera algo más grande para celebrar el bicentenario del país. Y así surgió la idea de unir Staten Island, Brooklyn, Queens, Bronx y Manhattan. "Lebow ya tenía un recorrido. Pero si quería que la primera maratón por los cinco distritos fuese algo más que una entretenida carrera panorámica, necesitaba estrellas. Lo cual significaba que necesitaba a Frank Shorter y Bill Rodgers". Shorter había sido campeón olímpico en 1972 y medalla de plata en 1976, en una carrera vista en todo el mundo gracias a la TV. Rodgers había batido el récord estadounidense en Boston 1975. Eso sí: Rodgers quería dinero. Y Lebow le pagó. Rodgers ganó en 2h10m10s y detrás de él corrieron miles. Cada vez serían más.

"La edición de 1976 se convirtió en una referencia no sólo para las futuras maratones de Nueva York, sino para las maratones urbanas en general". Profesionales y aficionados, televisación y público en las calles, marcas ansiosas de vestir a figuras y a desconocidos. "Correr ya no era un deporte sólo para beatniks escuálidos, sino que se había convertido en un deporte para todo el mundo. Y la maratón, que en otra época se vio como el más imponente de los desafíos, abrió sus brazos…".

Pasó hace 40 años, pasa ahora. Nadie le falta el respeto y puede ser épica para todos: la maratón les, nos, abre sus brazos.

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