Bill Bowerman, el colonizador del running

Incansable perfeccionista y detallista recalcitrante en busca del mejor desempeño de sus atletas, fue uno de los artífices para que el atletismo se convierta en un deporte masivo que traspasó las fronteras del mundo
Damián Cáceres
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19 de julio de 2016  • 12:15

(EUGENE, Estados Unidos).- "Bill Bowerman. Profesor, innovador, visionario, motivador... Y después la waflera de hierro (con la que se creó la suela de las zapatillas Nike)".

La estatua reluce impecable a un costado de la pista del Hayward Field, de Eugene. Ahí está Bill Bowerman observando, como testigo privilegiado, el paso del tiempo. Ahí, donde tantas veces corrió y dio indicaciones a sus entrenados. Ahí, en su lugar en el mundo. En la pista. En el óvalo. Siempre ahí, donde prefería ser encontrado porque se dedicaba el ciento por ciento a exprimir y sacar lo mejor de sus corredores. "Su esencia era esa. Estar con el atleta en todo momento para dedicarle el ciento por cierto", cuenta Roos, un moren entrado en años mientras retira una planilla en la carpa en la que los atletas estadounidenses que participan en los Trials clasificatorios para los Juegos Olímpicos de Río pueden hacer sus descargos o reclamar por una decisión con la que no están de acuerdo. "Su intensidad era permanente, a veces irritante, pero la matizaba siempre con una sonrisa. Fue el mejor de todos", agrega.

Bowerman nació el 19 de febrero de 1911 en Portland, Oregon. Cuando empezó con Nike ya era una leyenda, y no sólo en las pruebas de pista y campo. De chico fue atleta pero también jugó al fútbol americano. Durante la Segunda Guerra Mundial enfrentó cuerpo a cuerpo a los soldados alemanes como parte de la 10° división de montaña. Al volver regresar a Estados Unidos, se afincó en la Universidad de Oregon donde tomó las riendas en tándem con otra leyenda, Bill Hayward. Al igual que Bowerman, Hayward era conocido por encontrar maneras para ganar que a nadie más se le ocurrían. Su propósito era uno solo: intentar cualquier método deportivo válido para que sus atletas corrieran rápido y con una gran economía de carrera.

Inicios y algo más

A principios de 1960, Bowerman llevó a su equipo a correr contra un equipo de Nueva Zelanda. Mientras se encontraban en Oceanía notó que muchos neozelandeses corrían sólo por gusto, por conveniencia para lograr una mejoría física. Es decir, no tenían una meta más allá de cuidar su salud. Situación que, por aquel entonces, lo tomó por sorpresa y lo dejó cavilando durante un largo tiempo. Semejante experiencia y encontrar un articulo de su colega Arthur Lydiard en el que hacía referencia al "jogging" como una actividad llevada adelante por un grupo de atletas que se reunían periódicamente a trotar sin otro fin que correr hicieron que Bowerman diera un paso adelante en lo que luego se conocería como running. Ese concepto, el de Lydiard, le sirvió como puntapié para algo que ya estaba en su pensamiento. Así, el "jogging" desembarcó en Eugene. Y mucho más luego de publicar en 1967, junto con el doctor Waldo Harris el libo "Jogging: A physical fitness program for all ages", que vendió más de un millón de ejemplares y ayudó a difundir en forma masiva lo que ellos llamaban trote o carrera a pie. Es decir, lo que años después se conocería como running, el movimiento o actividad deportiva que eligieron y eligen millones de personas por más que ciertos carcamanes de la pista (sobre todo en la Argentina) critiquen y menosprecien. En definitiva, personas de carne y hueso afincados en tiempos pasados y con bastante olor a naftalina (otra vez, sobre todo en la Argentina). Algo que a Bowerman nadie osaría criticar dado su frondoso historial.

De esta forma, Bowerman importó esa experiencia de Nueva Zelanda a Eugene para dar inicio al primer club de corredores de su país. Para Bowerman trotar era y es un tipo de ejercicio sencillo y democrático que no requiere habilidades altamente desarrolladas. Su gran atractivo radica entonces en que es tan simple y natural que cualquier persona puede hacerlo. Esa, según Bowerman, es su sencillez y cualidad misma.

Atleta, pero sobre todo entrenador y visionario

Una mañana de 1971, por encima del río McKenzie, en las afueras de Eugene, Bill y su esposa Barbara tomaban el desayuno. Mirando y sin comer los waffles que tenía enfrente, Bowerman se encontró en el medio de una revelación atlética. Allí, frente al río observó el futuro de las zapatillas para correr al interpretar una nueva oportunidad para mejorar las técnicas de entrenamiento, y la forma de favorecer la tracción y así reducir los tiempos. En cuestión de horas, Bowerman estaba vaciando goma sobre la wafflera de hierro de su mujer para crear la suela para correr moderna. Esto no fue un accidente. O sí. Tampoco fue suerte. Lo concreto es que Bowerman siempre estaba buscando la manera de proporcionar ventaja deportiva en sus corredores. En su concepción, las zapatillas para correr debían (y deben) tener tres cualidades: ser cómodas, livianas y tienen que durar. Bowerman no estaba satisfecho con las zapatillas de la época que estaban diseñados con cuero y metal pesado. Por ello, se obsesionó con minimizar su peso y calidad. Su misión terminó redefiniendo para siempre el calzado deportivo.

Durante su tiempo con Nike, Bowerman no tuvo ningún problema para mantenerse concentrado en lo más importante de sus productos para atletas: el desempeño deportivo. Su energía le permitía atender muchos frentes a la vez con gran intensidad y dedicación. Continuó ligado a la marca de la pipa hasta junio de 1999 cuando se retiró de la junta de directores, un puesto que ocupaba desde 1968.

Seis meses después de su retiro en 1999, Bowerman murió mientras dormía en la noche de navidad en su casa de Fósil, Oregon. Tenía 88 años de edad. En definitiva, él, Bill Bowerman, es el culpable de todo. Es el gran responsable, junto con la industria del marketing por supuesto, de que, desde la irrupción del running, millones de inefables personas abracen una disciplina deportiva que tiempo atrás era propiedad de unos pocos.

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