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Tengo dos amantes, para algunos puede ser el paraíso, para otros un infierno. Yo aún no definí la locación, con ambas he visitado los dos lugares. Podría sorprender que: empaparse en transpiración, con los músculos al límite y el corazón a tres latidos por segundo, sea tan parecido a perderse, sentado en una silla, ante una hoja en blanco. Pero es así, ellas son tan distintas por fuera, como iguales por dentro. No importa, en el fondo las dos me enamoran por lo mismo, con ellas, por un rato, le escapo a la muerte.
Correr me lleva de paseo por mi cuerpo, descubro rincones que ignoraba que tenía, y que podían llegar a doler. Me encuentro con mi respiración, con mis piernas, con mis latidos, es un viaje por dentro. Escribir también me lanza a lo profundo, pero ahí no hay anatomía, las definiciones pierden contundencia, puede ser una excursión por el alma, las emociones o los miedos, no importa mucho el nombre, sólo sé que es muy adentro. Las dos me enfrentan con lo mejor y lo peor de mí.
Correr me lleva, literalmente, a nuevos lugares, viajamos para competir, para entrenar, para desafiarnos, o simplemente para encontrarme cara a cara, solo, y desnudo. Escribir me lleva, literariamente, a nuevos mundos, puedo espiar los secretos que oculta el valle del Rift los keniatas y los etíopes o meterme en el mundo de una nena de 13 años que corre descalza. A las dos les gusta viajar.

A veces nos mostramos en público, son mujeres coquetas y les gusta lucirse. Se envuelven en sus mejores sedas y salimos juntos a la calle. Correr se muestra en las carreras, le gusta las marcas y los triunfos. Escribir es más sutil, disfruta conectarse con los lectores a nivel emocional, mostrarme por dentro, escondido atrás de las palabras.
Como buenas amantes, los encuentros más fogosos, son en la intimidad. A veces, correr me saca del presente, me pone en transe, el cuerpo sigue y la cabeza se va a otro lugar, me encuentro con mis muertos, los extraño, y los siento cerca. Nadie nos ve, y seguimos corriendo. A veces escribir también me regala un encuentro apasionado, nos revolcamos en las palabras, nos reímos, nos emocionamos, nos enojamos, y lloramos juntos. Nadie se entera, los poemas se pierden en un cajón, y después cada cual se va para su lado. Es una buena amante, y el mundo no se entera.
Las dos saben cuál es la fuente de todos los deseos: queremos lo que no tenemos. Por eso, tantas veces, me esquivan, me olvidan, me lastiman. Puedo entrenar todos los días, muchas semanas, siento que la voy a ver pronto, que la próxima carrera será gloriosa. Yo llego a la pista puntual, listo para disfrutar juntos, pero muchas veces no aparece, la marca no sale, el triunfo me esquiva, ella se fue a otra parte, y yo corrí sin alcanzarla. Escribir es mucho, pero mucho más mala. Sumo y sumo palabras, la entre las hojas, amago a abandonarla, a darme por vencido "¡Nunca voy a escribir un cuento como la gente!", me grito, pero no le importa mis lamentos. Sólo muy de vez en cuando, como ahora, viene y me susurra las frases al oído, me lanza a correr hilvanando palabras.
Son malas, lo sé. Correr me lastima, muchas veces me clava unos cuchillos en los talones, incluso temprano, ni bien me levanto, apenas me deja caminar. Y eso no es nada, puede ser mucho peor, llega a gritarme "¡Estás viejo! ¿Qué vas a hacer contra los pibes? ¡Dedicate a trotar!". Pero la quiero demasiado, y la perdono. Escribir ha llegado a decirme, con una sonrisa burlona "Nunca vas a poder escribir a alguien como Mr. Gray" (no el de las sombras, el que le gusta a las chicas, sino Dorian, el de Oscar Wilde) "Dejá de intentarlo y mejor dedicate a leer a los que saben".
Pero alguna noche, o mejor aún, durante el día -en el momento que se encuentra los amantes-, cuando menos las espero, las dos me encaran, y la pasamos genial. Como en este pueblito, perdido en las alturas de la montaña, donde salí a correr y me encontró este relato, que ahora recorro sobre estas líneas. Muy pocas veces nos amamos los tres, pero cuando sucede, mi mundo gira para el otro lado.
¿A quién le importa? Bueno, a mi solo. Pero siento que esa magia flota en el aire libre, me es exclusiva. Son mis amantes, pero no se acuestan sólo conmigo. Vos podes encontrarlas, gozar con ellas, mientras te encontrás con vos. Tenés dos piernas, descubrí los caminos, te están esperando. Tenés dos ojos (igual con uno alcanza, es más, Jorge Luis escribía ciego), volcalos en una hoja en blanco, llenala, y llenate por dentro. Si acá puedo arreglarte una cita con ellas, sé que vas a descubrir lo mismo que yo. Que correr siempre es para adelante, uno sale a entrenar pensando en cuantos kilómetros hacer, planifica una temporada soñando con una meta, no dudamos en llegar al final, mientras tanto, corremos hacía el futuro y nuestra vida es intocable. Escribir es dejar miguitas de pan que sacamos de muy adentro, vamos formando un camino, que no sabemos cuándo termina, pero algunas miguitas van a quedar, cuando ya nos hayamos ido. Correr y escribir, mis dos amantes, me vuelven, por un rato, inmortal.

