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Roger Federer encontró su límite en Wimbledon en las semifinales. Estaba dentro de las previsiones. Originalmente ese cruce iba a ser contra Novak Djokovic, que a la hora del partido, difundía por Twitter las nuevas recetas de uno de sus restaurantes. Una buena manera de evadirse. Federer se las tuvo que ver contra Milos Raonic, un tenista "sobretrabajado" para la ocasión, con una condensación de entrenadores en su trastienda. "El sueño continúa..." había dicho Roger Federer luego de la fabulosa remontada contra Marin Cilic en cuartos de final. Raonic fue el encargado de despertarlo y quitarle la posibilidad de una nueva final.
Raonic tiene lo que se merece. Lleva tres semanas de explicaciones sobre la influencia de John McEnroe como asesor incorporada al grupo de trabajo que lidera Carlos Moyá. Raonic no es un especialista en césped (28-14 en toda su carrera, incluído Wimbledon) aunque tenga esa apariencia surgida especialmente por su relieve como sacador. De hecho ha jugado más y con mejores números en polvo de ladrillo. Pero McEnroe comenzó a pulirlo en Queens (perdió la final con Andy Murray) y a darle lo que Raonic no parece tener a simple vista. Desde lejos o desde cerca: pasión. Cualquier cosa que haga McEnroe está movida por la pasión. Quedó claro cuando fue tenista. Y sigue presente esa emoción cuando puede aconsejar a Raonic, prepararlo antes del partido y luego sentarse en el box de la BBC a comentar su partido sin que nadie se altere por eso. Raonic no es solamente un perforador de canchas con sus aces (137 en el torneo). Es un tenista metido en un laboratorio de asesores para poder evolucionar.
"McEnroe es muy claro en sus pensamientos. Me pide que no deje pasar las oportunidades. Que salga a buscarlas. Desde el juego me impulsa a ir hacia adelante, mejorar mi movilidad en ese aspecto. A hacer sentir poco confortable a mis rivales. En eso trabajamos..", decía Raonic en la ronda de prensa de Queens luego de ganarle a Bautista Agut en cuartos de final. Los números de Raonic en la semifinal contra Federer lo mostraron con un 83 por ciento de puntos ganados con el primer saque. Pero especialmente efectivo en los puntos en la red: ganó 38 sobre 56, una eficacia del 68 por ciento. La misma que tuvo Federer en uno de los aspectos que dominó con más calidad en su historia de siete títulos y tres finales en Wimbledon.

Roger Federer había puesto luz sobre dos objetivos muy claros: Wimbledon y los Juegos Olímpicos. En una temporada muy corta, sin títulos, con problemas físicos, sin participación en Roland Garros, ese instante de espera en el court central hasta que Raonic juntara sus bolsos, tuvo un aroma a despedida del lugar. Dejemos pasar el instante entonces. A Río 2016, Federer va con las ambiciones de siempre, que son altas: competirá por tres medallas. Está al límite. Dio más de lo que hoy tiene. Se cae y se levanta. Ofreció muchas oportunidades a sus rivales. Contra Cilic que no supo bien que hacer con ellas. Y frente a Raonic, que justamente está trabajando en ese rubro.
Raonic dijo que iba a canalizar sus emociones por ser finalista de Wimbledon tomando una siesta. Una buena síntesis de lo que significa para la audiencia global ver como Roger Federer cae en pleno combate.

