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PARIS – En el camino asoman algunos indicios. Como parte del paisaje previo, a la derecha está el Jardín des Serres d’Auteil, un bello espacio botánico cuidado con muchísimo esmero. La vista ha cambiado respecto de otros años, y entre el verde y los invernaderos asoma la parte superior de unas tribunas con estilo francés: se trata del estadio Simonne-Mathieu, la flamante joya que el abierto francés presenta en esta temporada como parte de su renovación, que incluirá a partir del año próximo el anhelado techo en el court central Philippe Chatrier.
Roland Garros cambia, pero sin perder la tradición y el glamour característico, de eso se trata. Por sus angostas calles ya mucha gente va y viene. La fiesta del segundo Grand Slam del año está por empezar, y todo se mueve dentro de un bullicio constante. Por la renovación del Chatrier, la sala de prensa y de conferencias se mudó por este año al Museo del complejo. "Es la primera vez que vengo a este salón", cuenta Roger Federer mientras mira a su alrededor. El suizo es la gran estrella: regresa al Bois de Boulogne después de tres años de ausencia, y su magnetismo parece acapararlo todo, más allá del brillo propio de Rafael Nadal , rey absoluto de esta prueba con 11 coronas y que va por "la Duodécima", y Novak Djokovic , que al fin de cuentas es el número 1 del mundo, campeón en 2016 y finalista en otras tres oportunidades. La Trinidad del tenis apunta a mantener su dominio hegemónico.
Hay mucho en juego en estas dos semanas que se avecinan. Más allá de comandar el ranking con holgura, el serbio apuesta a la historia: busca repetir el logro de 2015/16, cuando ganó los Grand Slams en fila (Wimbledon-US Open-Australia-Roland Garros). Ya tiene el 75 por ciento en el bolsillo, y "apenas" necesita levantar el trofeo de campeón en París por segunda vez. "Este es el torneo para el que me he preparado en los últimos meses. La motivación es superior porque quiero ser el campeón vigente en los cuatro Grand Slams", remarcó Nole. Pero también consideró que él no es el principal candidato: "Como lo dije en Roma, Nadal es el favorito para ganar este título. Ha ganado aquí tantas veces durante su carrera que no sería justo elegir otro jugador como favorito".
A Djokovic lo asiste la lógica. La historia avala a Nadal como candidatazo. A favor: ha rendido de menos a más en los últimos torneos, hasta consagrarse en Roma, la última escala previa. En contra: no ha mostrado el ímpetu arrollador de otros tiempos, cuando había que jugar por el segundo puesto en todos los torneos de polvo de ladrillo en los que Rafa participaba. En el Foro Itálico debió batallar durante tres sets para ganarle a un Djokovic extenuado luego de dos batallas durísimas contra Schwartzman y Del Potro. Eso no significa que Nadal sea accesible ni mucho menos. Ha mejorado lentamente, y ha recuperado confianza. Quien lo tenga del otro lado de la red estará al tanto del récord del zurdo de Manacor en partidos al mejor de cinco sets y en canchas lentas: 111 victorias y apenas dos derrotas (contra Robin Soderling en 2009 y frente a Djokovic, en los cuartos de final de 2015).
"No me importa si soy el favorito. Perdí tres semifinales antes de llegar aquí, y eso no era un desastre total. Me importa estar bien y jugar bien. No me considero el gran favorito, soy un candidato. Aquí están los nombres habituales, Thiem, Djokovic, Federer, Tsitsipas, que está jugando bien... También Del Potro, Nishikori... Todos estos, que son los mejores del mundo, siempre serán favoritos. A mí lo que me preocupa es estar bien y ser competitivo", destacó Nadal, fiel a su estilo cauteloso. Si no asoman esos problemas físicos que suelen magullarlo, será complicado ponerle el cascabel a Rafa.
¿Y Federer? Cierto es que Roland Garros parece ser el terreno más complejo para su propuesta de juego actual. A los 37 años, alguna batalla de largo alcance y desgaste podría ser la kriptonita de Super Roger. Ni él mismo sabe qué hay por delante: "Es una gran incógnita. Siento que estoy jugando un buen tenis, pero no sé si me alcanzará o no contra los jugadores top cuando llegue el momento. Igualmente espero estar en esa posición, en alcanzar las instancias decisivas. Primero necesito llegar hasta ahí, y eso ya será un desafío en sí mismo". Analítico y cerebral, el suizo sabe que corre de atrás contra Nadal y Djokovic en la "tierra batida" de París. Pero aspira a sorprender a todo el mundo, como lo hizo en 2017, cuando volvió a jugar después de seis meses y se llevó el Abierto de Australia. Fue campeón aquí en 2009, cuando Soderling le allanó el camino y le evitó un choque presuntamente desfavorable contra Nadal, y ha llegado a la final en otras cuatro ocasiones, todas perdidas contra Rafa. En París lo aguarda el cariño del público, no exento de cierta melancolía: a esta altura, Roland Garros intuye que no habrá muchas temporadas por delante para disfrutar la magia de Federer.
Por allí, Nadal mencionó a Juan Martín del Potro entre los candidatos. Es, en todo caso, una muestra del respeto que el zurdo le tiene al argentino, al que derrotó en la semifinal del año pasado. Lo del tandilense es una incógnita con matices. Por la fractura en la rodilla derecha, ha jugado muy poco en lo que va del año; apenas cuatro partidos en polvo de ladrillo (caída en el debut en Madrid y cuartos de final en Roma). Pero dejó una interesante impresión en el Foro Itálico, cuando estuvo a nada de ganarle a Djokovic pese al escaso ritmo de competencia que arrastraba. El polvo de ladrillo acaso no sea la mejor superficie para el juego de la Torre de Tandil, pero también es un terreno ideal para ganar confianza con la rodilla y los movimientos, y sumar partidos de cara a la segunda parte del año. Del Potro ha llegado aquí a las semifinales en un par de ocasiones, y tiene juego y recursos para meterse entre los grandes protagonistas, pero también siente que aún necesita ritmo y otras sensaciones que sólo otorga la competencia. Al mismo tiempo, también es cierto que tiene la capacidad de llevarse por delante los límites normales y sorprender una y otra vez; se verá si puede producir otro impacto. Con todo en escena, París abre las puertas para vivir otras dos semanas con el mejor tenis del mundo.
