

Encontrá resultados de fútbol en vivo, los próximos partidos, las tablas de posiciones, y todas las estadísticas de los principales torneos del mundo.
Desde que se casó con la televisión, el deporte estableció un vínculo con el profesionalismo que ha crecido tanto que ya no puede saberse siquiera cuál será el límite, si es que alguna vez habrá uno. En ese camino, se transformó en un espectáculo, y no sólo por el juego en sí. En su excelente libro-ensayo “La estetización del mundo”, los sociólogos Gilles Lipovetsky y Jean Serroy sostienen que el deporte profesional ha superado al universo cinematográfico de Hollywood, al cual también copió de la mano de la TV, y hacen hincapié en la influencia de la belleza. El rugby, que recién ingresó en la Era Abierta en 1995, ya está inserto en ese sistema. Con otro traje, pero con las mismas ambiciones. Y el mejor producto que la ovalada tiene para ofrecer, más allá del atractivo del juego del rugby, es el de los All Blacks. El seleccionado de Nueva Zelanda, también emblema de su país, es prácticamente una empresa ambulante que ha llegado casi a la magnificencia cuando la acción pasa al verde césped, donde se define el partido de los 80 minutos.
En la Argentina, los cultores del rugby, pero también toda aquella persona que goce del deporte, tienen el placer y el lujo de poder ver a los All Blacks una vez al año. A través del Rugby Champions y del ingreso de los Pumas a partir de 2012, los argentinos pueden contar, además, cómo han visto crecer a ese seleccionado que es el bicampeón del mundo y que ya se adjudicó la quinta edición del torneo de la Sanzar, a dos fechas de su conclusión. Cada visita fue un asombro y una delicia para los ojos. Ésta de hoy quizá lo sea aún más, porque si los ABs que triunfaron en Copa del Mundo del año pasado habían llegado a la Luna, los actuales están arribando a Marte.
Son varios los factores de juego que hacen que los All Blacks sean el Barcelona de Messi y Guardiola o aquel Chicago Bulls de los 6 anillos de Michael Jordan. Sin embargo, el gran secreto sigue siendo aquel que reveló James Kerr en su fabuloso libro El Legado (en la Argentina va por la décima edición), donde cuenta cómo los neozelandeses se reconstruyeron luego del colapso en la Copa del Mundo de 2007, tras la caída en cuartos de final ante Francia, poniendo el eje en volver a las fuentes, en recuperar la identidad All Black. Quien ha seguido todo ese proceso, primero a la sombra de Graham Henry, y ahora al frente, es Steve Hansen.
Hay una cultura, escrita incluso, en que cada jugador que llega a los All Blacks tiene un compromiso con la camiseta que significa entregarla mejor de lo que se la recibió. Y aquel ejemplo que cuenta El Legado y que se hizo famoso: los All Blacks limpian su propio vestuario; barren su propia basura. No dejan que ningún otro lo haga. Todo empieza ahí. En la mente, en el compromiso, en ser un All Black en todo momento, con amplia participación social (no de marketing solamente) fuera de la cancha.
Los All Blacks actuales escuchan y aprenden de los que ya llevaron esa camiseta. Agrandan el legado. Y, claro, juegan. Como ninguno, más allá de contar muchas veces con algunas licencias en el reglamento. Son el arte de pasarse la pelota, pero –quizá lo menos visible– en lo que más han progresado después de la Copa del Mundo pasada es en la defensa. Wallabies, Springboks y Pumas nunca encontraron cómo vulnerarlos.
En ese mundo de Hollywood que es el deporte híper profesional y al cual el rugby ha ingresado, los All Blacks aportan la belleza del juego, que nace en el respeto a la identidad. Hoy, en Vélez, será un placer poder apreciar todo eso de un equipo.


