Zumban las abejas de Dortmund

Fernando Pacini
Fernando Pacini LA NACION
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27 de agosto de 2015  • 23:47

El nuevo Borussia Dortmund de Thomas Tuchel conserva rasgos del de Jürgen Klopp. La novedad es que ahora también contempla la posibilidad de bajar una marcha, manipular las velocidades y frenar si es necesario. El resultado es un equipo más rico, pensante y variado.

Bürki, el arquero suizo que relegó a Weidenfeller, es un futbolista más, juega fuera del área y participa constantemente del juego. Los centrales van a la mitad del campo a respaldar a los mediocampistas. Hummels dirige esa orquesta con apariencia de defensa al servicio del ataque. Piszczek (o Ginter) y Schmelzer abren las alas del equipo por los laterales: sirven de apoyo cuando hace falta o profundizan como wines. Son los socios de Reus y de Mkhitaryan, los extremos, que determinan con sus movimientos hacia adentro cuándo y quiénes van a asegurar la amplitud de ese ataque poblado con criterio urbanístico. Hay un futbolista que se ofrece, otro más allá que descubre un atajo y otro que desmarca, no para quien posee la pelota, sino para quien lo va a recibir, adivinando el futuro de la segunda acción. Cuando eso sucede -y en este equipo sucede a menudo- sólo queda admirarlo.

Compresión para recuperar, amplitud para atacar, rápida circulación de pelota, pases y movimientos definen al Dortmund. La cercanía entre los futbolistas es un detalle arraigado en el funcionamiento. Los jugadores que están lejos de la pelota participan del juego de todos modos: ocupando un espacio en función de sus compañeros más próximos, ajustando o vigilando para estar listos si se pierde el balón, o proyectando líneas de pase si cambia la dirección del ataque y la descongestión los invita a atacar por su lado. Un elástico invisible une a todos los protagonistas. La acción de cada uno determina la del otro, en una interrelación virtuosa.

Cuando el Dortmund funciona, es una coreografía fascinante. Gündogan piensa y sus pies obedecen. Weigl, un jovencito de 20 años que suele controlar al revés, pero que juega con espejitos retrovisores, pasa la pelota como si fuera Valerón. Reus se disfraza de mediocampista y deja el extremo a Schmelzer. Kagawa despeja el sitio jugando de primera. Aubameyang desmarca por todo el centro del ataque y así... Todos juntos, todos cercanos entre sí, todos dibujando líneas inteligentes en el campo. El pase deja de ser un bien escaso cuando la demanda es tan abundante.

Los adversarios saben que si encadenan cuatro toques tendrán una ocasión de gol. Eso sí: deberán hacer esos pases en un medio hostil y confuso. Cuando un rival del Dortmund recupera la pelota, percibe el inquietante zumbido de las abejas que se aproximan dispuestas a clavar el aguijón con tal de no compartir la pelota. Así funciona el Dortmund, como una comunidad, organizada, libre y creativa a la vez.

¿Todo esto significa que va a ganarle la Liga al Bayern, o que va a ganar la UEFA o que será un equipo inolvidable? No necesariamente. Apenas van tres partidos oficiales y un par de amistosos. De momento, significa sólo eso, que juega muy bien al fútbol. ¿Por qué no disfrutarlo ahora?

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