Biotecnología, el otro sector con alto potencial que puede impulsar a la Argentina
Con más de 340 empresas en el país, la actividad capta cada vez más interés de parte de inversores; la proyección global convive con recortes en ciencia y desafíos estructurales; por dónde pasa la oportunidad de crecimiento, según los emprendedores
13 minutos de lectura'

La biotecnología argentina atraviesa un momento de expansión que combina escala, sofisticación y un creciente dinamismo emprendedor, aunque no exento de desafíos. Según los resultados del Primer Censo Biotecnológico y Nanotecnológico, el país cuenta con 340 empresas biotecnológicas y 41 nanotecnológicas, cifras que lo posicionan entre los 10 países con mayor cantidad de firmas del sector a nivel global. En conjunto, estas compañías generaron en 2022 ventas por US$1323 millones y exportaciones por US$216 millones.
Detrás de estos números se encuentra un entramado productivo y científico de alta complejidad. La biotecnología, que integra disciplinas como biología, química, ingeniería y farmacia, se consolidó en la Argentina como un campo estratégico para el desarrollo económico y social. No solo por su capacidad de agregar valor a los recursos naturales, sino también por su potencial para dar respuesta a desafíos globales como la seguridad alimentaria, la salud o el cambio climático.
Uno de los rasgos distintivos del sector es la calidad de su capital humano, anclada en una rica y extensa tradición argentina en ciencias de la vida. El universo de la biotecnología emplea a unas 20.000 personas, de las cuales más de 2000 se dedican exclusivamente a actividades de investigación y desarrollo, y casi tres de cada 10 trabajadores de la industria cuenta con título universitario, según los datos oficiales del censo, hecho en 2023.
A esta base se suma una capacidad industrial ya instalada: las empresas biotecnológicas cuentan con 146 plantas productivas en el país, más del 60% con certificación de buenas prácticas de manufactura y un 27% habilitadas para exportar bajo normativas internacionales.
El auge emprendedor es otro de los factores que explican el posicionamiento de la Argentina en el mapa internacional. El 43% de las firmas tiene menos de siete años de vida, lo que evidencia un ecosistema en plena renovación, impulsado por la aparición de fondos de venture capital e iniciativas como Gridx, SF500, Aceleradora Litoral y CITES que ganaron protagonismo en la creación de startups de base científica, y hoy biotech representa más del 30% de las rondas de capital emprendedor, el vertical más elegido en 2024, según datos de Arcap.

Sin embargo, el dinamismo del sector convive con un escenario que enciende señales de alerta entre los actores del ecosistema. La ejecución de la Función Ciencia y Tecnología del Presupuesto Nacional cayó un 11,4% en el primer bimestre de 2026 y se encamina a acumular un retroceso del 50,6% desde 2023, de acuerdo con un informe del Grupo EPC-Ciicti (Centro Iberoamericano de Investigación en Ciencia, Tecnología e Innovación). El Ciicti es dirigido por Daniel Filmus, exministro de Ciencia y Tecnología durante el kirchnerismo.
De concretarse la proyección para este año, según EPC-Ciicti, la inversión pública en ciencia registraría una nueva caída del 13,6%, que se suma a los recortes del 30,2% en 2024 y del 18% en 2025. El informe advierte que el Sistema Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación atraviesa un panorama crítico, con organismos clave como el Conicet, INTA, CNEA e INTI que podrían perder entre 37 y 65 puntos reales en apenas tres años.
La ola biotecnológica
La oportunidad de la biotecnología en el país no responde a un único vector, sino a la convergencia de capacidades científicas, recursos naturales y una agenda global que demanda soluciones cada vez más sofisticadas. Un informe global de la consultora McKinsey estima que cerca del 60% de los insumos físicos podrían llegar a producirse mediante procesos biológicos, mientras que hasta el 30% de la carga mundial de enfermedades podría abordarse a través de soluciones basadas en esta disciplina. Y la Argentina podría subirse a esa ola.

“Tenemos una gran ventaja en términos de biodiversidad”, señala Graciela Ciccia, directora ejecutiva de la Cámara Argentina de Biotecnología, y destaca que “la calidad de nuestros productos y las propuestas, fundamentalmente de las startups, son muy disruptivas y tienen nivel internacional”. Desde colorantes obtenidos a partir de hongos hasta nuevos inoculantes o diagnósticos de cáncer, el abanico de proyectos es amplio y se apoya en una lógica de innovación aplicada a problemas concretos. “Es un mundo muy innovador, donde para ser competitivo hay que encontrarle la vuelta al mercado correspondiente”, resume.
Para Matías Peire, fundador y CEO de Gridx, el company builder especializado que funciona desde 2015, la clave está en cómo se transforma el conocimiento científico en empresas de escala global. “La gran oportunidad que tenemos en la Argentina es aceitar ese proceso, que sea más fácil generar empresas a partir del sistema científico”, sostiene. En su visión, la biotecnología atraviesa un cambio de paradigma impulsado por la digitalización, que permite reducir costos y acelerar la validación de hipótesis científicas. “Hoy podés empezar una compañía con tickets iniciales de US$ 250.000, algo impensado hace 10 o 15 años”, explica.
Justamente el mundo de las startups es el que, en la última década, le dio nuevo impulso al sector. Para Nicolás Tognalli, managing partner de CITES, el brazo de venture capital especializado en proyectos científico-tecnológicos del grupo Sancor Seguros que nació en 2012, esto es fruto de una mirada de largo plazo. “Fue fundamental tener investigación básica de calidad para generar el contenido para poder pensar en transferencias y en el desarrollo de startups. El ecosistema se desarrolló con startups con mejores capacidades y una visión del mundo para desarrollar soluciones enfocadas en resolver problemas. Hoy hay un presente interesante, con una mirada global que les permite desacoplarse muchas veces de la coyuntura local y trascender cualquier gobierno”, explica y menciona que ya hay compañías made in Argentina con soluciones disruptivas y que desarrollan productos que no existen en otras partes del mundo.

Lejos de concentrarse en una sola vertical, la biotecnología argentina se despliega en salud humana y veterinaria, energía, alimentos, agro e incluso nuevos materiales. Sin embargo, por la historia del país, el agro y los alimentos aparecen como uno de los terrenos más prometedores. “El mundo está demandando todas estas soluciones que nosotros podemos proveer desde acá. Y lo podemos hacer a escala y a nivel competitivo, lo que le tenemos que sumar es mucha más tecnología, mucho más desarrollo y mucha más innovación”, afirma Diego Comerci, subsecretario de Desarrollo e Innovación de la Universidad Nacional de San Martín.
Desde la universidad, de las más consolidadas para formarse en biotecnología, notan un creciente interés entre los estudiantes para sumarse a esta tendencia. “Luego de la pandemia la demanda creció, y se duplicó en los últimos cinco años. Este año tuvimos 350 inscriptos y si no cerrábamos el cupo podríamos haber llegado a los 1000. Eso te habla del interés de los chicos que están saliendo de la secundaria y ven el potencial de la biotecnología”, amplía el docente.
Sin ir más lejos, este año la Universidad de Buenos Aires lanzó oficialmente su licenciatura en Biotecnología que en este primer cuatrimestre contó con más de 500 inscriptos en el CBC. “Hace tiempo veníamos observando que aumentaba notablemente la matrícula de alumnos que elegían la orientación de biotecnología en la carrera de Biología. A la vez, hay un aumento de empresas de base tecnológica, de startups y un interés más notorio hacia la transferencia de tecnología. No es que no existiera antes, pero sí adquirió mayor dinamismo en los últimos años”, plantea María Eugenia Segretin, docente investigadora y directora adjunta de la comisión de carrera de Biotecnología de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA.
Abrir camino
Pasar del laboratorio al mercado siempre fue un gran desafío para la industria argentina de biotecnología. Y aunque se dieron grandes pasos para achicar esa brecha, aún persisten desafíos para terminar de aceitar esa relación tan fundamental para el éxito del sector. “El reto está en profesionalizar esas oficinas de vinculación en las universidades o en los institutos de investigación, para hacer mecanismos más ágiles y, sobre todo, transparentes”, pone Ciccia sobre la mesa, y propone: “Me parece que lo que se adeuda es un plan estratégico para definir hacia dónde vamos. Este es el momento de las redes, de la cooperación, de las colaboraciones y de optimizar los recursos”.

Un signo de esta época se ve en el crecimiento del interés por insertarse en el sector privado y la consolidación de una convivencia más natural entre el mundo académico y el productivo. Comerci lo ve en sus estudiantes: “El sector está empleando muchísima mano de obra calificada. Hoy los biotecnólogos que se reciben de la Unsam están saliendo con trabajo, incluso antes de recibirse. Hubo un cambio notable: antes la mayoría entraba o al Conicet o a hacer investigación. Después de la pandemia, la industria los empezó a absorber”.
Sin embargo, aún quedan barreras por vencer para ejercitar la vinculación. “En el contexto actual de un desfinanciamiento inédito de la investigación científica y las universidades, es muy difícil pensar en avanzar proyectos hasta una etapa de madurez suficiente para su transferencia a la contraparte privada. Para poder hacer eso con menos riesgos, el nivel de inversión estatal que se necesita es mucho más alto del que tenemos”, advierte Segretin y aclara que puertas adentro, los propios alumnos ya lo demandan. “Hay una población de estudiantes que tiene ganas de abrir más la mirada, más allá de la academia”, dice y comenta que en la nueva carrera de biotecnología -que se pensó más moderna y en línea con las tendencias globales- incorporaron a la currícula materias con ejercicios prácticos para crear proyectos tecnológicos originales que apunten a un desarrollo sostenible, contemplando desde la factibilidad técnica hasta la económica, y el impacto socioambiental.

El financiamiento aparece como uno de los puntos más críticos para la sostenibilidad del sector, no solo por la disponibilidad de recursos sino por su impacto directo en el capital humano. “El sistema hoy está teniendo problemas de subsistencia. Y en ese problema de subsistencia también tenés la posibilidad de que muchos investigadores se vayan, incluso a países de la región como Uruguay o Chile, que están ávidos de recibir a más científicos y están con planes más claros de cómo quieren invertir y desarrollar la ciencia básica. Esa inversión inicial en todo el mundo la hace el Estado y los privados complementan esa inversión”, explica Peire.
Los protagonistas de un salto internacional
Las empresas y startups del sector están llamadas a la internacionalización. Cruzar la frontera es un paso natural para este tipo de compañías y no solo significa abrirse a nuevos mercados donde ofrecer sus productos y desarrollos, sino también acceder a un tipo de financiamiento específico que aún no se encuentra ni en Argentina ni en la región.
Un caso testigo de ese recorrido es Inmunova. Fundada en 2009 por investigadores de la Fundación Instituto Leloir y actualmente parte del Grupo Insud, la compañía se especializa en el desarrollo de medicamentos para enfermedades infecciosas poco frecuentes sin opciones terapéuticas. Desde sus inicios, su modelo combinó ciencia de excelencia con una mirada aplicada, abarcando todo el proceso: desde la investigación inicial hasta los ensayos clínicos, el registro y la farmacovigilancia.
Hoy, la empresa atraviesa una etapa clave de consolidación con foco en el estudio clínico de fase 3 de un tratamiento para el síndrome urémico hemolítico (SUH), una enfermedad grave que afecta principalmente a niños y para la cual aún no existe una terapia específica en el mundo. Este desarrollo no solo representa un avance científico significativo, sino también un desafío operativo de escala global que implica no solo sostener un estudio de alta complejidad, sino también coordinar equipos, centros de salud y procesos en distintos países, con los estándares que exige un desarrollo clínico internacional y organismos regulatorios como la Anmat en la Argentina, la EMA en Europa y la FDA en Estados Unidos.
La internacionalización no es una etapa posterior, sino parte del ADN de la compañía. “Nuestro enfoque desde el inicio fue pensar a Inmunova con una proyección global, siendo una compañía basada en la Argentina”, señala Linus Spatz, socio fundador y director general. Esta estrategia se traduce en desarrollos concebidos desde el inicio con estándares internacionales y en una red de trabajo que hoy involucra 35 empleados directos y unas 500 personas en distintos países, incluyendo la Argentina y varios puntos de Europa. “Creemos que hay una gran oportunidad en abordar enfermedades que todavía no tienen soluciones terapéuticas específicas. En ese contexto, la biotecnología tiene un rol cada vez más relevante: hoy podemos desarrollar soluciones innovadoras en áreas donde históricamente hubo menos inversión o donde los enfoques tradicionales no alcanzan”.
El caso de Beeflow es otro ejemplo de cómo el talento científico argentino puede convertirse en una propuesta de valor global a partir de la innovación aplicada. La compañía, fundada por Matías Viel, se especializa en profesionalizar la polinización a través de la combinación de biotecnología, datos y trabajo en campo, con el objetivo de maximizar el rendimiento y la calidad de los cultivos. Desde sus inicios, fue concebida con una lógica internacional, y hoy opera en Estados Unidos y distintos países de América Latina, trabajando con grandes productores en cultivos como arándanos, almendras, kiwi, café y cítricos.
El corazón de la propuesta está en transformar una práctica históricamente subestimada en una nueva categoría productiva. “La polinización define el techo productivo de un cultivo, pero históricamente fue manejada de forma informal”, señala Viel. A partir de esa premisa, la empresa identifica una oportunidad estructural: profesionalizar este proceso, capturar mejoras directas en rendimiento y calidad, y avanzar hacia soluciones basadas en la naturaleza. En sus palabras, “estamos creando una nueva categoría dentro del agro”.
La internacionalización es un componente central de la estrategia. “Desde el inicio pensamos Beeflow como una empresa global”, afirma. Esto se traduce en una expansión guiada por cultivos y clientes, y en la construcción de equipos locales capaces de ejecutar con precisión en cada región. Actualmente, la compañía cuenta con un equipo distribuido entre Estados Unidos, Perú, Chile, Brasil y Argentina, y proyecta su crecimiento hacia Europa y otros mercados. El principal desafío, reconoce Viel, es “pasar de una mentalidad local a una ejecución global”, pero el camino recorrido demuestra que es posible escalar innovación desde la Argentina hacia el mundo.
1“La gran cosecha argentina”: el agro cerrará el primer cuatrimestre con un récord de 40 millones de toneladas exportadas
2Longvie cerró un acuerdo para fabricar y vender productos con la marca Universal
3Estudio: calculan que si se eliminan las retenciones el Estado recupera el nivel de recaudación en cuatro años
- 4
Lanzaron una marca infantil y hoy producen un millón de prendas al año




