Fue protagonista del despegue del Angus colorado, un pelaje que aún no era el elegido en ese momento; construyó una de las cabañas más reconocidas de la raza con una premisa simple y profunda: trabajo, palabra y familia
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Hay recuerdos que se guardan como una escena detenida en el tiempo. Martín Lizaso Bilbao vuelve a uno de ellos cada vez que repasa su historia: el día en que su padre compró aquellos primeros animales Angus colorados, en un momento en el que ese pelaje aún no despertaba entusiasmo entre los criadores. Hoy, cuando cumple 100 años, esa remembranza funciona como una postal de una vida atravesada por la ganadería, el trabajo, la fe y la familia.
El siglo de vida del empresario ganadero no pasa desapercibido. Con una vida tallada a fuerza de tesón, fortaleza y un continuo emprender, acompañada de una profunda fe en Dios, Lizaso Bilbao deja un legado que trasciende generaciones.
La historia del apellido en la cría de ganado Aberdeen Angus colorado comenzó mucho antes de que Martín tomara las riendas de la firma. Se remonta a la llegada de su abuelo, Francisco “Paco” Lizaso, al país. Con apenas 15 años, arribó solo desde el País Vasco, sin hablar castellano y con lo puesto.

Sus primeros trabajos fueron en un horno de ladrillos y haciendo leña en la zona del Delta. Pero pronto empezó a generar negocios. “Mi abuelo era un tipo muy capaz y muy emprendedor”, recuerda en una charla con LA NACION con una lucidez que sorprende. Sin embargo, el gran salto del emprendimiento familiar lo dio uno de los once hijos de Paco: Abdón José.
Desde chico, ese joven, padre de Martín, entendió que para crecer había que mirar hacia el interior. Comenzó en el mercado de lanas en Avellaneda, donde trabajaba para una casa consignataria, y luego se volcó al asociativismo con productores del interior, en una época en la que había fuerte presencia de firmas francesas en el oeste bonaerense.

Así, fue alquilando y comprando pequeños campos, y de a poco aumentando la hacienda en zonas como Guaminí, Daireaux y Saladillo. La primera apuesta grande llegó en 1936, con la compra de la estancia “Gure Etxea”, que en vasco significa “Nuestra casa”, un establecimiento de 2500 hectáreas en Estación Bonifacio, cerca de Laguna Alsina.
En un principio, el foco estaba puesto exclusivamente en la cría de los animales que ya estaban en el campo. Pero, tras intentar sin éxito comprar reproductores Hereford de la cabaña de los Pereyra Iraola (quienes nunca vendían sus reproductores hembras) se enteró de que los coroneles Knight y Porteous, del ejército británico, liquidaban su rodeo al tener que regresar a Inglaterra por la guerra.
Allí, adquirió los primeros Angus colorados de pedigree. No dudó, aun cuando el color no era el elegido en ese momento. Este pelaje le traía una linda reminiscencia cuando su padre criaba animales Shorthorn colorados.
Si bien no fueron los pioneros absolutos —en la zona también estaba la familia Niven—, los Lizaso se convirtieron en los grandes desarrolladores del Angus Colorado en la Argentina. Producían novillos “completos”, que se cargaban directamente en vagones rumbo al mercado de hacienda de Buenos Aires.
Comenzaron a participar y ganar concursos de novillos organizados por la consignataria Pedro y Antonio Lanusse. Enseguida, ese éxito los llevó a hacerse una pregunta clave. “Con mi padre decíamos que si podíamos producir los mejores novillos, ¿por qué no hacer toros que sean productores de esos novillos?“, dice el ganadero, en una larga y rica charla con este medio. Así comenzó, en los años 60, la venta de reproductores y el despegue definitivo de la cabaña.

En ese tiempo, junto a sus hermanos Abdón (h) y María Elena, ya había entrado en escena. Su vocación ganadera estaba marcada a fuego, pero por mandato familiar, al terminar la secundaria debió estudiar contador público, una carrera que no lo entusiasmaba.
Ya recibido, su padre lo envió a trabajar como cadete al Mercado de Liniers. Viajaba en colectivo hasta Mataderos y acompañaba a su padre a los frigoríficos, en especial al Swift. “Mi padre quería que vea y aprenda sobre todos los eslabones de la cadena cárnica, desde la cría hasta la faena y las medias reses para entender qué tipo de animal estaba buscando el mercado; aprendimos lo que era la conformación carnicera adecuada. Fue una gran enseñanza”, cuenta.

Luego de un año de formación, fue enviado a un campo de 3500 hectáreas de unos franceses en Saladillo, con quien su padre tenía una sociedad de trabajo. La condición por parte de los dueños del establecimiento para que esa sociedad continúe era construir una casa, una capilla, galpones y comprometerse a dar misa al menos una vez por mes. Allí aplicó un programa del INTA para praderizar la Cuenca del Salado. En ese tiempo se casó con Nené, con quien formó una familia y tuvo cuatro hijos. Hoy, 64 años después, sigue compartiendo la vida con su mujer, a la par.
Pasaba el tiempo y la experiencia de Martín crecía. Fue así que su padre entendió que ya era tiempo de dar un paso al costado y delegar el manejo directo de la cabaña en él, mientras que Abdón (h) se enfocaba más en los números y la agricultura.

En 1966 llegó otro hito: el primer remate de la cabaña, realizado en la Agrícola Ganadera de Bonifacio. Fue el inicio de una tradición que lleva 60 años ininterrumpidos. Para los Lizaso, uno de sus grandes aportes fue incorporar datos genéticos y productivos en todos los reproductores a venta.
En 1973, tras el fallecimiento de su padre, los campos se dividieron entre los tres hijos y a Martín le tocó un establecimiento en Andant, partido de Daireaux, donde nació la cabaña Agromelú, que durante años le habían arrendado a una familia francesa.
Esa relación se había forjado sobre la palabra. Durante el congelamiento de alquileres en tiempos de Perón, Abdón ajustó los arrendamientos al valor real y no al legal, lo que luego derivó en prioridad y facilidades para comprar el campo.
La vida de Lizaso trascendió el campo. En 1986 fue presidente de la Asociación Argentina de Angus, pese a criar colorados, que representaban solo el 1% del rodeo inscripto. También fue socio activo de la Sociedad Rural Argentina (SRA), director del Banco Nación, miembro de la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresas (ACDE) y presidente de Euskal Echea más de 15 años.

En esos años, la cabaña vendía unos 1000 toros por temporada, justo cuando el Angus Colorado comenzaba su boom. Llegaron a realizar hasta tres remates institucionales por año y, tras una breve incursión en Brangus Colorado, decidieron seguir fieles al Angus.
La cabaña creció primero con puro controlado, ya que el pedigree se destinaba principalmente al rodeo propio de 2500 vacas. Con el tiempo, la venta de pedigree fue ganando espacio.
La pasión se transmitió a la siguiente generación, especialmente a Martín Facundo, quien creció “atrás de las vacas”. En 1987 se incorporó a la cabaña y se reforzó el foco en pedigree y agricultura.
Hace 15 años, Martín volvió a hacer lo que había aprendido de su padre: dar lugar. Cedió espacio a su hijo y se retiró del manejo diario. Hoy alquila su parte del campo, pero sigue atento a los números y a lo esencial.
“Todavía conservo la caravana de la vaca número uno, el RP1 de pedigree. Mi padre me enseñó a descubrir mi identidad, a tener pasión por lo que hago, a ser un pintor y no fotocopiador en la vida; a ser un hombre de campo y que eso se transforme en mi forma de vida“, cuenta Martín Facundo.
Y agrega: “Lo que lo distingue es su lealtad, su templanza y la capacidad de levantarse en los momentos difíciles y aprender de los errores. Para mi padre, la palabra tiene tres acepciones: la dura, la que forma; la noble, cuando uno ya dio su palabra; y la consejera. Sus dos grandes pilares en la vida siempre fueron la fe y la familia”.
Hoy, con una vida colmada de premios, como el de la Excelencia Agropecuaria LA NACION- Banco Galicia en 2007; exposiciones; cucardas en Palermo y; logros, Martín Lizaso Bilbao disfruta de sus hijos, nietos y de su primera bisnieta. Con la serenidad del deber cumplido y de haber dejado su huella, sin revelar la fórmula ni el el secreto de su longevidad, mira hacia adelante. “Estoy esperando que Dios me marque ahora cuál es mi nueva misión en la vida”, concluye.
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