El extraño oficio de llevar a personalidades argentinas a apostar fortunas a Las Vegas
Juan Carlos y Maximiliano Palermo, padre e hijo, son representantes independientes de jugadores; el primero enfrentó una causa en EE.UU. por esquivar el cepo cambiario; el segundo es quien llevó al periodista deportivo “Quique” Felman a un casino de Nevada
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En un mundo opaco para la mayoría, existen ciudadanos argentinos que se dedican a un oficio difícil de explicar en una sobremesa familiar: representar jugadores de casino. No son dueños de mesas ni manejan fichas. Son intermediarios con contratos con fastuosos establecimientos de apuestas de los que reciben comisiones a cambio de acercar clientes para jugar.
Ese universo quedó bajo foco luego de que LA NACION revelara que la justicia de Estados Unidos investiga una operatoria que permitió sacar dólares de la Argentina durante el cepo y que, en parte, ese dinero tuvo como destino final un casino de Las Vegas en una aparente maniobra de lavado.
La llamativa profesión de llevar gente a jugar -o a perder- al casino por una comisión ganó visibilidad tras el polémico episodio que involucró a Enrique “Quique” Felman, el periodista que terminó detenido en Estados Unidos por una deuda impaga de US$300.000. Ahí la cuestión central, explican quienes conocen la normativa de Nevada, no es una deuda de casino en sí misma, sino el instrumento que se firma cuando el jugador recibe fichas a crédito.
Quien llevó a Felman a apostar es Maximiliano Palermo. LA NACION habló con él. Rechazó haber participado de cualquier hecho ilícito y reconoció que su trabajo consiste, justamente, en ser agente de casinos. De hecho, recorrieron el camino apostador de Felman otros periodistas y exfutbolistas conducidos por Palermo.
“Lo que más me importa dejar en claro es que de todas las cosas que se vienen diciendo desde hace un mes, casi nada es verdad, sobre todo en redes sociales y en algunos medios”, dijo Maximiliano Palermo.
“Lo más insólito y absurdo es que hablen de lavado de dinero cuando ninguna de las personas que viajó llevó jamás un centavo para jugar. Mencionan a personas que ni siquiera fueron, hablan de causas que no existen y mil mentiras más. Nosotros simplemente aceptamos la propuesta de un casino que quería llenar el salón con jugadores para promocionarse y nos divirtió viajar cada vez que pudimos. Hicieron de esto una película que nada tiene que ver con la realidad”, agregó.
Detrás de las invitaciones a apostar hay un mecanismo estructurado. En la Argentina hay hoy más de 20 representantes de jugadores y, según conocedores del sector, a lo largo del tiempo hubo más de 100. En el mundo se cuentan por miles. Trabajan con casinos, pagan impuestos y cobran una comisión atada al nivel de juego de los clientes que acercan.
No se les paga por el monto del crédito otorgado ni por una cifra escrita en un formulario, sino por el llamado “teórico” del jugador. Es decir, una estimación técnica que surge de una ecuación bastante más sofisticada que la simple foto de cuánto ganó o perdió una persona en una noche, contaron.
En esa cuenta entran distintas variables: cuántas horas jugó, a qué juego se sentó, de qué manera lo hizo y cuál fue el promedio de sus apuestas. Todo eso desemboca en un puntaje interno. Eso determina el valor del jugador para el casino, las cortesías que recibirá y también la comisión del representante. En el ambiente repiten una cifra orientativa: alrededor del 4% sobre ese nivel de juego calculado por el establecimiento.

El sistema tiene, además, otra capa de incentivos. Los grandes casinos de Las Vegas suelen ofrecer descuentos sobre pérdidas importantes. La escala varía según cada caso, pero en ciertos niveles el jugador puede obtener devoluciones significativas. También hay cortesías dentro del hotel, fichas promocionales, acceso a torneos exclusivos y viajes financiados como parte de campañas para atraer movimiento a la sala.
Eso fue, justamente, lo que ocurrió con el casino en el que apostó Felman. Según reconstruyen personas que conocen cómo operaba el esquema promocional, se trataba de un establecimiento relativamente nuevo que, en plena etapa de expansión, necesitaba llenar sus mesas y hacerse un nombre. Como todavía no tenía terminadas otras atracciones para competir con los gigantes tradicionales de Las Vegas, apeló a otra estrategia: traer jugadores de distintos países y darles crédito para jugar.
La invitación podía incluir pasaje, hotel, comidas y determinados viáticos. El objetivo era que la gente viajara y se sentara a apostar. En algunos casos, además, recibían fichas de regalo o bonos atados al crédito que el casino les abría. El negocio para el establecimiento estaba en mover volumen, sostener ocupación, instalar su marca y capturar jugadores que después pudieran seguir regresando.
¿Lavado de dinero?
La discusión más sensible gira alrededor de otra palabra: lavado. Maximiliano Palermo, quien no tiene causas abiertas en EE.UU., es hijo de Juan Carlos Palermo, quien sí tuvo dificultades con la justicia norteamericana. La particularidad es que ambos tienen el mismo trabajo: agentes de casino.
La investigación federal en Estados Unidos sobre Juan Carlos describe una estructura internacional de transferencias no registradas y menciona maniobras para esquivar controles. Para cerrar la causa en su contra, este ciudadano argentino firmó un acuerdo con las autoridades y aportó información adicional sobre el funcionamiento del circuito investigado, según documentos que revisó LA NACION.
Alrededor de ese trabajo, Estados Unidos identificó una operatoria internacional que permitió mover grandes sumas de dólares fuera de la Argentina durante los años del cepo. Las maniobras involucraron importantes volúmenes en negro que pasaron a través de cuevas en varios países y que, en parte, se blanqueaban en un casino de Las Vegas.
El caso de Felman y otros apostadores, por ahora, es distinto. En Nevada, cuando un casino extiende crédito, el jugador firma una “marker”, un documento que funciona en la práctica como un cheque. El casino le da un plazo para cubrirlo. Si ese papel se deposita y rebota, el problema deja de ser solo comercial y pasa a convertirse en un caso por cheque rechazado, con consecuencias penales.
Felman describió que el esquema se basaba en préstamos elevados y bonos vinculados al juego. “Te daban un crédito de US$300.000 y ganabas un bono de US$5000; si el crédito era de US$500.000, el bono era de US$10.000. Nos daban las fichas y nos hacían firmar un papel. Te decían: ‘Quedate tranquilo que si perdés, te damos el dinero para devolverlo al casino’”, contó el periodista, que se definió como “víctima”, en una entrevista con LA NACION el mes pasado, al salir del centro de detención Metro West.
El casino presta, bonifica, aloja y seduce. El representante trae gente, la acompaña y cobra si el engranaje gira. El jugador recibe trato VIP, promos, cenas, habitación y crédito. Todos parecen ganar mientras la rueda gira.
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