Incentivos inútiles para padres impuntuales y directoras enojadas

No siempre la recompensa monetaria cumple con la finalidad que se pensó cuando se instaló
Guido Sandleris
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6 de abril de 2015  

La directora de la escuela informó a los padres de los alumnos de séptimo grado: "El horario de salida de los chicos es a las 16.00 y el personal docente se retira a las 16.30, a partir de esa hora sus hijos se quedan solos en la puerta." Después sonrió y con maldad agregó: "Y en esta zona hay muchos robos, así que no dejaría a los chicos solos".

La mujer, alta, de unos 50 años, había desplegado todo su arsenal en su lucha contra los padres impuntuales. ¿Cómo resolver este problema? ¿Lo solucionaría imponer una multa a quienes llegan tarde a buscar a sus hijos? La teoría económica sugiere que sí, que la sanción monetaria debería funcionar como un incentivo para no retrasarse.

Para evaluar esta hipótesis, dos economistas, Uri Gneezy, de la Universidad de California, en San Diego, y Aldo Rustichini, de la Universidad de Minnesota, hicieron un experimento en diez jardines de infantes de Haifa, en Israel. En seis de ellos impusieron una pequeña multa a quienes llegaran más de 10 minutos tarde a buscar a sus hijos; en los otros cuatro dejaron las cosas como estaban.

El resultado fue sorprendente. El retraso promedio se duplicó en los jardines en donde habían introducido la multa. ¿Qué había pasado? Antes de que existiera la medida, los padres enfrentaban un conjunto de incentivos no financieros como la culpa o el tener que disculparse por forzar a los docentes a quedarse más tiempo. Cuando se les dio la opción de pagar una multa, esa sensación básicamente desapareció.

Los incentivos financieros lograron el objetivo contrario al deseado ya que destruyeron el efecto positivo que generaban incentivos morales y sociales en el comportamiento de los padres. Otro experimento reciente muestra el efecto de incentivos no financieros en la productividad de trabajadores temporarios. La biblioteca de una universidad alemana contrataba estudiantes para catalogar libros a cambio de un pago de 12 euros por hora.

Investigadores suizos y alemanes aprovecharon la situación para llevar a cabo un estudio. Dividieron a los empleados en tres grupos. Al primero, durante el trabajo, le dieron un bonus de 7 euros; al segundo le llevaron un regalo de valor similar, era una botella de agua envuelta en un lindo papel; el tercer grupo sirvió como control y no recibió ningún tratamiento. La productividad del grupo que recibió el bonus no cambió, mientras que la de aquellos que recibieron el regalo aumentó 25%. ¿Por qué el incentivo económico no mejoró la productividad y el regalo sí? No fue porque les gustara más el agua que el bonus (en un estudio adicional la mayoría manifestó preferirlo por sobre la botellita), sino que el regalo mostraba que su empleador era considerado con ellos. El bienestar que esto generaba los llevó a reciprocar trabajando mejor. El bonus no logró generar este efecto.

Estos dos estudios muestran la importancia de los incentivos no monetarios. Por supuesto que la remuneración ayuda a influir en los comportamientos, pero la clave es que no es lo único que importa. Incluso, en muchas ocasiones, los incentivos monetarios son un método ineficiente de afectar desempeños.

"Preferiría no hacerlo", respondía Bartelby ante cualquier pedido de su jefe en el cuento de Melville. Incentivos no monetarios tal vez no hubieran logrado que el escribiente modificara su respuesta, pero pueden hacer que la mayoría de nosotros respondamos que sí.

El autor es profesor de Economíay Finanzas de la UTDT

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